El asedio no fue de fuego y sangre. Fue de silencio.
Magnus plantó su campamento real justo fuera del alcance de nuestros arqueros. Una ciudad de tiendas de seda dorada y púrpura que se burlaba de mis muros de piedra negra.
No atacó. Solo esperó.
—Está jugando al gato y al ratón —dijo Víctor, mirando desde la almena con sus binoculares—. Quiere que salgas tú.
—Quiere a los niños —gruñó Rafael.
—Quiere todo —corregí—. Y voy a dárselo. A mi manera.
Me puse mi mejor vestido. No el rojo de guerra.