El rugido de las turbinas del G700 se sentía como un ronroneo distante bajo los pies de Aura, quien permanecía sentada en el lujoso asiento de cuero, observando cómo las nubes se teñían de un gris acero mientras cruzaban el Atlántico de regreso a Nueva York. En su regazo, el dispositivo de hardware obtenido de Etienne Roche brillaba con una luz led azul intermitente, el latido electrónico de billones de dólares que ahora, finalmente, estaban bajo su control absoluto. Sin embargo, la victoria en los Alpes no le había traído la paz que esperaba. Había algo en la mirada final del banquero suizo, una mezcla de despecho y una advertencia no pronunciada, que se le había quedado clavada en la base del cráneo.Julian estaba en la parte delantera de la cabina, hablando por un teléfono satelital con su jefe de seguridad en Manhattan. Su lenguaje era escueto, técnico, pero su postura —con la espalda tensa y los hombros cargados— delataba que algo no iba bien en casa. Cuando colgó, no regresó a s
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