Capitulo 26

El amanecer sobre Manhattan tenía un color extraño, una mezcla de ocre y ceniza que parecía reflejar el estado de la psique de Aura. Desde el ventanal de su nuevo refugio, un ático minimalista en el Upper East Side que había adquirido mediante una sociedad pantalla apenas unos días antes de la caída de la Torre Vane, observaba cómo la ciudad despertaba ante un nuevo orden. La noticia de la muerte de Julian Vane y Adrián Valente había provocado un terremoto financiero sin precedentes. Vortex, su imperio, estaba siendo despedazado por reguladores y buitres corporativos, pero Aura no sentía la pérdida. Se sentía, por primera vez, ligera.

Sin embargo, la ligereza en el mundo de los millonarios es una ilusión peligrosa.

Gabriel Vance estaba sentado en el borde de la inmensa cama de sábanas de seda negra, con la cabeza entre las manos. Su espalda, marcada por los rasguños de la noche anterior —una noche de sexo desesperado, violento y purificador—, subía y bajaba con una respiración pesada. Él había renunciado a la fiscalía esa misma madrugada. Ya no podía representar a un sistema que había permitido que hombres como Miller y Adrián prosperaran. Ahora, era simplemente un hombre vinculado a la mujer que el mundo consideraba una heroína trágica o una villana oportunista.

Aura se acercó a él, dejando que su bata de seda transparente se deslizara por sus hombros. Se arrodilló entre sus piernas, obligándolo a mirarla.

—No te arrepientas, Gabriel —susurró ella, sus dedos trazando la línea de su mandíbula—. Hicimos lo que nadie más se atrevió. Cortamos la cabeza de la serpiente.

—¿Y qué queda, Aura? —preguntó él, su voz rota por el cansancio—. Julian está muerto. Mi mentor es un criminal. Tu hermana está en un hospital bajo vigilancia psiquiátrica. Solo quedamos nosotros y un rastro de cadáveres corporativos.

Aura no respondió con palabras. Su forma de consuelo siempre había sido física, una comunicación de piel y deseo que anulaba la lógica. Se deshizo por completo de su bata y lo guio de regreso a las almohadas. El encuentro que siguió fue una exhibición de alto voltaje, una sesión de sexo explícito donde Aura tomó el mando absoluto, reclamando el cuerpo de Gabriel como su único territorio seguro. Fue un acto de romance oscuro, donde la pasión servía para sellar su nueva alianza. En el silencio del ático, sus cuerpos se entrelazaron en una danza de posesión y entrega que desafiaba la ruina que los rodeaba.

Mientras tanto, en una suite privada del Hotel Carlyle, Elena revisaba los datos del dispositivo que había recuperado de la Torre Vane. Sus ojos brillaban con la luz azul de la pantalla. Aura creía que al liberar la información de "El Gremio" al público había destruido la organización, pero Elena sabía leer entre líneas. Había cuentas que no habían sido tocadas, protocolos de transferencia que se activaban solo en caso de muerte de los líderes.

—Julian siempre fue un romántico idiota —murmuró Elena para sí misma—. Guardó lo mejor para el final, pero no para Aura. Lo guardó para quien supiera dónde mirar.

La puerta de la suite se abrió y un hombre joven, vestido con un traje de sastre impecable pero con una mirada cargada de malicia, entró. Era Silas Valente Jr., el hijo del hombre al que Aura había destruido meses atrás. Había estado fuera del país, esperando su momento.

—¿Lo tienes? —preguntó Silas, sirviéndose una copa de coñac.

—Tengo más que eso, Silas. Tengo la clave de la bóveda de datos de Macao que Julian ocultó incluso a Adrián. Contiene grabaciones de los encuentros más oscuros de la élite de Nueva York. Si Aura quiere jugar a la reina de las cenizas, nosotros vamos a recordarle quiénes son los verdaderos dueños del fuego.

Aura pasó la tarde en una reunión secreta con los pocos abogados de confianza que le quedaban. El objetivo era salvar lo que quedaba de la fortuna personal de los Valente antes de que el gobierno la congelara.

—Necesitamos liquidar los activos de arte y las propiedades en Europa, señora —dijo Briggs, quien ahora actuaba como su jefe de operaciones globales—. El Fiscal General Miller está negociando un acuerdo de culpabilidad y parte de su trato es entregar su cabeza. Dicen que usted orquestó la fuga de Julian para asesinarlo.

—Que lo intenten —dijo Aura, firmando una serie de documentos—. Tengo grabaciones de Miller recibiendo sobornos de El Gremio desde hace cinco años. Si él me toca, yo lo entierro en una celda de por vida. Pero lo que me preocupa es Elena. Ha desaparecido del radar.

