Mundo ficciónIniciar sesiónEl humo que emanaba de los restos de la mansión Blackwood se mezclaba con la persistente neblina londinense, creando una mortaja gris sobre el distrito financiero. Aura y Gabriel, exhaustos y con la adrenalina aún quemándoles las venas, se alejaron del epicentro de la explosión antes de que las unidades antiterroristas de Scotland Yard sellaran el área. No tenían pasaportes válidos, ni tarjetas de crédito que no estuvieran bajo vigilancia, ni un lugar seguro al que llamar hogar. La victoria sobre Lady Beatrice Thorne y el algoritmo de La Orden de la Moneda se sentía, en ese momento, como una sentencia de muerte lenta en la indigencia.
Briggs los condujo hacia los Docklands, una zona de antiguos almacenes victorianos reconvertidos en lofts industriales de ultra-lujo, propiedad de testaferros que ni siquiera Beatrice había logrado identificar. Se refugiaron en un ático de techos altos y paredes de ladrillo visto, donde el único lujo era el silencio y una cama de dimensiones arquitectónicas cubierta con terciopelo gris.
—Estamos en un limbo, jefa —dijo Briggs, mientras limpiaba una herida de bala en su antebrazo—. El virus borró las cuentas de La Orden, pero también bloqueó las nuestras como efecto colateral. Ahora mismo, el mundo cree que estamos muertos en la explosión o que somos los terroristas más buscados del planeta.
Gabriel se desplomó en un sillón de cuero, con la camisa blanca manchada de pólvora y sangre ajena. Miró sus manos, las manos de un fiscal que había aprendido a matar para proteger la verdad.
—¿Valió la pena, Aura? —preguntó él, su voz resonando en el vacío del loft—. Hemos destruido el sistema, pero el sistema tiene una memoria muscular aterradora. Ya están buscando un reemplazo para El Arquitecto.
Aura no respondió de inmediato. Se acercó al mueble bar, sirvió dos copas de un whisky de malta que valía más que el alquiler de un año de un ciudadano común y se las entregó a Gabriel. Ella se deshizo de su abrigo de piel sintética y de la funda de su arma, quedando solo en un vestido de seda que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel.
—No hemos destruido el sistema, Gabriel. Hemos cortado el suministro de oxígeno de los parásitos que lo manejaban. Ahora, tenemos que decidir si queremos ser los nuevos parásitos o si vamos a quemar el resto de la estructura.
La mirada de Aura era gélida, pero su cuerpo emanaba un calor que Gabriel podía sentir desde el otro lado de la habitación. La tensión entre ellos, forjada en la violencia y el peligro, siempre encontraba su salida a través de la carne. No era solo romance; era una validación de que seguían vivos, de que sus cuerpos aún pertenecían a ellos mismos y no a las agendas de familias muertas.
Gabriel se levantó, dejando la copa a un lado. Se acercó a ella con la lentitud de un depredador que ha encontrado su santuario. La tomó por la nuca, forzándola a mirarlo.
—A veces olvido quién eres debajo de toda esta sed de venganza —susurró él—. Pero luego te veo así, y recuerdo que eres la única razón por la que no me he pegado un tiro en la cabeza.
Comenzó una escena de sexo explícito de alto voltaje, donde la necesidad de escape se transformó en una exploración minuciosa del placer. Gabriel la empujó hacia la inmensa cama, deshaciéndose de sus propias ropas con una urgencia febril. Se arrodilló entre sus piernas, sus manos abriendo los muslos de Aura con una firmeza que no admitía réplicas. Inició un cunnilingus detallado y profundo, sumergiendo su rostro en la humedad de ella. Su lengua, impulsada por el hambre de semanas de contención, trazó círculos lentos y precisos alrededor de su clítoris, mientras sus labios succionaban con una fuerza rítmica que arrancaba gemidos guturales del pecho de Aura. Ella se aferraba a las sábanas, su espalda arqueándose mientras sentía cada movimiento de la lengua de Gabriel, una técnica que mezclaba la caricia suave con la succión más intensa. Él usaba sus dedos para dilatarla, explorando su profundidad mientras continuaba su labor con la boca, saboreando el néctar de su excitación hasta que Aura estalló en un orgasmo que la dejó sin aliento, sus piernas temblando contra los hombros de él.
