Capitulo 23

El frío del Centro de Detención Metropolitano no era como el frío de los Alpes suizos o el aire acondicionado de precisión de la Torre Vane. Era un frío húmedo, impregnado de un olor a desinfectante industrial y desesperación humana. Aura se encontraba sentada en el borde de un catre metálico, vestida con un mono de color naranja que debería haber anulado su sofisticación, pero que en ella parecía una declaración de guerra estética. Sus manos, antes adornadas con zafiros y diamantes, ahora estaban limpias de joyas, pero sus uñas seguían perfectamente limadas, una pequeña señal de que, aunque su libertad estaba restringida, su voluntad permanecía intacta.

La puerta de la celda crujió al abrirse. No era el guardia de turno. Era el Alcaide Samuel Sterling, un hombre cuya reputación de dureza solo era superada por su ambición política. Sterling era alto, con el cabello canoso cortado al estilo militar y ojos que escaneaban a los prisioneros como si fueran activos en un balance de pérdidas.

—Señora Valente —dijo Sterling, su voz resonando en el pequeño cubículo de hormigón—. No es el entorno al que está acostumbrada, supongo. El fiscal Vance ha dado instrucciones estrictas sobre su aislamiento. Dice que usted es capaz de corromper a un santo con solo una mirada.

Aura se levantó con una lentitud calculada, dejando que el mono naranja se deslizara ligeramente por su hombro. Caminó hacia el Alcaide, deteniéndose justo en el límite de lo permitido.

—El fiscal Vance tiene una imaginación muy vívida, Alcaide Sterling. Pero usted y yo sabemos que en este mundo, la corrupción es solo una palabra que usan los que no pueden pagar el precio de la lealtad. ¿Ha visto el desplome de las acciones de Vortex esta mañana?

Sterling apretó la mandíbula. Como muchos hombres en posiciones de poder limitado, tenía inversiones personales. La caída de Vortex le estaba costando una fortuna.

—Es una tragedia financiera —respondió él, intentando mantener la compostura—. Pero mi deber es custodiarla hasta su comparecencia ante el gran jurado.

—Su deber es con usted mismo, Samuel —susurró Aura, acercándose tanto que él pudo oler el rastro de su perfume de jazmín que aún persistía en su piel—. Sé que tiene una hipoteca en los Hamptons que está a punto de entrar en ejecución. Y sé que su hijo necesita ese trasplante que el seguro se niega a cubrir. Julian me enseñó a conocer las grietas de los hombres antes de romperlos. Pero yo no quiero romperlo a usted. Quiero que sea mi aliado.

Sterling retrocedió un paso, pero sus ojos permanecieron fijos en los de Aura. La tentación no era solo el dinero, sino la mujer misma. Aura emanaba un poder sexual que en ese entorno estéril resultaba abrumador.

—¿Qué es lo que quiere? —preguntó él, su voz bajando un octavo.

—Privacidad. Una terminal con acceso a internet encriptado. Y que el fiscal Vance no sepa que he tenido visitas. A cambio, el fondo fiduciario que acabo de activar en las Islas Vírgenes se encargará de todas sus deudas. Y tal vez... —Aura pasó sus dedos por el brazo del Alcaide, una caricia leve pero eléctrica—, tal vez pueda recordarle lo que se siente ser adorado por una mujer que no teme al poder.

Mientras Aura empezaba a tejer su red dentro de la prisión, fuera de los muros, la guerra por los restos de Vortex era carnicera. Gabriel Vance estaba en su oficina, rodeado de cajas de evidencia, pero su mente no estaba en los documentos. No podía dejar de pensar en la noche que pasó con Aura en el ático. El recuerdo de su piel, de su desafío y de la forma en que ella lo había desnudado emocionalmente lo perseguía.

La puerta se abrió y Elena entró sin llamar. Vestía un traje de seda blanco, la imagen de la pureza recuperada.

—¿Por qué no has presentado los cargos de trata de personas todavía, Gabriel? —preguntó ella, dejando su bolso de diseño sobre el escritorio—. Casandra está lista. El mundo está esperando el clavo final en el ataúd de Aura Valente.

Vance levantó la vista, sus ojos azules inyectados en sangre.

—Hay inconsistencias, Elena. La declaración de Casandra tiene lagunas que un buen abogado defensor destrozaría en cinco minutos. Y los documentos que me diste... algunos parecen haber sido manipulados.

Elena se inclinó sobre el escritorio, su rostro a centímetros del de Gabriel.

—¿Inconsistencias o remordimientos, Gabriel? No me digas que la "Reina de la Torre Vane" te ha seducido hasta el punto de la ceguera. Ella es una criminal. Es una asesina en potencia. Si no la destruyes ahora, ella te destruirá a ti. Te lo advierto, Gabriel, si vacilas, yo misma llevaré las pruebas a la prensa y tu carrera terminará antes del almuerzo.

Vance la tomó por la muñeca, apretando con una fuerza que hizo que Elena soltara un siseo de dolor.

—No me amenaces, Elena. Yo puse a Julian en una celda y puse a Aura en otra. Haré mi trabajo, pero lo haré bajo mis términos. Sal de aquí antes de que te acuse de obstrucción a la justicia.

Elena salió furiosa, pero antes de irse, dejó un pequeño sobre en la mesa.

—Es la dirección de un almacén en Nueva Jersey. Allí es donde Aura guarda sus "juguetes" privados. Si quieres saber quién es ella de verdad, ve allí esta noche.

En la cárcel, Aura había logrado su primer objetivo. Sterling la había trasladado a una celda en la enfermería, alegando un desmayo por estrés. Allí, lejos de las cámaras principales, el Alcaide entró en la habitación de madrugada.