En ese momento, el teléfono privado de Aura vibró. Era un mensaje de un número desconocido. Una imagen.

Era una fotografía de Gabriel Vance entrando en una dirección que Aura reconoció de inmediato: la oficina de un abogado penalista especializado en traiciones corporativas. La nota debajo decía: "Incluso el fiscal más honesto tiene un precio cuando se entera de que su amante todavía guarda los secretos que podrían enviarlo a la tumba junto con ella."

Aura sintió una punzada de desconfianza. ¿Estaba Gabriel vendiéndola para salvar su propia reputación? La paranoia, el rasgo más distintivo de los millonarios, empezó a filtrarse en su mente.

Cuando Gabriel regresó al ático esa noche, Aura lo esperaba con una copa de vino y una mirada que él no pudo descifrar. La tensión en la habitación se podía cortar con un cuchillo.

—¿Dónde has estado, Gabriel? —preguntó ella, su voz suave pero peligrosa.

Gabriel dejó sus llaves sobre la mesa y suspiró.

—He intentado arreglar las cosas, Aura. He hablado con un viejo amigo. Dice que si entregas los protocolos de El Gremio que todavía faltan, él puede garantizarte inmunidad total.

—¿Inmunidad? —Aura se levantó, acercándose a él con paso felino—. ¿O estás buscando un trato para ti, Gabriel? ¿Te da miedo que el mundo sepa que el "Inquisidor" se acostó con la mujer que estaba investigando?

Gabriel la tomó por los hombros, su rostro a milímetros del de ella.

—¡Lo hice por nosotros! ¡Para que podamos tener una vida fuera de esta m****a de poder y venganza!

—No hay vida fuera de esto, Gabriel —respondió ella, zafándose de su agarre—. O eres el que tiene el látigo, o eres el que recibe el golpe. Y yo ya he recibido suficientes golpes.

La discusión escaló rápidamente hacia un enfrentamiento físico. La rabia y la desconfianza se transformaron en un deseo crudo y desesperado. En una de las paredes de cristal del ático, con la ciudad de Nueva York como testigo silencioso, Gabriel y Aura se entregaron a un encuentro marcado por la lucha de poder. Fue una escena de alto voltaje, donde el sexo se convirtió en un lenguaje de guerra. Aura lo provocaba, desafiando su masculinidad y su moral, mientras Gabriel la poseía con una urgencia que buscaba doblegar su voluntad. Fue un acto explícito y visceral, un recordatorio de que su relación estaba forjada en el caos. En medio de los gemidos y el sudor, la pregunta seguía en el aire: ¿estaban unidos por el amor o por la necesidad de no ser destruidos el uno por el otro?

Al día siguiente, Aura recibió una llamada que cambiaría sus prioridades. Era el hospital donde Casandra estaba recluida.

—Señora Valente, su hermana ha desaparecido. Alguien con una orden judicial firmada por un magistrado federal se la llevó hace dos horas.

Aura supo de inmediato quién estaba detrás. Solo una persona tenía acceso a esos contactos y una razón para usar a Casandra como peón: Elena.

—Briggs, rastrea el coche de Elena. Y quiero a Silas Jr. bajo mi mira. Si le tocan un pelo a mi hermana, voy a quemar cada hotel de esta ciudad hasta encontrarlos.

Aura se dirigió a la oficina de Silas Jr., un club privado en Wall Street donde los herederos de las fortunas caídas se reunían para planear su regreso. Entró como una tormenta, ignorando a los guardias que intentaron detenerla.

Silas Jr. la esperaba en una mesa de billar, sonriendo con una arrogancia que le recordaba demasiado a su padre.

—Aura, la mujer del momento. ¿Vienes a pedir un préstamo ahora que tus cuentas están bajo la lupa?

Aura se acercó y, sin mediar palabra, le clavó un taco de billar en la garganta, presionando con la fuerza de quien no tiene nada que perder.

—¿Dónde está mi hermana, Silas? —preguntó ella, su voz era un susurro mortal—. Sé que estás trabajando con Elena. Si no me das una dirección en los próximos diez segundos, voy a asegurarme de que nunca vuelvas a respirar el aire de esta ciudad.

Silas, luchando por aire, señaló un mapa sobre la mesa.

—Están en el astillero... muelle 42. Elena quiere los códigos, Aura. Ella dice que tú los tienes en un microchip implantado... ella sabe lo del zafiro.

Aura soltó a Silas y salió del club. El zafiro negro. Julian le había regalado ese anillo no como una joya, sino como un dispositivo de almacenamiento físico que contenía la verdadera arquitectura de El Gremio. Ella lo llevaba puesto, una herencia de sangre que ahora era el objetivo de su mayor enemiga.

Llamó a Gabriel.

