Mundo ficciónIniciar sesiónEl rugido de la Ducati negra por las estrechas calles de adoquines de Roma era el único sonido que Aura podía procesar mientras se aferraba a la cintura de Gabriel. El aire nocturno de la ciudad eterna, cargado de un aroma a lluvia reciente y a historia corrupta, le azotaba el rostro. Habían dejado el Palazzo de los Médici en llamas, metafóricamente hablando, tras la filtración que Briggs había ejecutado. El Cardenal Malatesta había escapado, pero la herida en el flanco de La Orden de la Moneda era profunda. Sin embargo, la advertencia de Briggs resonaba en sus oídos con más fuerza que el motor: ya no eran millonarios. El Arquitecto había pulsado el botón de pánico financiero y, en cuestión de segundos, los billones de dólares que respaldaban el nombre Valente se habían evaporado en el éter digital.
Gabriel frenó en seco en un callejón sin salida del Trastevere, un barrio donde la modernidad se rendía ante las sombras de los edificios medievales. Apagó el motor y el silencio cayó sobre ellos como una losa de mármol. Aura bajó de la moto, su vestido de seda roja rasgado en el muslo, revelando la piel blanca y tensa por la adrenalina. Se quitó los tacones de aguja y los lanzó a la oscuridad.
—Estamos solos, Gabriel —dijo ella, su voz firme a pesar de la situación—. Sin cuentas, sin hoteles de cinco estrellas, sin la protección de la inmunidad diplomática. Solo tenemos lo que llevamos puesto y la información en nuestras cabezas.
Gabriel se quitó el casco, su cabello rubio revuelto y sus ojos azules encendidos con una intensidad que Aura nunca había visto, ni siquiera en sus noches más salvajes en Nueva York. Se acercó a ella, tomándola por el cuello con una mano ruda.
—Tengo algo más, Aura. Tengo una rabia que no cabe en este puto continente. Y te tengo a ti. La Orden cree que nos ha quitado el poder al quitarnos el dinero, pero no entienden que el poder real es lo que estamos dispuestos a hacer ahora que no tenemos nada que perder.
La tensión entre ellos, alimentada por la traición de su padre y el peligro constante, estalló de nuevo. No era solo romance; era una necesidad biológica de reafirmar su existencia en un mundo que intentaba borrarlos. En el rincón más oscuro del callejón, bajo el arco de una iglesia del siglo XII que parecía juzgarlos desde el silencio, Gabriel la empujó contra la pared de ladrillo.
—Si vamos a caer, quiero que sea sintiendo cada nervio de tu cuerpo —susurró él, su boca buscando el cuello de Aura con una urgencia febril.
Comenzó una escena de sexo explícito de alto voltaje, donde la desesperación se transformó en una coreografía de placer crudo. Gabriel se arrodilló sobre el frío suelo empedrado, ignorando la humedad y el barro. Levantó el vestido de Aura, exponiendo su intimidad a la luz pálida de una farola lejana. Sin preámbulos, inició un cunnilingus detallado y profundo. Su lengua se movía con una maestría que mezclaba la adoración y la dominación, lamiendo y succionando con una fuerza que buscaba extraer cada secreto de su piel. Aura gemía, sus manos agarrando con fuerza los ladrillos antiguos mientras sentía el calor de la boca de Gabriel contra su centro. Él usaba sus dedos para abrirla más, explorando su humedad con una lentitud tortuosa que la hacía delirar. Sus labios se cerraron sobre su clítoris, succionando con un ritmo constante que llevó a Aura a un orgasmo violento y silencioso, sus espasmos sacudiendo su cuerpo contra la pared mientras las lágrimas de liberación rodaban por sus mejillas.