Aura, recuperando el mando de la situación con esa arrogancia que solo la verdadera riqueza —incluso la perdida— otorga, lo hizo girarse. Lo obligó a tumbarse sobre la seda y se posicionó sobre él, con su larga cabellera cayendo sobre el pecho de Gabriel. Inició una felación detallada, rodeando su miembro con sus labios cálidos, usando su lengua para masajear el frenillo con una presión calculada. Se sumergió en él con una entrega total, moviéndose con una cadencia que seguía el ritmo de su propia respiración agitada. Su boca era un refugio de calor y deseo, succionando con fuerza mientras sus ojos nunca dejaban de sostener la mirada de Gabriel, una conexión eléctrica que hablaba de posesión mutua. Gabriel jadeaba, sus manos recorriendo las caderas de Aura, mientras ella jugaba con el roce de sus labios y la humedad de su boca, llevándolo al límite absoluto de la resistencia antes de acogerlo por completo en su interior.
La penetración que siguió fue un acto de comunión violenta. El sexo fue explícito, con un detalle abrumador de cada sensación física: el calor de sus pieles entrelazadas, el sonido rítmico de sus cuerpos chocando y el aroma a sexo y sudor que llenaba el loft de lujo. Gabriel la poseía con una intensidad que buscaba borrar los recuerdos de Lady Beatrice y Malatesta, mientras Aura respondía con una agresividad que reclamaba su derecho a la felicidad en medio del caos. Fue un encuentro de alto voltaje, una declaración de amor escrita en el lenguaje de la carne, donde cada gemido era un desafío al mundo que intentaba destruirlos.
A la mañana siguiente, la luz grisácea de Londres se filtraba por las altas ventanas del loft. Aura se levantó y encontró a Briggs frente a una serie de monitores portátiles que habían instalado durante la noche.
—Jefa, tenemos un problema. El virus no borró a Beatrice Thorne. Solo borró su rastro digital —dijo Briggs, señalando un feed de noticias encriptado—. Ella ha resurgido en Ginebra. Está moviendo los activos de emergencia de La Orden hacia una nueva entidad llamada "El Consorcio". Y ha puesto una recompensa de cien millones de dólares por vuestra captura, vivos o muertos.
Gabriel, vistiéndose en las sombras, se acercó a la mesa de trabajo.
—No nos van a dejar en paz, Aura. Mientras ella respire, somos cabos sueltos que el sistema necesita cortar.
—Entonces dejaremos de ser cabos sueltos y nos convertiremos en el nudo que los ahorque —sentenció Aura, tomando una tablet—. Briggs, ¿qué pasó con los archivos de respaldo que Miller mencionó? Los que contenían las grabaciones de las orgías de chantaje de los líderes del G7 en la isla de Necker.
—Los tengo. Pero usarlos es declarar la guerra a los siete gobiernos más poderosos del planeta —advirtió Briggs.
—Ya estamos en guerra, Briggs. Simplemente no hemos usado nuestra munición pesada.
La estrategia cambió. Si ya no tenían dinero, usarían la información como su nueva moneda. Aura planeó una serie de filtraciones selectivas que harían que los aliados de Beatrice se volvieran contra ella para salvar sus propios cuellos. Era el juego más peligroso: el chantaje a escala global.
Sin embargo, el peligro no solo venía de fuera. Casandra, que había estado extrañamente callada desde su llegada a Londres, se acercó a Aura esa tarde.
—Aura... hay alguien que quiere hablar contigo. Alguien que dice ser el contacto de nuestro padre en "El Consorcio".
Aura se tensó.
—¿Quién es?
—Dice que lo conoces como "El Coleccionista".
Aura sintió un escalofrío. El Coleccionista era una leyenda urbana en el mundo de los millonarios, un hombre que no comerciaba con dinero, sino con favores y secretos íntimos. Si él estaba involucrado, la caída de La Orden era solo el preludio de algo mucho más perverso.
El encuentro se fijó en un club privado subterráneo en Mayfair, un lugar donde la depravación se vestía de etiqueta. Aura y Gabriel entraron, escoltados por el aura de peligro que ahora los rodeaba. El club era un laberinto de habitaciones con espejos, donde el aire estaba cargado de incienso y el sonido de susurros prohibidos.
En el centro del salón principal, sentado en un trono de obsidiana, estaba El Coleccionista. Era un hombre joven, de una belleza casi irreal, con ojos que parecían haber visto el principio y el fin de todas las cosas.
—Señora Valente, Señor Vance. Qué placer ver que han sobrevivido a la purga de Beatrice —dijo con una voz suave—. Ella siempre fue demasiado rígida. Demasiado... matemática. El poder real no está en los algoritmos, sino en los deseos que los hombres intentan ocultar.
—Ve al grano —dijo Gabriel, su mano cerca de la culata de su arma—. ¿Qué quieres?
—Quiero lo que ustedes tienen. La lista de "La Orden". Pero no para destruirla, sino para perfeccionarla. Beatrice quería controlar el dinero; yo quiero controlar las almas.
