El campamento estaba en silencio, pero era un silencio feo.
No era paz. Era la calma antes de la ejecución.
—Nos ha vendido —dijo Kael.
Mi hijo de tres años estaba sentado sobre un tronco, con las piernas cruzadas. Sus ojos negros miraban el lugar vacío donde había estado la tienda de Magnus.
—Se llevó mi sangre —continuó Kael, con una voz demasiado adulta—. Va a usarla para crear sus propios monstruos. Va a clonarme.
—No lo sabemos, Kael —dije, aunque la duda me carcomía el estómago.
—Es un Re