El refugio de cazadores emergió de la ventisca como un espectro de madera podrida y piedra caliza, una estructura que parecía haber sido olvidada por el tiempo y por la piedad. No era más que una cabaña rudimentaria, hundida bajo el peso de una nieve que amenazaba con devorar su techumbre de pizarra, pero para Aura Valente, en ese preciso instante de agotamiento absoluto, aquel lugar representaba la diferencia entre la soberanía de su destino y la frialdad de una tumba alpina. El aire que rodea