El mundo, más allá del resplandor agónico del refugio que se consumía en la distancia, era un sudario de silencio y escarcha. Aura Valente estaba tendida sobre el manto de nieve, sintiendo cómo el frío punzante de los Alpes intentaba reclamar el calor que el incendio le había inyectado en las venas. A su lado, la respiración de Gabriel Vance era un sonido rítmico, pesado, una nota de humanidad bruta en medio de la desolación. Entre ambos, casi como un altar de carne y hueso, descansaba Thomas. El joven no se movía, pero sus ojos permanecían abiertos, fijos en el firmamento estrellado con una intensidad que parecía perforar el vacío. Ya no susurraba códigos; ahora era solo una presencia etérea, un recordatorio de que cada caricia entre Aura y Gabriel había sido pagada con el silencio de aquel durmiente.Aura se incorporó con una lentitud deliberada. Cada músculo de su cuerpo protestaba con un dolor sordo, pero su mente, educada en la disciplina del poder, ya estaba reconstruyendo los m
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