El gas lacrimógeno inundó el establo como una niebla espectral, pero Gabriel no retrocedió. Su mundo se había reducido al cuerpo de Aura, que yacía entre la paja, sacudida por espasmos que nacían de una conexión que ella misma había forzado por pura voluntad de venganza. No era ciencia, era el vínculo retorcido de una sangre maldita. Gabriel la levantó en vilo, sintiendo la ligereza de su cuerpo y el calor que aún emanaba de su piel, un contraste brutal con el aire gélido y tóxico que empezaba a quemarles los pulmones.—¡Thomas, Marguerite, al túnel de carga! —rugió Gabriel, cubriéndose la boca con el antebrazo.Aura despertó del trance con un grito sordo, sus dedos clavándose en los hombros de Gabriel. La herida de su mejilla volvió a sangrar, manchando la camisa de él, pero sus ojos ya no estaban perdidos; ardían con una lucidez aterradora. El erotismo de la muerte los rodeaba, esa excitación primaria que surge cuando el final está a un paso y solo el contacto del otro se siente rea
Leer más