La luz de la mañana en Córcega no entraba en la villa; se filtraba, suave y dorada, como un licor precioso que inundaba los rincones de la habitación donde Aura Valente y Gabriel Vance aún compartían el refugio de las sábanas de lino. El aire olía a una mezcla embriagadora de salitre, pinos marítimos y ese aroma inconfundible de la piel masculina que se ha entrelazado con la femenina durante una noche de entrega absoluta. Aura estaba despierta, aunque mantenía los ojos entornados, disfrutando d