El Mediterráneo, visto desde la terraza de la villa oculta en los acantilados de Córcega, no era el mar agitado que habían cruzado para escapar de Marsella. Aquí, el agua era una lámina de seda oscura, un espejo que devolvía la luz de una luna que parecía observar con una indiferencia milenaria la caída de los imperios humanos. Aura Valente permanecía de pie frente a la balaustrada de piedra, sintiendo cómo el aire nocturno, cargado de los aromas de la maquia —ese perfume salvaje de mirto, brez