Aura, impulsada por un hambre de reciprocidad que el dinero nunca había podido saciar, lo obligó a levantarse y sentarse en el asiento de la motocicleta. Se arrodilló entre sus piernas, sus ojos fijos en los de él, desafiantes y ardientes. Desabrochó sus pantalones con una destreza nacida de noches de exceso y liberó su miembro, que latía con una urgencia que igualaba la suya. Inició una felación detallada, rodeando su glande con sus labios húmedos, saboreando la sal y el deseo. Su lengua recorría el frenillo y la base con una dedicación absoluta, mientras introducía su miembro profundamente en su garganta, una y otra vez, buscando la unión más absoluta posible. Gabriel jadeaba, su mano enredada en el cabello de Aura, mientras ella jugaba con la succión y el roce de sus dientes, llevándolo al límite del control. Era una escena de un erotismo crudo, donde la heredera de un imperio caído encontraba su verdadera corona en la rendición de su amante.
Finalmente, Gabriel la levantó, sus piernas rodeando su cintura, y la penetró con un empuje rítmico y potente que resonaba en el callejón. El sexo fue explícito, con un detalle abrumador de cada sensación: el roce de la seda contra el cuero, el calor de sus pieles entrelazadas y el sonido de sus respiraciones fundiéndose en el aire frío de Roma. Era la unión de dos proscritos, un romance de sangre y acero que se sellaba en la oscuridad de la ciudad eterna.
Una hora más tarde, Briggs apareció en un Fiat abollado y discreto. Su cara de preocupación era el recordatorio de que su oasis carnal había terminado.
—He logrado asegurar un refugio —dijo Briggs, sin preguntar por el estado de sus ropas—. Está en los túneles bajo el Aventino. Pertenece a una red de antiguos empleados de seguridad de la Santa Sede que Julian tenía en nómina. Casandra está allí, está segura, pero está asustada. Malatesta ha puesto precio a vuestras cabezas en el mercado negro de Roma.
El refugio era un búnker de la época de la Guerra Fría, reconvertido en un centro de mando improvisado. El aire era pesado, con olor a humedad y a equipos electrónicos viejos. Al entrar, Casandra corrió a los brazos de Aura.
—Aura, he encontrado algo en la base de datos que Briggs logró descargar antes de que nos cortaran el acceso —dijo Casandra, señalando una pantalla borrosa—. El Arquitecto no es una extraña. La Orden de la Moneda tiene una lista de nombres de reserva. El Arquitecto es el título, pero la persona actual es Lady Beatrice Thorne.
Aura se detuvo en seco. Beatrice Thorne. La mujer que su padre mencionaba con un respeto que rayaba en el temor. Una aristócrata británica que supuestamente había muerto en un accidente de caza en los años noventa.
—Ella fue la que diseñó el colapso de la empresa de mi padre —dijo Gabriel, sus ojos fijos en la pantalla—. Y ella es la que ahora tiene el control de todas las deudas de los gobiernos europeos. No es solo dinero, es soberanía.
—Si ella es El Arquitecto, Malatesta es solo su perro faldero —sentenció Aura—. Tenemos que ir a Londres. Ella tiene que estar allí, en el corazón del sistema financiero mundial.
—No tenemos fondos para un vuelo privado, y los aeropuertos son trampas mortales —advirtió Briggs—. Tendremos que cruzar el continente por tierra, usando las rutas de contrabando que Julian usaba para el arte robado. Es peligroso, Aura. No hay hoteles de lujo, solo camiones de carga y casas francas en los Alpes.
Aura miró a Gabriel. Él asintió. No necesitaban el lujo; necesitaban el objetivo.
El viaje a través de Italia fue una odisea de sombras. Viajaron en la parte trasera de un camión de transporte de carne, apretados entre ellos para conservar el calor. La caída de su estatus era total: de los jets privados a la clandestinidad más absoluta. Sin embargo, en esa precariedad, el romance entre Aura y Gabriel se volvió más visceral. Sin las distracciones de la fortuna, solo quedaba la esencia de su deseo.
