Me desperté de golpe.No fue un ruido. Fue un silencio.El lado izquierdo de mi pecho, el que alimentaba a Kael, se enfrió de repente.Me levanté de la mesa de mapas, apartando los brazos de Mateo y Damián que me retenían en un abrazo post-orgásmico.—¿Valeria? —murmuró Rafael, todavía aturdido por el placer.—Kael —dije.Corrí hacia la ventana.Miré hacia el campamento enemigo.Allí, bajo la luz violeta de la tienda real, vi dos sombras. Una inmensa. Otra pequeña.Cerré los ojos y me concentré en el vínculo de sangre. En la leche que mi hijo había bebido hace horas.Pude oírlo.No con mis oídos, sino con mi sangre.—Míralas, hijo —decía la voz de Magnus, suave, venenosa—. Míralas cómo se esconden tras los muros.Sentí la confusión de Kael. Su deseo de poder.—Tu madre es fuerte —continuaba Magnus—. Pero es una hembra. Su poder viene del sexo. De la manipulación. No es poder real.Kael escuchaba. Absorbía.—El verdadero poder es la sangre, Kael. Es el músculo. Es el derecho divino de
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