Capitulo 24

El rugido del motor fuera de borda se fundía con el chapoteo rítmico de las aguas negras del East River mientras la silueta de Manhattan se recortaba contra un cielo que empezaba a sangrar los primeros tonos violáceos del amanecer. Aura permanecía en la popa de la lancha rápida, con el mono naranja de la prisión cubierto por una gabardina de cuero negro que Briggs le había entregado en el muelle. El viento frío azotaba su rostro, despejando la neblina mental que los días de encierro le habían provocado. A su lado, Briggs mantenía la vista fija en el radar, esquivando las patrullas fluviales con la pericia de quien ha pasado media vida huyendo de radares gubernamentales.

—¿A dónde la llevo, jefa? —preguntó Briggs, su voz apenas un susurro sobre el estruendo del agua—. El ático de la Quinta Avenida está rodeado de federales y prensa. Si ponemos un pie allí, la captura será inmediata.

Aura esbozó una sonrisa gélida, ajustándose el cinturón de la gabardina.

—Julian era un hombre paranoico, Briggs. Tenía más refugios de los que el consejo de administración podría imaginar. Vamos a "La Guarida". El loft de la calle Greene en el Soho. Está a nombre de una fundación de arte que cerró hace diez años. Ni Miller ni Elena saben que ese lugar existe. Es el único sitio donde los pecados de Julian están realmente a salvo.

La lancha se detuvo en un muelle privado cerca de Brooklyn Bridge Park. Minutos después, Aura se encontraba subiendo por un ascensor industrial que crujía con cada piso. Al abrirse las puertas, se encontró con un espacio que destilaba el lujo minimalista que solo los billonarios con culpas reales pueden diseñar: paredes de hormigón pulido, muebles de terciopelo azul noche y una cristalera que ofrecía una vista oblicua, casi furtiva, de la libertad.

Aura se deshizo de la ropa de prisión con un asco visceral. Caminó hacia el baño principal, una estancia de mármol negro donde el agua caliente empezó a llenar una bañera tallada en una sola pieza de granito. Se sumergió en el agua, dejando que el calor relajara sus músculos tensos, mientras las imágenes de Gabriel Vance en el muelle se repetían en su mente como una película de cine negro. Lo había corrompido. No con dinero, sino con la verdad, que era un veneno mucho más letal.

Mientras tanto, en el edificio de la Fiscalía Federal, Gabriel Vance se encontraba en su oficina a oscuras, iluminado únicamente por la luz de su computadora. El archivo que Aura le había entregado estaba abierto. Los registros de audio eran devastadores. La voz de Miller, el hombre que Gabriel consideraba su mentor, se escuchaba con una claridad aterradora mientras discutía con Julian el destino de Claire.

“Vance se está acercando demasiado a las cuentas de Vortex, Julian. Su hermana es el punto débil. Una dosis de más en la fiesta de mañana y lo tendremos comiendo de nuestra mano por el resto de su vida. Se volverá un perro de presa que ladre solo cuando nosotros queramos”, decía la voz de Miller.

Gabriel sintió que el estómago se le revolvía. El mundo de justicia que había intentado construir era una farsa. Había estado cazando a los monstruos equivocados mientras el verdadero depredador le daba palmadas en la espalda cada mañana.

La puerta se abrió y Miller entró, con una sonrisa de confianza que ahora a Gabriel le pareció la mueca de un demonio.

—Gabriel, hijo, me han dicho que la Valente se ha escapado. Sterling ha desaparecido también. Esto es un desastre de relaciones públicas. Necesito que firmes estas órdenes de búsqueda inmediata. Queremos a Aura muerta o viva antes de que abra la boca.

Gabriel cerró la pantalla de un golpe, manteniendo el rostro impasible a pesar del fuego que le quemaba las entrañas.

—Estamos en ello, Señor Miller. Mis hombres están rastreando todos sus contactos. No irá muy lejos.

Miller se acercó, poniendo una mano paternal sobre su hombro. El mismo hombro que Aura había mordido con pasión noches atrás.

—Confío en ti, Gabriel. No dejes que esa mujer te confunda. Recuerda lo que le hizo a Claire. Ella es parte de esa misma podredumbre.

Cuando Miller salió, Gabriel sacó un teléfono prepago que Aura le había deslizado en el bolsillo durante su huida. Marcó el único número en la memoria.

—Tenías razón —dijo Gabriel, su voz temblando de rabia contenida—. Miller es el arquitecto de todo. ¿Qué quieres que haga?

