La luz del amanecer en las montañas de Austria no era una invitación al despertar, sino una revelación fría y azulada que se filtraba por las rendijas de las pesadas cortinas de terciopelo. Aura Valente se encontraba de pie frente al ventanal de su habitación, observando cómo la nieve recién caída borraba cualquier rastro de los neumáticos del Audi que los había traído hasta aquel refugio. El silencio era absoluto, una quietud de monasterio que solo se veía interrumpida por el crujido ocasional