En una casa franca en los Alpes suizos, una cabaña de madera olvidada por el tiempo, se detuvieron para reponer fuerzas. El frío exterior era cortante, pero el calor dentro de la cabaña, alimentado por una pequeña estufa de leña, creó un ambiente de intimidad forzada.
Aura se encontraba frente al fuego, quitándose las capas de ropa táctica. Gabriel la observaba desde las sombras, su mirada cargada de una lujuria que el cansancio no lograba apagar. Se acercó a ella y comenzó a besar su espalda, sus labios recorriendo cada vértebra.
—Nunca te imaginé así, Aura —susurró él—. En el barro, en el frío, luchando como una fugitiva.
—Soy una Valente, Gabriel. Sobrevivir es lo único que nos enseñan antes de enseñarnos a leer un balance de cuentas.
El encuentro sexual en la cabaña fue una escena de alto voltaje, donde la rudeza del entorno se reflejó en su pasión. Gabriel la tomó sobre una mesa de madera tosca, sus cuerpos moviéndose con una urgencia que buscaba olvidar el mundo exterior. Detalles de cunnilingus y felaciones se entrelazaron en una danza de placer y dolor, donde el sexo explícito servía como su única ancla a la realidad. Aura se entregaba con una ferocidad que desafiaba a sus enemigos, reclamando a Gabriel como su único territorio soberano. Fue una noche de romance oscuro, donde los gemidos se perdían en el silbido del viento alpino, y la promesa de venganza se sellaba con cada caricia íntima.
Al llegar a las afueras de París, Briggs recibió una comunicación encriptada.
—Es Miller —dijo Briggs, incrédulo—. Ha escapado de la custodia en Nueva York. Dice que tiene información sobre el paradero exacto de Lady Beatrice Thorne en Londres. Quiere reunirse en el Eurotúnel.
—Es una trampa —dijo Gabriel de inmediato—. Miller nos vendió una vez, lo hará de nuevo.
—O tal vez sabe que El Arquitecto lo va a limpiar a él también —analizó Aura—. Miller conoce el sistema desde dentro. Si él tiene miedo, es porque Lady Beatrice ya no necesita intermediarios. Vamos a escucharlo, pero iremos armados hasta los dientes.
El encuentro en el Eurotúnel fue tenso. Miller apareció demacrado, escondido en un coche robado.
—Escuchadme —dijo Miller, su voz temblorosa—. La Orden no es lo que creéis. No es solo un banco secreto. Es un algoritmo. Beatrice Thorne ha creado una inteligencia financiera que decide qué países prosperan y cuáles se hunden basándose en su lealtad a La Orden. Si no la detenéis en su centro de datos en la City de Londres, ella reseteará la economía global y todos vuestros secretos, vuestras vidas, serán borrados para siempre.
—¿Por qué nos ayudas, Miller? —preguntó Aura, apuntándole con su pistola.
—Porque soy un hombre de negocios, Aura. Y en el mundo que ella está creando, no hay lugar para hombres como yo. Solo hay lugar para ella. Su centro de datos está bajo la mansión de Blackwood. Es allí donde se esconde.
Miller les entregó un microchip con los planos de seguridad y luego desapareció en la niebla de Calais.
Londres los recibió con una lluvia gris y persistente. La mansión de Blackwood era una fortaleza neoclásica rodeada de seguridad privada de primer nivel. Aura y Gabriel se prepararon en un piso franco en los muelles de la ciudad. Sabían que este era el enfrentamiento final.
—Si entramos ahí, no hay vuelta atrás —dijo Gabriel, revisando su equipo—. Es el corazón de La Orden.
Aura se acercó a él, tomándolo por la nuca.
—Entonces hagamos que valga la pena, Gabriel. Por tu madre, por mi padre y por el futuro que nos robaron.
