Capitulo 28

El Vesta cortaba las aguas del Atlántico con una ferocidad mecánica que reflejaba el estado de ánimo de sus ocupantes. A medida que Nueva York se convertía en un recuerdo de luces distantes, Aura Valente permanecía en la suite principal del yate, observando cómo el horizonte se tragaba el mundo que una vez creyó dominar. La revelación de que su padre, Silas, había sido el ejecutor directo de la tragedia de la familia de Gabriel no solo había resquebrajado su relación, sino que había reescrito su propia identidad. Ya no era solo la heredera que luchaba por su imperio; era la hija de un asesino de La Orden de la Moneda, cargando con una deuda de sangre que ninguna fortuna podría saldar.

Gabriel entró en el camarote sin llamar. El aire entre ellos estaba cargado de una electricidad estática, una mezcla de deseo residual y un odio nuevo y punzante que se alimentaba de la traición histórica. Él se detuvo frente al ventanal, con la mandíbula apretada y los puños cerrados. El fiscal que una vez creyó en la ley ahora solo creía en la retribución.

—No puedo mirarte sin ver las manos de tu padre en el cuello de mi madre, Aura —dijo Gabriel, su voz era un susurro que cortaba como el cristal roto.

Aura se levantó de la cama, dejando caer la sábana de seda, quedando completamente desnuda ante él. En el mundo de los millonarios, la vulnerabilidad física era a menudo la última forma de poder.

—Entonces no me mires a mí, Gabriel. Mira lo que somos. Mira lo que La Orden nos ha hecho. Si quieres matarme por los pecados de Silas, hazlo ahora. Pero si quieres que el hombre que dio la orden sufra lo mismo que tú, entonces úsame. Usa mi cuerpo, usa mi dinero y usa mi rabia.

Gabriel se giró con una violencia repentina, acortando la distancia entre ellos. La tomó por los brazos, sus dedos hundiéndose en su piel. El conflicto interno de Gabriel estalló en una necesidad física desesperada de poseer a la mujer que representaba tanto su salvación como su ruina. La empujó contra la cama, sus ojos azules ardiendo con una lujuria que era tanto un castigo como una súplica.

Lo que siguió fue una escena de sexo explícito de alto voltaje, donde la técnica se fundió con una animalidad cruda. Gabriel la obligó a arrodillarse en el borde de la cama, su rostro a la altura de su entrepierna. Él necesitaba sentir que ella le pertenecía por completo, que cada centímetro de la heredera Valente estaba bajo su dominio. Inició un cunnilingus prolongado, profundo y detallado, usando su lengua para trazar círculos lentos y firmes alrededor de su clítoris. Aura gemía, con la cabeza echada hacia atrás, mientras Gabriel succionaba sus labios menores con una fuerza que buscaba reclamar cada átomo de su placer. Sus dedos, expertos y urgentes, se introdujeron en ella, explorando su humedad mientras su boca continuaba la labor de demolición emocional a través del placer. El sonido de la lengua de Gabriel contra la piel de Aura y los suspiros entrecortados de ella llenaban la suite, creando una atmósfera de erotismo visceral que desafiaba el dolor de la traición.

Aura, impulsada por una necesidad de reciprocidad y poder, se giró y lo empujó hacia atrás, obligándolo a sentarse. Se posicionó entre sus piernas, sus ojos fijos en los de él con una intensidad desafiante. Inició una felación detallada y profunda, rodeando el miembro de Gabriel con sus labios calientes, usando su lengua para lamer cada vena, cada centímetro de su anatomía. Se sumergió en él con una entrega total, moviéndose con una cadencia rítmica que buscaba silenciar los demonios de Gabriel. La presión de su boca, el roce de sus manos por sus muslos y la mirada fija creaban una conexión eléctrica. Gabriel jadeaba, sus manos enredadas en el cabello de Aura, mientras ella jugaba con la velocidad y la succión, llevándolo al borde del abismo antes de retroceder, prolongando el tormento de una manera que solo una mujer acostumbrada a negociar con el deseo podría hacer.

