El impacto contra la puerta de roble no fue el estallido violento que Aura Valente esperaba, sino un golpe seco, sordo, una vibración que recorrió las vigas del refugio y que ella sintió hasta en la médula de sus huesos mientras sus manos seguían aferradas a la manivela de la dinamo. El sonido del viento afuera parecía haber sido silenciado por una voluntad humana superior, una pausa en la naturaleza que presagiaba la tormenta de plomo. Aura no dejó de girar. Sus músculos gritaban en una agonía