Antes de la infiltración, en el silencio tenso de la habitación, se despidieron de su miedo con un último encuentro carnal. Fue una escena de una intensidad desesperada, donde el sexo explícito fue la última forma de comunicación antes de la posible muerte. Se entregaron con un detalle abrumador, cada beso y cada caricia cargados del peso de su viaje. Felaciones y cunnilingus se sucedieron en una coreografía de amor y muerte, una declaración de guerra de dos millonarios que habían aprendido que la única riqueza real es la que se lleva en la piel.
La infiltración en la mansión de Blackwood fue una obra maestra de violencia y sigilo. Briggs inutilizó los sistemas externos, mientras Aura y Gabriel entraban por los túneles de ventilación. Se movieron por los pasillos de mármol, eliminando a los guardias con una eficiencia quirúrgica.
Al llegar al centro de datos subterráneo, se encontraron con una sala de cristal y cromo, donde miles de servidores zumbaban en la penumbra. En el centro de la habitación, sentada frente a un monitor inmenso, estaba una mujer de unos sesenta años, vestida con un traje de sastre impecable y una elegancia que helaba la sangre. Lady Beatrice Thorne.
—Bienvenidos, Señora Valente, Señor Vance —dijo Lady Beatrice, sin apartar la vista de las pantallas—. Habéis causado muchos problemas en Roma. Debo admitir que vuestra persistencia es... admirable, aunque inútil.
—Se acabó, Beatrice —dijo Aura, apuntándola—. Hemos filtrado tu ubicación y el código fuente de tu algoritmo a todas las agencias de inteligencia del mundo.
Lady Beatrice soltó una carcajada seca y aristocrática.
—¿Creéis que eso importa? Las agencias de inteligencia son las que pagan mis servicios. Mi algoritmo es lo que mantiene el equilibrio del mundo. Si me matáis, el sistema entrará en colapso y miles de millones de personas morirán de hambre antes del amanecer.
Gabriel se adelantó, sus ojos azules fijos en los de ella.
—Entonces el mundo tendrá que aprender a vivir sin ti. Porque hoy, La Orden de la Moneda deja de existir.
Justo cuando Gabriel iba a disparar, una ráfaga de fuego automático barrió la habitación. Malatesta apareció en la galería superior, acompañado de un equipo de respuesta rápida.
—¡No dejaré que destruyáis mi legado! —gritó Malatesta.
Se desató un tiroteo feroz entre los servidores. Aura y Gabriel se cubrieron tras las consolas de datos, devolviendo el fuego mientras las chispas y el cristal volaban a su alrededor. Fue una escena de violencia y caos, donde el futuro de la economía mundial se decidía en un intercambio de balas.
Briggs irrumpió en la sala con una granada de pulso electromagnético.
—¡Aura, sal de ahí! —gritó Briggs.
Aura corrió hacia la terminal central, introduciendo el virus que Julian había diseñado. Lady Beatrice intentó detenerla, pero Aura la derribó con un golpe seco. El virus empezó a propagarse por las pantallas, borrando las líneas de código de La Orden.
Malatesta cayó desde la galería, abatido por Gabriel, aterrizando sobre los servidores rotos.
—¡Vámonos! —gritó Gabriel, tomando a Aura de la mano mientras la sala empezaba a colapsar por las sobrecargas eléctricas.
Lograron salir de la mansión justo cuando una explosión masiva iluminaba el cielo de Londres. El centro de datos de La Orden había sido destruido. El algoritmo de Beatrice Thorne ya no existía.
Aura y Gabriel se detuvieron en el puente de Londres, viendo cómo el sol empezaba a asomar tras la bruma. Estaban cubiertos de polvo, sangre y sudor. Ya no tenían nada. No tenían casas, ni coches, ni cuentas bancarias. Eran dos fugitivos en una ciudad extraña.
—¿Y ahora qué? —preguntó Gabriel, abrazándola.
Aura miró las aguas oscuras del Támesis. Por primera vez en su vida, no tenía un plan. No tenía un balance que equilibrar.
—Ahora, Gabriel, empezamos de verdad. Sin nombres, sin herencias. Solo nosotros.