Finalmente, se unieron en el centro de la habitación, una penetración fuerte y rítmica que fue tanto una batalla como una tregua. El sexo fue explícito, con un detalle absoluto de cada roce de piel, cada intercambio de fluidos y cada gemido de esfuerzo. Era un romance oscuro, una unión de millonarios caídos que usaban sus cuerpos para olvidar que el mundo entero los buscaba para matarlos.

Tras el encuentro, mientras el sudor se secaba en sus cuerpos, Gabriel se sentó en el suelo, apoyado contra la cama.

—Estamos yendo a Roma, ¿verdad? —preguntó, recuperando la frialdad profesional.

—Sí —respondió Aura, cubriéndose con una bata de encaje—. La Orden de la Moneda tiene su sede real en el Palazzo de los Médici, bajo el patrocinio de un hombre que el mundo conoce como el Cardenal Malatesta. Él fue quien contrató a mi padre. Él fue quien aprobó la "limpieza" de tu familia porque tu padre estaba a punto de descubrir el rastro del dinero que fluía desde las cuentas del Vaticano hacia los carteles de diamantes en África.

Gabriel se levantó, su rostro volviéndose una máscara de resolución.

—Entonces no iremos como fugitivos. Iremos como socios comerciales. La Orden siempre está buscando nuevos activos. El zafiro que aún tenemos contiene las claves de acceso a los servidores de la reserva federal que Julian hackeó antes de morir. Ese es nuestro caballo de Troya.

Aura asintió. El plan era suicida: infiltrarse en el corazón de la organización más antigua y poderosa del mundo, usando como cebo la única cosa que los millonarios valoran más que su propia vida: el acceso ilimitado a la creación de dinero.

A mitad de la travesía, Briggs interrumpió la reunión estratégica en el puente de mando. Su rostro, habitualmente impasible, mostraba una sombra de preocupación.

—Señora, hemos detectado una señal de rastreo satelital. No viene de los federales. Es una frecuencia privada, de banda ancha militar. "La Orden" sabe exactamente dónde estamos. Y no están enviando negociadores. Han activado a los "Limpiadores de Sangre".

Aura sabía quiénes eran. Una unidad de mercenarios de élite, descendientes de familias de la nobleza europea que habían servido a La Orden durante siglos. No usaban tecnología de punta; usaban métodos medievales con eficiencia moderna.

—Prepara los señuelos, Briggs —ordenó Aura—. Vamos a desviar la señal hacia un carguero panameño. Nosotros cambiaremos al helicóptero de cubierta antes de entrar en el Mediterráneo. No podemos llegar a Roma en el yate; es demasiado obvio.

Mientras Briggs coordinaba la maniobra, Casandra se acercó a Aura. Su hermana parecía haber envejecido diez años en los últimos días.

—Aura, he estado revisando los diarios de papá que encontré en la carpeta. Hay algo que no te dije. Hay un cuarto socio. Alguien que Malatesta teme. Alguien que se hace llamar "El Arquitecto".

—¿Otro más? —exclamó Aura con amargura—. ¿Cuántas capas tiene esta cebolla de m****a?

—El Arquitecto es quien realmente fundó La Orden en los años setenta —continuó Casandra, su voz temblando—. Dicen que es una mujer. Alguien de la aristocracia británica que desapareció de la vida pública hace treinta años. Ella tiene la última clave, la que puede apagar todo el sistema financiero mundial.

Aura se giró hacia Gabriel, quien escuchaba desde la sombra.

—Si esa mujer existe, Gabriel, ella es la que realmente mató a tu madre. Malatesta solo fue el que firmó la orden, pero ella fue la que diseñó la necesidad de su muerte.

La determinación de Gabriel se volvió absoluta. Ya no se trataba de una herencia o de una empresa; se trataba de una cruzada contra el origen mismo de la corrupción de su mundo.

