Capítulo 101: El Asedio Diplomático

El asedio no fue de fuego y sangre. Fue de silencio.

Magnus plantó su campamento real justo fuera del alcance de nuestros arqueros. Una ciudad de tiendas de seda dorada y púrpura que se burlaba de mis muros de piedra negra.

No atacó. Solo esperó.

—Está jugando al gato y al ratón —dijo Víctor, mirando desde la almena con sus binoculares—. Quiere que salgas tú.

—Quiere a los niños —gruñó Rafael.

—Quiere todo —corregí—. Y voy a dárselo. A mi manera.

Me puse mi mejor vestido. No el rojo de guerra.
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