El aire de Marsella no era el aire de las montañas. El descenso desde las cumbres alpinas había sido un tránsito de lo etéreo a lo visceral, de la pureza del hielo a la densidad salina y corrupta del Mediterráneo. Aura Valente lo sintió en el momento en que Jean-Luc detuvo el camión en un callejón sin salida del Vieux-Port, donde el olor a pescado fresco, gasóleo y algas en descomposición se filtraba por las rendijas de la lona como un invasor invisible. El calor de la costa, incluso en las pri