Mundo ficciónIniciar sesiónLa calma que siguió a la entrega del zafiro negro a la prensa internacional duró exactamente tres horas. Fue el tiempo necesario para que los servidores de los principales diarios del mundo procesaran la magnitud de la traición sistémica de "La Orden de la Moneda", y el tiempo que tardó el Departamento de Seguridad Nacional en emitir una orden de búsqueda y captura contra Aura Valente y Gabriel Vance. En el despiadado mundo de la élite, la verdad no siempre te hace libre; a menudo, te convierte en un objetivo móvil que el sistema necesita enterrar bajo seis metros de hormigón y secretos.
Aura despertó en el ático del Upper East Side sintiendo el peso de un silencio antinatural. No se oía el tráfico de la Quinta Avenida, ni el zumbido de los ascensores. Se levantó de la cama, desnuda, su cuerpo todavía marcado por la intensa sesión de la noche anterior. Los rastros de la pasión de Gabriel eran visibles en su piel blanca: pequeñas marcas en sus muslos y el cuello, recordatorios vívidos de la urgencia con la que se habían reclamado antes de que el mundo se derrumbara.
Caminó hacia la sala de estar y encontró a Briggs de pie junto al ventanal. No vestía su habitual traje de chofer, sino un equipo táctico ligero. Sostenía un rifle de precisión mientras observaba el horizonte con binoculares térmicos.
—Señora, el perímetro ha sido comprometido —dijo Briggs sin apartar la vista—. No son los federales que conocíamos. Son unidades de operaciones especiales sin distintivos. Están bloqueando las salidas de aire y los túneles de servicio. Gabriel está en la sala de comunicaciones, intentando contactar con sus antiguos contactos en la fiscalía, pero las líneas externas han sido cortadas. Estamos en una zona de exclusión.
Aura sintió una punzada de adrenalina. Habían ganado la batalla mediática, pero habían subestimado la capacidad del "Estado profundo" para proteger a sus verdaderos amos. El Gremio, o La Orden como ahora sabían que se llamaba, estaba moviendo piezas que iban más allá de lo corporativo.
Gabriel entró en la sala, con el rostro desencajado y la camisa abierta. Se acercó a Aura y la tomó por los hombros con una mezcla de desesperación y ferocidad.
—Nos han vendido, Aura. Al exponer el zafiro, hemos activado un protocolo de limpieza total. Ya no se trata de arrestos ni de juicios. Quieren borrarnos. Pero antes de que entren, necesito saber que estás conmigo. No como una aliada, sino como mi mujer.
Aura lo miró fijamente, su mirada de acero volviendo a su lugar. No iba a morir en un ático de lujo como un animal acorralado. La tensión del peligro inminente, la muerte acechando tras las puertas reforzadas, actuó como un catalizador para un deseo primitivo que ninguno de los dos pudo —o quiso— contener.
Gabriel la empujó contra la pared de mármol del salón, sus manos recorriendo el cuerpo desnudo de Aura con una voracidad que rayaba en la locura. Se arrodilló frente a ella, ignorando los monitores de seguridad que parpadeaban con luces rojas. Sus ojos azules, inyectados en sangre por la falta de sueño, se clavaron en el sexo de Aura. Sin mediar palabra, Gabriel inició un cunnilingus prolongado y detallado. Su lengua, experta y hambrienta, comenzó a explorar cada pliegue de su intimidad con una maestría que hizo que Aura arqueara la espalda, gimiendo el nombre de él contra el frío mármol. Gabriel usaba la punta de su lengua para estimular su clítoris con movimientos circulares y rápidos, mientras sus dedos se introducían profundamente en ella, preparando su cuerpo para la batalla que vendría. El contraste entre la humedad cálida de su boca y la frialdad de la pared creaba una sobrecarga sensorial que Aura nunca había experimentado. La devoraba como si su vida dependiera de ese sabor, succionando con fuerza sus labios menores, provocando que ella llegara a un orgasmo violento que la dejó temblando en sus brazos.
