El mundo, más allá del resplandor agónico del refugio que se consumía en la distancia, era un sudario de silencio y escarcha. Aura Valente estaba tendida sobre el manto de nieve, sintiendo cómo el frío punzante de los Alpes intentaba reclamar el calor que el incendio le había inyectado en las venas. A su lado, la respiración de Gabriel Vance era un sonido rítmico, pesado, una nota de humanidad bruta en medio de la desolación. Entre ambos, casi como un altar de carne y hueso, descansaba Thomas.