—Gabriel, Elena tiene a Casandra. Están en el muelle 42. Si alguna vez me amaste, olvida la ley por una hora. Necesito al hombre que mataría por mí, no al fiscal.

Vance no dudó.

—Estoy en camino.

El enfrentamiento en el muelle 42 fue una escena de violencia y tensión extrema. La lluvia volvía a caer sobre Nueva York, lavando la sangre del asfalto. Aura llegó sola, mientras Briggs y sus hombres se posicionaban en las sombras. En el centro de un almacén abandonado, Elena esperaba sentada junto a una Casandra atada y amordazada.

—Llegas tarde, Aura —dijo Elena, jugando con una navaja—. Siempre has tenido un problema con el tiempo. Demasiado pronto para traicionar a Julian, demasiado tarde para salvar a tu familia.

—Suéltala, Elena. Tienes lo que quieres —dijo Aura, quitándose el anillo de zafiro negro y sosteniéndolo en el aire—. Aquí está todo. Las cuentas, los nombres, las grabaciones de Miller y los otros socios de El Gremio.

Elena se levantó, sus ojos fijos en la joya.

—Dámelo y ella vive. Pero tú... tú tienes que pagar por lo que me hiciste en los Alpes. Me dejaste morir para ocupar mi lugar.

—Yo no te dejé morir, Elena. Julian lo hizo. Yo solo fui la mujer que sobrevivió a sus restos.

En ese momento, Gabriel Vance irrumpió por la claraboya del almacén, descendiendo con una agilidad táctica que sorprendió a los hombres de Elena. Se desató un tiroteo feroz en la penumbra del muelle. Aura corrió hacia Casandra, cubriéndola con su cuerpo mientras las balas silbaban a su alrededor.

Elena, viendo que perdía el control, se abalanzó sobre Aura con la navaja. Las dos mujeres rodaron por el suelo, luchando en un combate cuerpo a cuerpo lleno de odio y resentimiento. Aura logró desarmar a Elena, golpeándola con una furia que venía de años de represión.

—Se acabó, Elena —dijo Aura, apuntándola a la cabeza con su propia arma—. El juego de las sombras termina aquí.

Pero antes de que pudiera apretar el gatillo, Gabriel la detuvo.

—¡No lo hagas, Aura! Si la matas, te conviertes en lo que ellos querían. Entrégala. Tenemos las pruebas. Podemos terminar esto legalmente.

Aura miró a Gabriel, luego a Elena, que reía a pesar de la sangre en su rostro.

—Él nunca te entenderá, Aura —escupió Elena—. Él cree en la justicia. Tú y yo sabemos que solo existe el poder.

Aura bajó el arma lentamente.

—Tienes razón, Elena. Él no me entiende. Pero él es lo único que me mantiene humana.

Briggs y sus hombres detuvieron a Elena y a los restos del equipo de Silas Jr. Casandra fue liberada, abrazando a Aura en un mar de lágrimas. La victoria era amarga, pero real.

Esa noche, de regreso en el ático, el silencio era diferente. Aura y Gabriel estaban sentados frente a frente, exhaustos. El zafiro negro estaba sobre la mesa, un pequeño objeto que contenía la destrucción de cientos de carreras y fortunas.

—¿Qué vas a hacer con él? —preguntó Gabriel.

Aura tomó el anillo y lo miró fijamente.

—Voy a dárselo a la prensa, Gabriel. Sin condiciones. Sin chantajes. Quiero que el mundo vea la cara de El Gremio. Quiero que el sistema colapse por completo para que podamos construir algo nuevo.

Gabriel sonrió, una sonrisa de orgullo y alivio. Se acercó a ella y la tomó en sus brazos.

La noche terminó en una celebración de su amor y su victoria sobre la oscuridad. Fue un encuentro de una intensidad sin precedentes, donde el romance y el sexo explícito se fundieron en un acto de redención total. Aura y Gabriel se entregaron el uno al otro con la conciencia de que habían superado lo peor. Fue una sesión de alto voltaje, larga y profunda, donde cada caricia era una promesa de un futuro libre de sombras. En el lujo de su ático, bajo las estrellas de Nueva York, sellaron su destino.

Aura Valente había pasado de ser una heredera a una prisionera, de una amante a una vengadora, y finalmente, a una arquitecta de la verdad. Pero mientras el sol empezaba a salir, Aura sabía que el mundo de los millonarios siempre tiene una nueva carta bajo la manga.

En una oficina oscura en Washington D.C., un hombre observaba la transmisión de los datos que Aura acababa de liberar. Sonrió.

—Bien hecho, Señora Valente. Ha hecho el trabajo de limpieza por nosotros. Ahora, el verdadero Gremio puede empezar a operar sin las distracciones de Julian y Adrián.

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