Aura, recuperando el aliento pero con los ojos encendidos por un fuego nuevo, lo obligó a levantarse. Lo empujó hacia un sofá de cuero negro y se arrodilló entre sus piernas. Quería demostrarle que, incluso al borde del abismo, ella era quien dictaba las reglas del placer. Desabrochó sus pantalones con manos firmes y liberó su miembro, que latía con una urgencia brutal. Inició una felación profunda y meticulosa, rodeando su glande con sus labios húmedos y moviéndose con una cadencia hipnótica. Usó su lengua para lamer la base y los testículos de Gabriel, alternando succiones fuertes con caricias suaves que lo hacían gruñir de placer y frustración. Aura se deleitaba en el detalle de su anatomía, sintiendo el pulso de su sangre bajo la piel. Introdujo su miembro profundamente en su garganta, forzándose a sí misma a acogerlo por completo, mientras sus ojos nunca dejaban de sostener la mirada de él, un duelo de voluntades que solo terminaba en una entrega absoluta. El sonido de la succión y la respiración entrecortada de Gabriel llenaban la habitación, un oasis erótico en medio de una fortaleza a punto de ser asaltada.
Finalmente, Gabriel la levantó y la penetró con una fuerza que buscaba sellar sus almas. El sexo fue explícito, detallado en cada embestida, con el sonido de sus cuerpos chocando rítmicamente. La poseía con una rabia que era en realidad una promesa de protección, mientras Aura se aferraba a su espalda, sus uñas dejando surcos rojos sobre la piel de Gabriel. Era un romance nacido del caos, una unión de alto voltaje donde el placer era la única arma que les quedaba contra la desesperanza.
El estruendo de una granada aturdidora estallando en el rellano rompió el clímax. El cristal reforzado del ventanal vibró.
—¡Están aquí! —gritó Briggs desde el pasillo.
Aura se separó de Gabriel, vistiéndose con una agilidad táctica. Se puso un traje de combate de seda reforzada con kevlar y tomó una pistola ametralladora del compartimento oculto bajo el escritorio. Gabriel, recuperando su instinto de cazador, tomó un rifle de asalto.
—Briggs, activa las cargas térmicas en el ascensor. No quiero que nadie suba por ahí —ordenó Aura—. Gabriel, nosotros bajamos por el conducto de basura hasta el nivel del garaje. Es el único lugar que no pueden sellar sin volar todo el bloque.
La huida fue un descenso al infierno. El edificio, antes un templo de lujo, era ahora un laberinto de humo y disparos. Se movieron con una coordinación letal, eliminando a dos operativos que intentaban flanquearlos en las escaleras de servicio. Aura disparaba con una frialdad que asustaba incluso a Gabriel; cada bala era una venganza contra los años de manipulación de Julian y La Orden.
Al llegar al garaje, una furgoneta blindada con los motores rugiendo los esperaba. Casandra estaba en el asiento del pasajero, con un arma en la mano y los ojos desorbitados por el miedo.
—¡Subid! —gritó Casandra—. ¡Han bloqueado la salida de la Quinta Avenida, tenemos que salir por el muelle de carga!
Briggs condujo la furgoneta como un proyectil, embistiendo a dos vehículos tácticos negros que intentaban cerrar el paso. El sonido del metal retorciéndose y los cristales rompiéndose era la banda sonora de su despedida de Manhattan. Salieron a la superficie bajo una lluvia torrencial que lavaba la pólvora de sus rostros.
—¿A dónde vamos, jefa? —preguntó Briggs, mientras esquivaba el tráfico nocturno de la calle 57.
Aura miró a Gabriel, quien sostenía su mano con una fuerza inquebrantable.
—A la única propiedad que mi padre nunca puso a nombre de la empresa. El puerto privado en Cold Spring. Allí nos espera el Vesta. Vamos a salir de aguas jurisdiccionales antes de que el Pentágono decida que somos una amenaza a la seguridad nacional.
Durante el trayecto hacia el norte, el silencio en la furgoneta era denso. Casandra rompió el hielo, entregándole a Aura una carpeta que había rescatado del ático.
—Aura... antes de que Adrián muriera, me dio esto. Dijo que era el seguro de vida de los Valente. Pero no se trata de dinero. Se trata de Gabriel.
