Mundo ficciónIniciar sesiónEl murmullo de Nueva York desde la terraza del loft del Soho era diferente esa mañana. Ya no se sentía como una amenaza, sino como un coro de súbditos esperando órdenes. Aura permanecía envuelta en una sábana de seda negra, con el cuerpo aún vibrando por el rastro de Gabriel, quien dormía una siesta agitada en la habitación contigua. Habían pasado la noche celebrando la caída de Miller, pero el mensaje sobre Julian Vane actuaba como una espina clavada en su mente. ¿Un tercer socio? ¿Quién podría haber estado por encima de Julian y Miller sin dejar rastro en los libros que ella misma había auditado con tanta saña?
Aura se vistió con un traje de cuero hecho a medida, una armadura moderna que gritaba autoridad. No despertó a Gabriel. En este juego, la información era una moneda que prefería no compartir hasta conocer su valor real. Bajó al garaje subterráneo, donde Briggs la esperaba en un sedán blindado de perfil bajo.
—Al Centro de Detención Metropolitano, Briggs. Y asegúrate de que el Alcaide Sterling sepa que su "invitada de honor" está en camino. Quiero el bloque C despejado de guardias que no estén en nuestra nómina.
El trayecto fue un desfile de pensamientos estratégicos. Si Julian tenía un socio, la fusión de Vortex y Vane Holdings era solo la punta de un iceberg mucho más profundo y peligroso. Al llegar, Sterling la recibió en la entrada lateral, con una expresión de pánico controlado.
—Señora Valente, esto es una locura. Vance está revisando los registros de entrada cada hora. Si se entera de que usted ha vuelto aquí para ver a Vane...
—Sterling, usted ya está en mi bolsillo. No se preocupe por Vance; yo me encargo de mantenerlo distraído. Ahora, lléveme con Julian.
La llevaron a una sala de visitas privada, lejos de los cristales reforzados y los teléfonos de baquelita. Julian estaba allí, sentado a una mesa de metal. No llevaba el mono naranja; Sterling le había permitido vestir uno de sus trajes de sastre, aunque sin corbata ni cinturón. A pesar de las esposas, Julian conservaba ese aire de depredador aristocrático que una vez la había cautivado.
—Aura —dijo Julian, su voz era una caricia ronca—. Te ves radiante. La corona te sienta mejor de lo que imaginé.
—Ahórrate los cumplidos, Julian —respondió ella, sentándose frente a él. La tensión sexual entre ambos, una mezcla de odio antiguo y deseo residual, llenó el aire de la habitación—. ¿Quién es el tercer socio? Miller está acabado. Si estás intentando negociar tu salida, vas a necesitar algo más que un nombre.
Julian se inclinó hacia adelante, el tintineo de las cadenas subrayando sus palabras.
—Miller era solo el capataz, Aura. El dinero que fluía de Macao no era para sus campañas ni para mis deudas de juego. Era para alimentar un fondo de inversión soberano fantasma llamado "El Gremio". Personas que no aparecen en Forbes porque son dueñas de los que aparecen en Forbes. Y el líder de ese grupo... es alguien que conoces muy bien. Alguien que creías que estaba fuera del tablero.
Aura sintió un escalofrío.
—Habla.
—Es tu tío, Adrián Valente —soltó Julian con una sonrisa maliciosa—. Él no escapó para buscar venganza, Aura. Él salió porque "El Gremio" lo necesitaba para recuperar el control de Vortex. Él fue quien me reclutó hace diez años. Él fue quien planeó la caída de tu padre desde el principio. Yo solo fui la herramienta que eligió para entrar en tu cama y en tu empresa.
La revelación golpeó a Aura como una descarga física. Su tío Adrián, el hombre que ella misma había ayudado a encarcelar, el "eslabón débil" de la familia, era en realidad el arquitecto de su miseria.
—¿Por qué me lo dices ahora? —preguntó Aura, intentando mantener su máscara de hierro.
—Porque Adrián no tiene lealtades, Aura. Una vez que recupere Vortex, me eliminará a mí en esta celda y a ti en tu ático. Me dice que "limpie la casa". Te lo digo porque prefiero ser tu prisionero que su cadáver. Y porque... —Julian bajó la voz, su mirada recorriendo el cuerpo de Aura con una intensidad insoportable—, todavía quiero ver qué haces cuando realmente tienes el poder.
Antes de irse, Julian le pidió un último favor. Un momento de proximidad que Sterling concedió apagando las cámaras durante cinco minutos. En la penumbra de la sala de detención, Julian y Aura se entregaron a un encuentro breve pero de una crudeza absoluta. Fue un acto de despedida y de reclamación, un sexo explícito que servía como recordatorio de que, a pesar de las rejas, sus destinos estaban sellados con la misma oscuridad. Julian la poseyó con la desesperación de un hombre que sabe que puede ser su última vez, y Aura lo aceptó como una forma de absorber la última pizca de información que él pudiera ofrecer.
Aura salió de la prisión con el corazón frío. Regresó al loft, donde Gabriel ya estaba despierto, revisando informes en su laptop. Al verla entrar con esa mirada, él supo que algo había cambiado.
—¿Dónde has estado, Aura? —preguntó Gabriel, levantándose. Su torso desnudo mostraba las marcas de la noche anterior.
—He ido a cerrar un capítulo, Gabriel. Pero parece que el libro es más largo de lo que pensábamos. Mi tío Adrián no es un fugitivo común. Es el líder de un grupo llamado El Gremio.
Gabriel palideció. En los círculos de la fiscalía, "El Gremio" era un mito urbano, una organización de billonarios que operaba por encima de cualquier ley nacional.
