Mundo ficciónIniciar sesiónLa oficina de Aura en la Torre Vane se había transformado en un búnker de alta tecnología. Las paredes de cristal, que antes ofrecían una vista panorámica del éxito, ahora estaban cubiertas por persianas blindadas que mantenían el mundo exterior a raya. Aura estaba sentada frente a su escritorio de obsidiana, el mismo donde Julian la había poseído tantas veces, pero ahora el espacio le pertenecía solo a ella. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño pero encendidos por una furia fría, escaneaban los perfiles de los hombres que acababa de contratar. Eran "Los Limpiadores", un grupo de ex-agentes de inteligencia que operaban en la periferia de la legalidad, financiados por cuentas suizas que Julian nunca llegó a descubrir.
—Gabriel Vance cree que es el guardián de la moralidad de esta ciudad —dijo Aura, su voz resonando en el silencio sepulcral de la habitación—. Quiero que le demuestren que la moralidad es solo una cuestión de precio. No quiero que lo sobornen; el dinero no le importa. Quiero que encuentren su debilidad. Todo hombre tiene una, y la de Vance suele estar escondida tras su fachada de rectitud.
Frente a ella, un hombre de rasgos genéricos y mirada ausente, conocido solo como K, asintió.
—Tenemos a Vance bajo vigilancia las veinticuatro horas, señora Valente. Hemos descubierto que tiene una debilidad por las clínicas de rehabilitación de lujo en Connecticut. Visita una cada miércoles. No es para él. Es para su hermana menor, Claire. La que supuestamente murió. Julian le mintió al fiscal. Claire Vance no está muerta; está en un estado vegetativo persistente tras una sobredosis en una de las fiestas de Julian hace cinco años. Vance ha estado pagando su mantenimiento en secreto para no comprometer su carrera política.
Aura sintió una punzada de satisfacción. La información era poder, y acababa de recibir el arma definitiva contra el fiscal.
—Así que el gran inquisidor tiene un secreto familiar que ocultar —susurró Aura, acariciando el borde de su copa de cristal—. Claire Vance va a ser nuestra moneda de cambio. Pero antes de usarla, quiero que Gabriel sufra. Quiero que vea cómo su reputación se desmorona antes de que yo le ofrezca la salvación. Y en cuanto a Elena...
—Elena es más escurridiza —interrumpió K—. Se mueve por los bajos fondos de Chelsea. Ha estado reuniéndose con Casandra en un refugio de mujeres. Están planeando una declaración conjunta ante el gran jurado para el próximo lunes. Si llegan a ese estrado, su arresto será inevitable, señora.
—Entonces el lunes será un día de luto para ellas —sentenció Aura—. Briggs, prepara el coche. Voy a hacerle una visita a mi "carcelero" antes de que se vaya a dormir. Quiero ver si todavía tiene el valor de mirarme a los ojos después de su pequeña reunión con Elena.
Aura llegó al apartamento de Gabriel Vance en el Upper West Side a medianoche. Era un edificio de preguerra, elegante pero austero, muy acorde con la personalidad del fiscal. Usó una de las llaves maestras que sus limpiadores habían clonado y entró sin hacer ruido. El apartamento olía a libros viejos, café y a ese aroma cítrico que Gabriel desprendía.
Lo encontró en su despacho, rodeado de cajas de evidencia de Vortex. Estaba sin camisa, con los hombros cargados y el cabello revuelto. Al verla, Gabriel no se inmutó; simplemente dejó su pluma sobre la mesa y se reclinó en su silla.
—Vienes a intentar seducirme de nuevo para que retire los cargos, Aura —dijo él, su voz cansada pero firme—. Te dije que lo de la otra noche no cambiaría mi deber.
Aura cerró la puerta tras de sí y dejó caer su abrigo de piel al suelo, revelando un conjunto de lencería de cuero negro que resaltaba cada curva de su cuerpo. Se acercó a él con la elegancia de una pantera.
—No vengo a seducirte, Gabriel. Vengo a recordarte quién de los dos tiene realmente el control. He estado investigando tus finanzas. He visto los pagos a la clínica Greenhaven en Connecticut. Claire es una chica muy hermosa, incluso en su estado actual. Es una pena que el mundo no sepa que el gran fiscal federal está ocultando a un miembro de su familia para proteger su propia imagen de "limpio".
