La oscuridad en el sótano de piedra no era absoluta; estaba veteada por finos hilos de un resplandor anaranjado que se filtraban a través de las rendijas de las tablas del suelo, justo encima de ellos. Era la luz del incendio que Julian St. John había iniciado en la planta superior, un fuego que devoraba la madera seca del refugio con un apetito voraz y rítmico. Aura Valente sentía el peso del cuerpo de Gabriel Vance contra el suyo, una presión sólida y cálida que era lo único que la anclaba a