El frío del Centro de Detención Metropolitano no era como el frío de los Alpes suizos o el aire acondicionado de precisión de la Torre Vane. Era un frío húmedo, impregnado de un olor a desinfectante industrial y desesperación humana. Aura se encontraba sentada en el borde de un catre metálico, vestida con un mono de color naranja que debería haber anulado su sofisticación, pero que en ella parecía una declaración de guerra estética. Sus manos, antes adornadas con zafiros y diamantes, ahora esta