Aura abrió la carpeta bajo la luz tenue de la cabina. Su rostro se volvió de piedra. Contenía informes de inteligencia sobre el accidente que mató a la madre de Gabriel hace veinte años. El informe detallaba que el coche no falló por un error mecánico, sino que fue manipulado por una orden directa de Silas Valente, el padre de Aura.
Gabriel, al notar el cambio en Aura, le arrebató los papeles. A medida que leía, su mandíbula se tensaba y sus ojos se llenaban de un dolor antiguo y renovado.
—¿Tu padre...? ¿Mi madre murió por un capricho de tu familia? —la voz de Gabriel era un susurro gélido.
—Gabriel, yo no sabía... —empezó Aura, sintiendo que el mundo que acababan de salvar se desmoronaba de nuevo—. Julian debió usar esto para manipular a Miller y a tu familia. Mi padre era parte de La Orden, Gabriel. Todos lo eran.
La tensión en la furgoneta se volvió insoportable. Gabriel miraba a Aura no como a su amante, sino como a la descendiente de sus verdugos. El romance, la pasión de la hora anterior, parecía ahora un acto de traición.
—Si quieres bajar de este coche, dímelo ahora —dijo Aura, con lágrimas en los ojos pero la voz firme—. Si quieres tu venganza contra los Valente, aquí estoy. Pero si quieres destruir a los que dieron la orden, tenemos que seguir adelante.
Gabriel guardó silencio durante kilómetros, el rifle descansando en su regazo. Finalmente, miró por la ventana hacia el río Hudson.
—Tu padre está muerto, Aura. Julian está muerto. Pero los que siguen vivos en Roma son los que firmaron el cheque para ese asesinato. No te culpo a ti por la sangre de tu padre, pero no esperes que olvide quién soy.
Al llegar al muelle de Cold Spring, el yate de lujo de cincuenta metros esperaba con los motores encendidos. Era una embarcación diseñada para el sigilo y la velocidad. Subieron a bordo justo cuando las luces de los helicópteros aparecían en el horizonte sur.
Una vez en mar abierto, lejos de las luces de la costa, la realidad de su situación se asentó. Eran fugitivos internacionales con la información más peligrosa del planeta en su poder. Pero el conflicto interno entre Aura y Gabriel era una tormenta mayor.
Esa noche, en el camarote principal del yate, la reconciliación fue amarga y necesaria. No hubo palabras suaves, solo una necesidad física de reafirmar que, a pesar de la sangre y el pasado, se pertenecían. Se entregaron a una sesión de sexo que fue una purga de dolor. Gabriel la tomó con una posesividad que buscaba borrar el apellido Valente de su piel, mientras Aura se entregaba con una devoción que pedía perdón por crímenes que ella no cometió. Fue un encuentro de alto voltaje, detallado y crudo, donde el placer servía como el único puente posible sobre el abismo de la traición familiar. El sonido de las olas golpeando el casco se mezclaba con sus gemidos, una melodía de supervivencia en medio del océano.
A la mañana siguiente, Aura se reunió con Briggs y Casandra en el puente de mando.
—Pon rumbo a las Azores —ordenó Aura—. Tenemos que reunirnos con el contacto que Julian mencionó. Si La Orden de la Moneda cree que nos hemos rendido porque nos quitaron nuestras torres y nuestros nombres, no conocen a una Valente cuando no tiene nada que perder.
Gabriel entró en el puente, con una expresión de resolución. Se acercó a Aura y, por primera vez en horas, le puso una mano en el hombro.
—He revisado los archivos encriptados del zafiro que no entregamos a la prensa —dijo Gabriel—. Hay una lista de beneficiarios de La Orden en el Vaticano. Si vamos a por ellos, necesitamos aliados que no se muevan por dinero, sino por fe. O por la falta de ella.
Aura sonrió, el fuego de la venganza ardiendo de nuevo en sus ojos.
—Entonces vamos a Roma, Gabriel. Vamos a ver si el Papa sabe qué tipo de monstruos se esconden bajo sus pies.







