La transición del ambiente estéril y climatizado de L’Ermitage a la furia indómita de los Alpes franceses fue un trauma físico que Aura Valente sintió como si el aire mismo se hubiera convertido en cristal molido dentro de sus pulmones. El nitrógeno líquido que habían liberado antes de salir creaba una neblina densa, un sudario químico que los envolvía y que, por unos preciosos segundos, los ocultaba de los ojos infrarrojos de los drones que zumbaban en lo alto, invisibles tras la cortina de ni