El humo que emanaba de los restos de la mansión Blackwood se mezclaba con la persistente neblina londinense, creando una mortaja gris sobre el distrito financiero. Aura y Gabriel, exhaustos y con la adrenalina aún quemándoles las venas, se alejaron del epicentro de la explosión antes de que las unidades antiterroristas de Scotland Yard sellaran el área. No tenían pasaportes válidos, ni tarjetas de crédito que no estuvieran bajo vigilancia, ni un lugar seguro al que llamar hogar. La victoria sob