Al otro lado de la línea, en el loft del Soho, Aura se secaba el cabello frente al espejo, observando los hematomas de su encuentro con Sterling.

—Quiero que sigas siendo el fiscal perfecto, Gabriel. Dale a Miller lo que quiere: muéstrale que estás cazándome. Pero quiero acceso a los servidores internos de la fiscalía. Necesito los códigos de las cuentas en las que Miller recibe sus sobornos. Si vamos a derribar al sistema, tenemos que vaciarles las venas primero.

—Es traición, Aura —respondió Gabriel.

—No, Gabriel. Es romance. El tipo de romance que los millonarios como nosotros entendemos: destrucción mutua y reconstrucción total.

La noche en el loft secreto se volvió un hervidero de actividad. Aura no estaba sola; Briggs había traído a dos de los mejores expertos en ciberseguridad del antiguo equipo de Julian. Mientras ellos trabajaban en una esquina del inmenso salón, Aura se movía por el espacio, sintiendo la adrenalina de la cacería.

La puerta del loft se abrió de nuevo y una figura familiar entró. Era Elena. No traía armas, solo una botella de champagne Cristal y una mirada de cansancio absoluto.

—¿Cómo has encontrado este lugar? —preguntó Aura, apuntándola con una pequeña pistola que guardaba en su bata.

Elena levantó las manos, dejando la botella sobre una mesa de cristal.

—Julian me traía aquí cuando quería recordarme que yo era solo una propiedad más. Este lugar huele a miedo y a sexo caro, Aura. No podía ser otro sitio.

Aura bajó el arma, pero no la tensión.

—Has intentado hundirme con Gabriel. Casi lo consigues.

—Lo hice porque creía que eras como ellos —respondió Elena, acercándose y sirviéndose una copa—. Pero Miller se ha pasado de la raya. Ha intentado matarme esta tarde en Chelsea. Parece que ya no soy útil para sus planes ahora que Julian está fuera. Me ha descartado como a un activo tóxico.

—Bienvenida al bando de los desechables —dijo Aura con amargura—. ¿Qué quieres, Elena?

—Quiero ver a Miller arder. Y quiero que Casandra esté a salvo. Miller la tiene en una casa de seguridad en Long Island, pero no es protección, Aura. Es un seguro. Si yo hablo, él mata a tu hermana.

La mención de Casandra suavizó algo en la mirada de Aura. A pesar de todo, de la traición y la degradación, Casandra era su sangre. Y en el código de los millonarios, la sangre se protege, incluso cuando se odia.

—Necesitamos a Gabriel —dijo Aura—. Él es nuestra entrada a la fiscalía y la cobertura legal que necesitamos.

—Vance es un hombre de principios —escupió Elena—. Los hombres con principios son inútiles en una guerra de este tipo.

—Vance ya no tiene principios —corrigió Aura, recordando la intensidad de sus encuentros—. Ahora tiene un motivo. Y un motivo es mucho más peligroso que la ética.

Para sellar su nueva y retorcida alianza, Aura y Elena se sumergieron en una conversación que pronto derivó en algo más físico. La tensión entre ellas, nacida de la rivalidad y el odio compartido hacia los hombres que las habían usado, estalló en un encuentro que fue tanto una tregua como una competencia. En el sofá de terciopelo, bajo la mirada de las pantallas que rastreaban las finanzas de Miller, las dos mujeres se entregaron a una sesión de sexo explícito y exploratorio. Fue una forma de reclamar su autonomía, de borrar el rastro de Julian y Miller de sus cuerpos. Aura dominaba con una agresividad que Elena aceptaba con un hambre desesperada. Fue un acto de comunión oscura, una reafirmación de que, en ese momento, ellas eran las únicas dueñas de su destino.

A la mañana siguiente, el plan se puso en marcha. Gabriel Vance, actuando bajo las instrucciones de Aura, filtró una serie de documentos "falsos" a Miller que indicaban que Aura se escondía en un almacén en Nueva Jersey. Mientras Miller enviaba a su equipo de asalto privado a esa ubicación, Gabriel abría las puertas traseras del servidor de la fiscalía.

Aura, desde el loft, empezó a drenar las cuentas de Miller. Billones de dólares, acumulados a través de décadas de extorsión y sobornos, empezaron a desaparecer de los paraísos fiscales, siendo redirigidos a una cuenta de caridad para víctimas de abuso corporativo —una ironía que Aura disfrutó plenamente.