Aura se acercó, su mirada de fuego encontrándose con la de él.
—No estamos en venta, ni nosotros ni nuestra información.
El Coleccionista sonrió, y fue una sonrisa que helaba la sangre.
—Todo el mundo tiene un precio, Aura. El tuyo es tu hermana. ¿Crees que Casandra regresó a ti por lealtad? Ella es mi activo más valioso. Ella fue quien activó el rastreador en vuestra casa franca de los Alpes.
Aura se giró hacia Casandra, que permanecía en la entrada del club. Su hermana bajó la cabeza, su rostro una máscara de culpa y miedo.
—¿Casandra? —preguntó Aura, con la voz quebrada.
—Él tiene mi vida en sus manos, Aura —susurró Casandra—. Él tiene las grabaciones de lo que Julian me obligó a hacer en Macao. Si no lo ayudaba, él las enviaría a todo el mundo.
La traición familiar, el tema recurrente en la vida de los Valente, volvía a golpearlos con una fuerza devastadora. El romance entre Aura y Gabriel se vio sometido a una nueva prueba: la de la supervivencia frente a un enemigo que no usaba balas, sino la vergüenza.
—Déjala ir —ordenó Gabriel, apuntando directamente a El Coleccionista.
—Si me matas, Gabriel, los servidores de liberación automática enviarán las grabaciones de Casandra, y también las vuestras. Tengo cámaras en vuestro loft de los Docklands. He disfrutado mucho de vuestras sesiones de... consuelo mutuo. Serían un éxito de ventas en la "Dark Web".
La amenaza era real. Estaban atrapados en una red de voyerismo y poder que superaba cualquier cosa que hubieran enfrentado antes. Pero Aura, en su desesperación, encontró una última carta que jugar.
—Tú quieres el poder, Coleccionista. Pero el poder sin legitimidad es solo un crimen. Si liberas esas grabaciones, destruirás tu propia moneda. Nadie confiará en ti si expones a tus activos. Hagamos un trato.
—Te escucho —dijo él, intrigado.
—Te daré los códigos de Beatrice. Pero a cambio, borrarás todo rastro de Casandra y nos dejarás salir de Londres. Tienes una hora para decidir. Si no, mi equipo en los Docklands enviará un pulso electromagnético que borrará todos tus servidores aquí mismo.
Era un farol, pero Aura lo dijo con tal convicción que El Coleccionista dudó. En ese momento de vacilación, Gabriel actuó. Usando un dispositivo sónico que Briggs le había dado, provocó una distorsión en la sala que cegó momentáneamente a los guardias.
Tomaron a Casandra y corrieron hacia la salida, abriéndose paso a golpes y disparos en la penumbra del club. Fue una huida frenética por las alcantarillas de Mayfair, un descenso literal a las cloacas del poder.
Al regresar al loft, la tensión estalló entre Aura y Casandra. No hubo palabras dulces. Aura la abofeteó, una descarga de toda la rabia y el miedo acumulados.
—¡Nos vendiste! ¡A Gabriel y a mí! —gritó Aura.
—¡No tenía opción! —sollozó Casandra—. ¡No soy como tú! ¡No soy fuerte! ¡Solo quería que todo esto terminara!
Gabriel se interpuso, tratando de calmar la tormenta familiar. Sabía que el tiempo se les acababa. El Coleccionista no tardaría en rastrear el farol de Aura.
Esa última noche en Londres, antes de tener que huir de nuevo, Aura y Gabriel se refugiaron en su pasión como única forma de no volverse locos. Fue un encuentro marcado por la urgencia y el miedo a la exposición. Se poseyeron con una furia que buscaba exorcizar la traición de Casandra y la amenaza de El Coleccionista. Se sucedieron en una coreografía de desesperación, donde cada roce de piel era una forma de decir "estamos juntos en esto, pase lo que pase". Fue una escena de alto voltaje, el romance de dos personas que habían aprendido que la única verdad que les quedaba era el placer que podían darse mutuamente.
Al amanecer, Briggs recibió un mensaje en su terminal privada.
—Es de Miller. Ha localizado a Lady Beatrice. No está en Ginebra. Ha regresado a Nueva York bajo una identidad falsa. Está intentando recomprar la Torre Vane en una subasta judicial secreta.
Aura miró a Gabriel. El círculo se estaba cerrando. Todo había empezado en Nueva York, y allí tendría que terminar.
—Prepara el barco, Briggs —ordenó Aura—. Vamos a volver a casa. Pero no como fugitivos. Vamos a volver como los dueños de sus pesadillas.







