Las orquídeas seguían allí al amanecer. Blancas y púrpuras, bañadas por la luz fría de una mañana nublada en Manhattan. Parecían irreales contra el vidrio blindado del ventanal, un recordatorio silencioso de que la noche anterior no había sido un sueño.Nathan había estado aquí. Había bajado la guardia. Había confesado que tenía miedo. Toqué uno de los pétalos con la yema del dedo. Era suave, aterciopelado, vivo."Sobreviven donde otras flores mueren."Por un momento, me permití creerlo. Me permití creer que podíamos sobrevivir a Edward, a Victoria, a los fantasmas del pasado. Que podíamos florecer en medio de este campo de batalla.Entonces mi teléfono vibró. No fue un mensaje. Fue una avalancha. Una vibración continua, incesante, violenta, que hizo bailar el aparato sobre la mesa de noche como si estuviera poseído.Lo tomé con el ceño fruncido. Treinta notificaciones de noticias. Cincuenta mensajes de W******p. Llamadas perdidas de Irene, de Harrison, incluso de mi madre, cuyo número
Leer más