Pero Miller no era un aficionado. Al darse cuenta de que el ataque al servidor provenía de una IP vinculada a la cuenta privada de Gabriel Vance, comprendió la traición.

En cuestión de minutos, el edificio de la fiscalía fue cerrado. Gabriel se encontró rodeado de hombres armados en su propia oficina. Miller entró, ya no con una sonrisa, sino con un revólver en la mano.

—Me decepcionas, Gabriel. Realmente creí que eras diferente a tu padre. Pero parece que la sangre Valente es contagiosa. ¿Dónde está ella?

Gabriel lo miró con un desprecio soberano.

—Ella está en todas partes, Miller. En tus cuentas, en tus correos, en los sueños de las personas que destruiste. Ya has perdido. El dinero se ha ido.

Miller golpeó a Gabriel con la culata del arma, derribándolo.

—Si me hundo, me llevaré a Claire primero. Y luego encontraré a Aura.

Pero Miller no contaba con la coordinación de Aura. En ese preciso momento, Briggs y el equipo de "Los Limpiadores" asaltaban la casa de seguridad en Long Island, rescatando a Casandra en medio de un tiroteo feroz. Simultáneamente, Aura activaba la "bomba de medios".

Todos los canales de noticias de Nueva York interrumpieron su programación. No era una filtración de documentos; era un video en directo. Aura Valente, vestida de manera impecable, aparecía en pantalla desde un lugar desconocido.

—Habitantes de Nueva York, accionistas de Vortex y miembros del gobierno —dijo Aura, su voz firme y melódica—. Durante años, hemos vivido bajo la sombra de hombres como Julian Vane y el Fiscal Miller. Hoy, les entrego las pruebas de sus crímenes. Pero no solo eso. Les entrego su dinero. He devuelto cada dólar robado a las cuentas públicas. Y ahora, invito al Fiscal Miller a que se entregue. Sus cuentas están vacías, su reputación está muerta y sus hombres ya no tienen razón para seguir sus órdenes.

La reacción fue instantánea. En la fiscalía, los agentes, al ver el video y confirmar que sus propios fondos de pensiones —manipulados por Miller— habían sido restaurados por Aura, bajaron sus armas. Miller se quedó solo, con Gabriel Vance levantándose del suelo, limpiándose la sangre de la comisura de los labios.

—Se acabó, Miller —dijo Gabriel—. El juego de los millonarios ha cambiado de dueño.

Esa noche, el loft del Soho fue el escenario de una celebración privada y decadente. Casandra, todavía temblando pero segura, fue recibida por Aura con un abrazo que, por primera vez, no tenía segundas intenciones. Elena permanecía en las sombras, observando cómo el imperio que una vez la destruyó era ahora un tablero vacío.

Gabriel Vance llegó al loft poco después. Entró y, sin decir una palabra, caminó hacia Aura. La tomó por la cintura y la besó con una ferocidad que hablaba de todo lo que habían sacrificado.

—¿Y ahora qué? —preguntó Gabriel, mirando a las tres mujeres que habían derribado un sistema centenario.

Aura se sirvió una copa de vino, mirando la ciudad que ahora le pertenecía en espíritu, si no en papel legal.

—Julian sigue en la cárcel, Miller está siendo procesado y Vortex necesita una nueva dirección. Pero antes de eso... —Aura bajó la voz, su mirada cargada de una promesa sexual que hizo que Gabriel se estremeciera—, antes de eso, quiero que recuerdes por qué nos aliamos.

El encuentro final de la noche entre Aura y Gabriel fue una celebración de su supervivencia. En la habitación principal del loft, rodeados de la tecnología que habían usado como arma, se entregaron el uno al otro en una sesión que duró hasta que el sol volvió a salir. Fue un sexo marcado por la victoria, por el alivio de la tensión acumulada y por el reconocimiento de que eran los nuevos monarcas de una ciudad que no perdona, pero que adora a los ganadores.

Aura Valente ya no era la heredera desesperada ni la amante de un millonario. Era la arquitecta de su propio destino. Mientras Gabriel dormía a su lado, ella se levantó y miró la terminal. Había un nuevo mensaje, una alerta de seguridad de la prisión donde Julian Vane estaba recluido.

"El prisionero Vane ha solicitado una reunión de urgencia con su nueva Presidenta. Dice que tiene una información que Miller no conocía. Algo sobre un tercer socio."

Aura sonrió, cerrando la terminal.

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