Vance se puso en pie de un salto, su rostro transformándose en una máscara de rabia pura. Rodeó el escritorio y la tomó por los hombros, sacudiéndola ligeramente.
—¡No te atrevas a mencionar a mi hermana! —rugió—. ¡Julian la destruyó! ¡Ustedes la destruyeron!
Aura no retrocedió. Se pegó a su pecho, sintiendo el calor de su piel y el latido desbocado de su corazón.
—Julian lo hizo, Gabriel. Yo no estaba allí. Pero ahora yo tengo el control de Greenhaven. He comprado la deuda de la clínica esta tarde. Si no retiras los cargos contra mí antes del lunes, tu hermana será trasladada a una institución pública en el Bronx donde no sobrevivirá una semana. Tú decides, Gabriel. ¿Justicia para la ciudad o vida para tu sangre?
El conflicto en los ojos de Gabriel fue devastador. La odiaba con cada fibra de su ser, pero el deseo y la desesperación por proteger a lo único que le quedaba en el mundo lo estaban consumiendo. Sus manos bajaron de sus hombros a su cintura, apretándola contra él con una violencia que Aura reconoció como una capitulación.
—Eres un demonio —susurró él, sus labios rozando los de ella.
—Soy lo que este mundo me obligó a ser —respondió Aura—. Ahora, demuéstrame cuánto estás dispuesto a sacrificar por ella.
El encuentro que siguió fue una explosión de odio y lujuria. Gabriel la lanzó sobre el escritorio, apartando los documentos de la fiscalía con un movimiento brusco. No hubo ternura. Fue una posesión brutal, un acto en el que Gabriel intentaba purgar su propia culpa a través del cuerpo de Aura. Ella lo incitaba, sus gemidos mezclándose con insultos, disfrutando de la forma en que el fiscal "honesto" se desmoronaba bajo su control. Fue una sesión de sexo explícito y agresivo, donde el poder cambiaba de manos con cada embestida. Gabriel la reclamaba como si fuera su castigo divino, y Aura lo aceptaba como su victoria final. En ese despacho oscuro, rodeados de las pruebas que debían destruirla, Aura Valente domesticó al hombre que debía ser su verdugo.
Mientras tanto, en una casa de seguridad en el Bronx, Elena y Casandra revisaban sus declaraciones. Casandra estaba nerviosa, fumando un cigarrillo tras otro.
—¿Estás segura de que Vance nos protegerá? —preguntó Casandra—. Aura tiene ojos en todas partes. Julian me dijo una vez que ella es más peligrosa que él porque no tiene límites morales.
Elena la miró con una frialdad que heló la sangre de Casandra.
—Vance tiene su propia agenda, pero odia a Julian y a Aura lo suficiente como para llevarnos hasta el final. Además, tengo algo que Aura no espera. He contactado con Adrián. Está dispuesto a testificar desde la cárcel sobre cómo Aura orquestó el colapso de Silas para quedarse con todo. El lunes, Aura Valente dejará de ser la reina de Nueva York para convertirse en la residente más famosa de Rikers Island.
Pero lo que Elena no sabía era que uno de los guardias de seguridad de la casa ya había sido comprado por K.
Aura regresó a la Torre Vane al amanecer, sintiéndose agotada pero triunfante. Gabriel no le había dado una respuesta definitiva, pero la forma en que se aferró a ella antes de que se fuera le dijo todo lo que necesitaba saber. El hombre estaba roto.
Sin embargo, el destino tenía una jugada más. Al entrar en su dormitorio, Aura encontró un sobre sobre su cama. No era de Julian, ni de Elena. Era una nota escrita a mano por su madre, Beatriz, que había estado desaparecida desde el escándalo inicial.
"Aura, he vuelto a la ciudad. Tengo algo que pertenecía a tu padre, algo que Julian nunca encontró y que Elena no sabe que existe. Es el testamento original, el que se firmó antes de que Julian entrara en nuestras vidas. Si lo quieres, ven al cementerio de la familia mañana a medianoche. Sola."
