El interior del camión de Jean-Luc era un microcosmos de sombras, polvo y el aroma penetrante a lona vieja y aceite de motor. El traqueteo rítmico del vehículo sobre las carreteras secundarias de los Alpes Marítimos creaba una vibración constante que Aura sentía en la base de su columna, un recordatorio físico de que su vida anterior, la de los jets privados y las sábanas de seda de mil hilos, había quedado reducida a este espacio angosto y precario. Sin embargo, en medio de la incomodidad, Aura experimentaba una agudeza sensorial que nunca había sentido en sus palacios. El roce del muslo de Gabriel contra el suyo, el calor que emanaba de su cuerpo y la forma en que el aire frío se filtraba por las rendijas de la lona creaban una atmósfera de una sofisticación cruda, un erotismo de supervivencia que la embriagaba.Thomas descansaba con la cabeza apoyada en un fardo de lana, con la manta térmica cubriéndole hasta la barbilla. Su respiración, aunque débil, ya no tenía esa cualidad artif
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