El rugido de la Ducati negra por las estrechas calles de adoquines de Roma era el único sonido que Aura podía procesar mientras se aferraba a la cintura de Gabriel. El aire nocturno de la ciudad eterna, cargado de un aroma a lluvia reciente y a historia corrupta, le azotaba el rostro. Habían dejado el Palazzo de los Médici en llamas, metafóricamente hablando, tras la filtración que Briggs había ejecutado. El Cardenal Malatesta había escapado, pero la herida en el flanco de La Orden de la Moneda