El encuentro fue una coreografía de poder. Aura sabía que para asegurar la lealtad de Sterling, tenía que darle algo que el dinero no pudiera comprar: la sensación de dominio total sobre la mujer más poderosa de Nueva York. Lo sedujo con una maestría que rozaba lo quirúrgico, usando su sexualidad como una moneda de cambio explícita. El encuentro en la pequeña habitación de la enfermería fue intenso y cargado de una urgencia prohibida. Sterling se entregó a ella con una desesperación que Aura utilizó para cimentar su control sobre él. En medio del sexo, ella le susurraba instrucciones, recordándole que cada segundo de placer era un contrato firmado con su futuro.

—Mañana —dijo Aura, mientras Sterling se ajustaba el uniforme—, quiero que traigas a Briggs. Él sabe qué hacer.

—Es arriesgado, Aura —murmuró Sterling, todavía aturdido por la intensidad de la mujer—. Si nos descubren, es el fin para ambos.

—Si no lo hacemos, Samuel, ya estás acabado. Solo yo puedo sacarte de la ruina. Confía en mí.

Esa misma noche, Gabriel Vance condujo hasta la dirección en Nueva Jersey. Era un edificio industrial anodino junto al río. Usando la llave que Elena le había proporcionado, entró en el espacio. No era un almacén de documentos. Era un estudio erótico privado, lleno de mobiliario de lujo, espejos del suelo al techo y una colección de objetos de cuero y seda que hablaban de una vida de excesos que él apenas podía imaginar.

Pero lo que detuvo su corazón fue la pared del fondo. Estaba cubierta de fotografías. No de Julian, sino de él. Fotos de Gabriel saliendo de la fiscalía, entrando en su apartamento, visitando a su hermana Claire en Greenhaven. Aura lo había estado vigilando meses antes de su primer encuentro. Ella lo había elegido.

En una pequeña mesa de centro, había una carta dirigida a él.

"Gabriel, si estás leyendo esto, es porque Elena ha cumplido su parte. Ella cree que me está exponiendo, pero yo quiero que lo sepas todo. No te vigilaba para destruirte, sino para entender si había alguien en esta ciudad con el valor suficiente para detenerme. Resultó que eras tú. Lo que pasó entre nosotros en el ático no fue un plan, fue un accidente necesario. Si vas a hundirme, hazlo con los ojos abiertos. Aquí tienes la clave de mi servidor privado. Encontrarás la verdad sobre la muerte de tu hermana. No fue una sobredosis accidental. Fue planeado por tu propio jefe en la fiscalía para chantajear a Julian."

Vance cayó de rodillas, el mundo girando a su alrededor. Si Aura decía la verdad, él había estado trabajando para el hombre que destruyó a su familia. El sistema en el que él creía era más corrupto que la mujer que acababa de encarcelar.

Aura, en su celda, observaba el reloj de pared. Sabía que Gabriel estaría ahora mismo en el almacén. Sabía que la curiosidad del fiscal sería su perdición o su salvación. Había jugado su carta más arriesgada: la verdad a medias mezclada con una lealtad fabricada.

La puerta de la enfermería se abrió de nuevo. Era Briggs, vestido como un técnico de mantenimiento.

—Señora, el sistema de Vortex ha sido reiniciado. He borrado los rastros que Julian dejó para incriminarla. Pero hay algo que debe saber. Elena ha contactado con Adrián Valente. Él ha escapado de la custodia durante un traslado médico y está buscando venganza.

Aura se incorporó, sintiendo por primera vez una punzada de miedo real. Adrián era inestable, violento y no tenía nada que perder. Si Elena lo estaba usando, el enfrentamiento final no sería en un tribunal, sino en las calles.

—Necesito salir de aquí, Briggs. No puedo luchar contra fantasmas desde una celda.

—Sterling tiene el plan de fuga listo para el cambio de turno de las tres de la mañana. Pero Vance está fuera del edificio, vigilando.

Aura sonrió con una amargura que le quemaba la garganta.

—Gabriel no nos detendrá. En este momento, está descubriendo que su mundo es tan sucio como el mío. Él tiene un nuevo enemigo ahora.

La fuga comenzó en el silencio de la madrugada. Bajo la cobertura de un simulacro de incendio provocado por los "Limpiadores", Aura fue escoltada por Sterling a través de los túneles de servicio. El aire exterior, frío y húmedo, nunca le había parecido tan dulce.

En el muelle, un barco rápido la esperaba. Pero antes de subir, una figura salió de las sombras. Era Gabriel Vance. Tenía un arma en la mano, pero no apuntaba a Aura. Parecía un hombre que acababa de ver el final del mundo.

—¿Es cierto? —preguntó Gabriel, su voz rota—. ¿Miller ordenó lo de Claire?

—Tengo los registros de audio, Gabriel —respondió Aura, acercándose a él—. Julian los guardó como seguro de vida. Miller ha estado en la nómina de Vane Holdings durante una década. Él te usó para sacarme del camino porque yo estaba empezando a investigar las cuentas que él controlaba.

Vance bajó el arma. Miró a Aura, a la mujer que había despreciado y deseado con la misma intensidad.

—Vete —dijo él—. Vete antes de que cambie de opinión. Pero júrame que Miller pagará por lo que hizo.

—Lo hará, Gabriel. Lo haremos juntos, aunque sea desde lados distintos de la ley.

Aura subió al barco, dejando atrás la prisión y al fiscal. Mientras el motor rugía y se alejaban hacia el horizonte, Aura se giró hacia Briggs.

—Localiza a Elena. Y encuentra a Adrián. Si quieren sangre Valente, se van a ahogar en ella. El imperio de la Torre Vane ha caído, pero el reinado de Aura Valente está empezando.

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