El aullido de las sirenas de L’Ermitage no era un sonido agudo o estridente, sino un pulso grave, una vibración de baja frecuencia que parecía nacer de las mismas paredes de cristal y acero de la clínica. En el interior de la habitación 101, ese pulso se sentía en la boca del estómago, una advertencia rítmica de que el tiempo de la reflexión se había agotado, aunque Aura Valente se negaba a dejarse arrastrar por la urgencia vulgar del pánico. Permanecía inmóvil, con los dedos aún entrelazados c