Los cuernos sonaron de nuevo.
Pero esta vez no eran de alarma. Eran de bienvenida.
Salí al patio del castillo. Mis cuatro hombres me flanqueaban. Kael y Luna miraban desde el balcón, seguros.
Las puertas se abrieron.
Magnus entró.
No venía solo. Detrás de él, marchaban filas de guerreros gigantescos, vestidos con pieles blancas y cascos de hueso.
Bárbaros del Norte. Los clanes que nunca se habían arrodillado ante nadie.
Ahora marchaban detrás de Magnus.
El Rey desmontó de su caballo de guerra.