El rugido contenido del motor de un Audi blindado de color gris ceniza era el único sonido que acompañaba el ascenso hacia el norte. Tras abandonar la calidez de Córcega en un ferry nocturno que olía a salitre y a despedidas prematuras, el grupo se encontraba ahora atravesando las arterias de Italia, dirigiéndose hacia la frontera suiza con una discreción que rozaba la paranoia. Dentro del habitáculo, el aire estaba cargado de una frescura artificial y del aroma persistente del cuero italiano,