El aire dentro de la habitación 101 de L’Ermitage tenía una cualidad estática, una densidad que hacía que cada inspiración de Aura Valente fuera un recordatorio de su propio encierro. El sonido de los cerrojos electrónicos al sellarse no había sido un estruendo, sino un siseo metálico, definitivo y gélido, que parecía haber succionado el resto del mundo hacia el exterior. Aura permanecía de pie, con la mano aún rozando la sábana fría de la cama donde el joven desconocido descansaba en un limbo