El Sanatorio de Sankt-Moritz no parecía un hospital, sino un templo dedicado a la preservación del silencio y la riqueza. Erigido sobre un risco que desafiaba la gravedad de los Alpes suizos, su arquitectura de cristal oscuro y granito pulido reflejaba la luz gélida del atardecer con una hostilidad aristocrática. Aura Valente observaba la estructura desde el interior del vehículo, sintiendo que cada centímetro de su piel vibraba con una mezcla de anticipación y una náusea sofisticada. A su lado