El viaje continuó en un estado de alerta constante. La tensión sexual entre Aura y Gabriel, lejos de disminuir, se volvió más intensa a medida que el peligro aumentaba. Cada noche era una exploración de sus límites, una serie de escenas de alto voltaje donde el sexo explícito servía como su única forma de comunicación verdadera. Se entregaban a prácticas que desafiaban su propia moralidad anterior, usando el dolor y el placer como una forma de endurecerse para lo que vendría en Roma. Felaciones profundas en la cubierta bajo la luna, cunnilingus que duraban horas mientras el barco navegaba por aguas peligrosas, y una unión carnal que se sentía como el último acto de dos personas que ya no esperaban ver el amanecer.

Al llegar a las costas de Italia, dejaron el Vesta a la deriva con un piloto automático programado para atraer a los perseguidores hacia las costas de Libia. Aura, Gabriel, Casandra y Briggs volaron en un helicóptero civil de bajo perfil hacia una finca privada en la Toscana, propiedad de un antiguo aliado de Julian que odiaba a La Orden por haberle robado sus tierras años atrás.

Allí, bajo el sol de la Toscana que parecía ignorar la oscuridad de sus misiones, Aura se preparó para la infiltración. No usaría armas de fuego; usaría la seducción y el protocolo. Se vestiría con un vestido de alta costura de seda roja, cargado de micro-transmisores, y entraría en la gala del Cardenal Malatesta como la "Heredera Arrepentida" que buscaba protección.

—¿Estás lista para entrar en la boca del lobo? —preguntó Gabriel, mientras la ayudaba a ajustar el collar de diamantes que ocultaba un dispositivo de escucha.

Aura lo miró a través del espejo. Se veía hermosa, letal y absolutamente decidida.

—Yo no entro en la boca del lobo, Gabriel. Yo entro a reclamar mi lugar en la manada. Y cuando Malatesta se dé cuenta de que el zafiro que le entregaré es una bomba lógica que destruirá su red de comunicación, estaremos a medio camino de su bóveda privada.

La noche de la gala en el Palazzo de los Médici llegó con una elegancia que ocultaba la podredumbre. Carruajes modernos y limosinas negras depositaban a la élite mundial frente a las puertas de mármol. Aura entró del brazo de Gabriel, quien se hacía pasar por un inversor de riesgo de Luxemburgo.

El Cardenal Malatesta los esperaba en el salón principal, rodeado de obras de Caravaggio y guardias suizos que no llevaban lanzas, sino subfusiles ocultos bajo sus capas. Era un hombre de unos setenta años, con una mirada que parecía haber visto el nacimiento y la muerte de imperios.

—Señora Valente —dijo Malatesta, besando la mano de Aura con una hipocresía que le revolvió el estómago—. Qué placer ver que el buen sentido ha prevalecido sobre la rebeldía juvenil. Su padre estaría orgulloso de verla aquí, reclamando su herencia en La Orden.

—Mi padre murió sirviendo a esta mesa, Cardenal —respondió Aura, manteniendo la sonrisa de una profesional—. He venido a entregar lo que Julian Vane intentó robar. El acceso al sistema de compensación de la Reserva Federal. A cambio, quiero la inmunidad total para mi familia y el control de los activos de Vortex en Europa.

Malatesta la estudió con una curiosidad felina.

—Un trato justo. Pero antes de formalizarlo, hay una tradición en La Orden. Los nuevos socios deben pasar por la prueba de la Verdad de la Carne.

Aura se tensó. Sabía lo que eso significaba. En el sótano del Palazzo, lejos de las miradas públicas, La Orden celebraba rituales de poder donde el sexo era usado como una herramienta de humillación y control. Era la forma en que aseguraban que sus miembros no tuvieran secretos los unos para los otros.

—Estoy dispuesta —dijo Aura, mirando a Gabriel. Él asintió levemente; era la única forma de llegar a la terminal privada del Cardenal.