Aura arrugó la nota. Su madre siempre había sido una mujer débil, pero en el mundo de los millonarios, la debilidad suele ser una fachada para una traición más profunda. ¿Era una trampa de Elena usando a su madre? ¿O era la última pieza del rompecabezas para legitimar su imperio?
La noche del domingo, Aura se preparó. Sabía que el lunes era el juicio, la culminación de todo. Pero primero tenía que lidiar con los fantasmas de su propia sangre.
Se dirigió al cementerio privado de los Valente en Long Island. La niebla cubría las lápidas de mármol como un sudario. Al llegar al mausoleo familiar, vio una figura delgada vestida de riguroso luto. Era Beatriz.
—Has venido —dijo su madre, su voz quebrada por el tiempo y el pesar.
—Dámelo, mamá. No tengo tiempo para juegos —respondió Aura, manteniendo la mano cerca de su bolso donde guardaba su arma.
Beatriz sacó un documento antiguo de su bolso.
—Tu padre sabía que Julian era un peligro. Siempre lo supo. Este testamento deja claro que Vortex solo puede pertenecer a un Valente que no esté vinculado matrimonialmente a Julian Vane. Si la fusión se anula, todo vuelve a ti, sin las deudas de Julian. Pero hay una condición, Aura. Tienes que perdonar a Casandra. Tienes que sacarla de ese club y devolverle su lugar.
Aura soltó una carcajada amarga.
—¿Perdonarla? Ella intentó venderme al fiscal. Ella se alió con Elena. Casandra eligió su bando, mamá. Ahora tiene que vivir con las consecuencias.
En ese momento, varias luces fuertes iluminaron el cementerio. De entre las sombras surgieron Elena y Gabriel Vance, acompañados por un equipo de agentes federales.
—Aura Valente, queda usted detenida por obstrucción a la justicia, extorsión y manipulación de testigos —dijo Gabriel, su voz volviendo a ser la del fiscal implacable. No había rastro del hombre que la había poseído la noche anterior.
Aura miró a Gabriel, luego a su madre. Beatriz bajó la mirada, avergonzada.
—¿Tú también, mamá? —susurró Aura.
—Lo hice por Casandra, Aura. Ella me llamó... me dijo que la estabas matando. Tenía que salvar a una de mis hijas —sollozó Beatriz.
Elena se adelantó, su rostro iluminado por una alegría perversa.
—Te lo dije, Aura. El pasado siempre vuelve. Gabriel nunca iba a sacrificar su carrera por ti. Usamos a tu madre para atraerte aquí, fuera de tu torre y de tus guardias. Greenhaven está bajo protección federal ahora. No tienes nada con qué negociar.
Gabriel se acercó a Aura y le puso las esposas. Sus manos estaban frías.
—Lo siento, Aura. Pero Claire merece algo mejor que ser una moneda de cambio en tu juego de poder.
Aura no luchó. Se mantuvo erguida, mirando a Gabriel con un desprecio que lo hizo apartar la vista.
—Has ganado esta ronda, Gabriel. Pero recuerda esto: yo construí este imperio desde las cenizas. Una celda no va a detenerme. Y cuando salga, me encargaré de que cada uno de ustedes desee haberme matado cuando tuvieron la oportunidad.
Mientras la llevaban hacia el coche patrulla, Aura vio a Elena abrazar a Casandra en la distancia. El círculo se había cerrado. La reina de la Torre Vane caía, pero en sus ojos no había derrota, sino el inicio de una nueva y más sangrienta venganza.
El lunes por la mañana, los titulares de todo el mundo gritaban la noticia: "La caída de la Dinastía Valente: Aura Valente arrestada en el cementerio familiar". Las acciones de Vortex se desplomaron, y el imperio que Julian y Aura habían construido empezó a ser canibalizado por los buitres de Wall Street.
Pero en la soledad de su celda de detención, Aura no estaba llorando. Estaba sonriendo. Sus limpiadores ya habían recibido la orden final. Si ella caía, nadie se quedaría con el botín. El sistema financiero estaba a punto de recibir un virus que borraría cada registro de Vortex y Vane Holdings. Si ella no podía reinar en Nueva York, nadie lo haría.







