El aire en el sótano ya no era simplemente aire; era una mezcla densa de partículas de ceniza, ozono residual del pulso eléctrico y el hedor acre de la madera de pino consumiéndose sobre sus cabezas. Aura Valente permanecía inmóvil, con la espalda apoyada contra la piedra húmeda y fría, sosteniendo la manivela de la dinamo como si fuera un cetro de hierro en un reino de escombros. Sobre ella, enmarcado por el cuadrado de la trampilla abierta y envuelto en el resplandor dantesco del incendio, Ju