El amanecer sobre Manhattan tenía un color extraño, una mezcla de ocre y ceniza que parecía reflejar el estado de la psique de Aura. Desde el ventanal de su nuevo refugio, un ático minimalista en el Upper East Side que había adquirido mediante una sociedad pantalla apenas unos días antes de la caída de la Torre Vane, observaba cómo la ciudad despertaba ante un nuevo orden. La noticia de la muerte de Julian Vane y Adrián Valente había provocado un terremoto financiero sin precedentes. Vortex, su imperio, estaba siendo despedazado por reguladores y buitres corporativos, pero Aura no sentía la pérdida. Se sentía, por primera vez, ligera.Sin embargo, la ligereza en el mundo de los millonarios es una ilusión peligrosa.Gabriel Vance estaba sentado en el borde de la inmensa cama de sábanas de seda negra, con la cabeza entre las manos. Su espalda, marcada por los rasguños de la noche anterior —una noche de sexo desesperado, violento y purificador—, subía y bajaba con una respiración pesada.
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