Fueron conducidos a una cámara subterránea, decorada con frescos renacentistas que mostraban escenas de bacanales y sacrificios. Allí, frente a un círculo de hombres enmascarados, Aura y Gabriel fueron obligados a entregarse el uno al otro en una exhibición pública de su intimidad. Era el precio de la entrada al círculo interno.

Lo que siguió fue una escena de una intensidad erótica y psicológica abrumadora. Aura y Gabriel convirtieron la humillación en un acto de rebeldía. Se poseyeron con una pasión que ignoraba a los espectadores, transformando el ritual de La Orden en una declaración de su propio amor y poder. Fue una escena de sexo explícito de alto voltaje, donde cada movimiento era un mensaje de resistencia. Gabriel la penetraba con una fuerza que decía "tú eres mía, no de ellos", mientras Aura respondía con gemidos que desafiaban la frialdad de los enmascarados. Detalles de felaciones y cunnilingus se sucedieron bajo las luces de las antorchas, una danza carnal que dejó a los miembros de La Orden hipnotizados por la pureza de su deseo, incluso en medio de la perversión.

Al finalizar, Malatesta, impresionado por la fuerza de la pareja, los condujo personalmente a su estudio privado.

—Habéis pasado la prueba —dijo el Cardenal, abriendo la caja fuerte que ocultaba la terminal—. Ahora, dadme la clave del zafiro.

Aura entregó el anillo. Pero mientras Malatesta lo introducía en el lector, Gabriel activó el inhibidor de señal en su reloj. La terminal no se conectó a la Reserva Federal; se conectó al servidor de Briggs, que empezó a descargar cada correo, cada transferencia y cada lista de nombres de La Orden directamente a la red abierta de la Interpol.

—¿Qué es esto? —rugió Malatesta, viendo cómo las barras de progreso volaban en su pantalla.

—Es el fin de tu mundo, Cardenal —dijo Aura, sacando una pequeña daga de su liga—. Mi padre mató por ti. Ahora tú vas a morir por él.

Se desató una lucha brutal en el estudio. Gabriel se enfrentó a los dos guardias que entraron, usando sus habilidades de combate para desarmarlos, mientras Aura acorralaba a Malatesta.

—¡No podéis ganar! —gritó el Cardenal, sangrando por un corte en la mejilla—. ¡El Arquitecto lo sabe todo! ¡Ella ya ha enviado la orden de ejecución para vuestra hermana!

Aura se detuvo por un segundo, el terror por Casandra luchando con su sed de venganza. En ese momento de duda, Malatesta activó un interruptor de emergencia y una pared secreta se abrió, permitiéndole escapar hacia los túneles del Vaticano.

—¡Tenemos que irnos, Aura! —gritó Gabriel, arrastrándola hacia la salida mientras el humo de las granadas de gas empezaba a llenar el Palazzo.

Lograron salir al aire fresco de la noche romana, mientras las sirenas de la policía —esta vez real y alertada por la filtración masiva— empezaban a rodear la plaza. Briggs los esperaba en una motocicleta de gran cilindrada.

—¡Casandra está a salvo! —gritó Briggs por el intercomunicador—. ¡Logré sacarla de la finca antes de que llegaran! Pero tenemos un problema. El Arquitecto ha activado el protocolo de "Silencio Global". Cada cuenta bancaria a nombre de Valente o Vance en el mundo acaba de ser borrada. Estamos en la calle, Aura. Sin un centavo.

Aura subió a la moto tras Gabriel, abrazándolo con fuerza. Miró hacia la cúpula de San Pedro, que brillaba en la distancia. Habían herido a La Orden, pero la cabeza de la serpiente, El Arquitecto, seguía en las sombras, y ahora estaban en su territorio, sin recursos y con todo el mundo buscándolos.

—No necesitamos dinero para matarla, Briggs —dijo Aura, su voz resonando con una frialdad absoluta—. Solo necesitamos un nombre. Y sé exactamente quién puede dármelo.

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