—Si eso es cierto, Aura, no estamos hablando de una lucha por una empresa. Estamos hablando de una guerra contra las sombras. Necesitamos protección federal de alto nivel.
—No —dijo Aura, acercándose a él y cerrando su laptop de un golpe—. La justicia federal es lo que Adrián usa para desayunar. Necesitamos atacar su estructura financiera desde dentro. Y para eso, necesito que tú, el fiscal perfecto, hagas algo que odiarás.
—¿Qué?
—Quiero que declares a Julian Vane como testigo protegido y lo traslades a una casa de seguridad bajo tu custodia personal. Solo él sabe cómo entrar en los servidores de El Gremio.
Gabriel retrocedió, negando con la cabeza.
—¡Es un criminal, Aura! ¡Intentó matarte! ¡Destruyó a mi hermana!
Aura lo tomó por las solapas de su bata, obligándolo a mirarla.
—¡Y Adrián planeó todo eso! Gabriel, si quieres justicia para Claire, tenemos que quemar la raíz, no solo las ramas. Julian es el único mapa que tenemos para llegar a Adrián.
La discusión derivó en una confrontación física que pronto se transformó de nuevo en pasión. La frustración de Gabriel, su dilema moral y el magnetismo irresistible de Aura crearon una tormenta de deseo en el salón del loft. Se entregaron el uno al otro en una sesión de sexo explícito que fue una negociación de términos. Gabriel aceptó el plan de Aura, pero solo bajo la condición de que él supervisaría cada movimiento de Julian.
Mientras tanto, en una villa oculta en las colinas de Bedford, Adrián Valente observaba a través de una red de monitores. Tenía acceso a las cámaras del loft del Soho —Aura había pasado por alto una frecuencia antigua que él mismo había instalado años atrás.
—Mírala —dijo Adrián a una figura que permanecía en las sombras—. Cree que ha ganado. Cree que el fiscal es su salvador. No sabe que cada movimiento que hace es exactamente lo que El Gremio ha predicho.
La figura en las sombras se adelantó. Era Casandra, pero ya no era la mujer rota que Aura había rescatado. Sus ojos estaban vacíos, su rostro impasible.
—¿Cuándo golpeamos? —preguntó Casandra.
—Cuando ella traiga a Julian a la casa de seguridad —respondió Adrián—. Quiero que vea cómo su mundo se derrumba desde dentro. Quiero que vea que, en esta familia, la traición no es un accidente, es nuestra herencia.
Los días siguientes fueron un juego de sombras. Gabriel coordinó el traslado de Julian Vane bajo un secretismo absoluto. Lo llevaron a una mansión fortificada en los Berkshires, una propiedad de la fiscalía que supuestamente nadie conocía. Aura se instaló allí también, creando un triángulo de tensión insoportable.
Julian, Gabriel y Aura. Tres vértices de un triángulo de poder, sexo y venganza.
Una noche, la tensión estalló. Julian, provisto de una terminal, había logrado rastrear la primera cuenta puente de El Gremio. Pero exigió una recompensa por la siguiente clave. Quería una cena con Aura, a solas. Gabriel se opuso, pero Aura aceptó.
La cena fue un despliegue de opulencia en medio de la vigilancia. Vestida con un traje de seda que dejaba poco a la imaginación, Aura se enfrentó a Julian. Él la provocó, recordándole cada momento de su pasado, cada debilidad que él había explotado. Pero Aura ya no era la misma. Ella usó su propia sexualidad para desarmarlo, para extraer la información que necesitaba mientras Gabriel observaba a través de los micrófonos de seguridad, consumido por los celos y el deber.
El encuentro entre Aura y Julian en la mansión terminó siendo una exhibición de poder. Ella lo llevó al límite, demostrándole que ahora ella era la que tenía la correa. Fue un acto de dominación sexual explícita donde Aura reafirmó su posición como la verdadera líder. Julian, a pesar de su arrogancia, se encontró sometido a la voluntad de la mujer que él creía haber creado.
Sin embargo, en medio del clímax de la noche, las alarmas de la mansión empezaron a sonar.
—¡Están aquí! —gritó la voz de Gabriel por el intercomunicador.
El Gremio no había esperado a que ellos atacaran. Adrián había usado a Casandra como un caballo de Troya emocional. Ella había activado un rastreador en el teléfono que Aura le había dado.
La mansión fue rodeada por mercenarios de élite. El equipo de seguridad de la fiscalía fue eliminado en minutos. Gabriel irrumpió en la habitación de Julian con el arma en la mano.
—Tenemos que movernos, ¡ahora! —gritó Gabriel.
Pero antes de que pudieran salir, una explosión derribó la puerta principal. Adrián Valente entró, rodeado de hombres armados. A su lado, Casandra sostenía un arma apuntando directamente al corazón de Aura.
—Hola, sobrina —dijo Adrián, su voz suave como el veneno—. Espero que hayas disfrutado de tu breve reinado. Es hora de que Vortex vuelva a manos de un hombre que sabe cómo manejar el mundo real.
Aura miró a Casandra, buscando un rastro de la hermana que había intentado proteger.
—¿Por qué, Casandra? Te saqué de ese lugar. Te di una oportunidad.
—Me diste las sobras de tu vida, Aura —respondió Casandra, su voz temblando ligeramente—. Él me ha dado un propósito. Él dice que tú eres la que siempre nos ha mantenido abajo.
Adrián hizo una señal y sus hombres tomaron a Julian y a Gabriel.
—Llevad a Vane a la terminal. Quiero esas claves ahora. En cuanto al fiscal... eliminadlo. No necesitamos más héroes en Nueva York.
—¡No! —gritó Aura, interponiéndose—. Si lo matas, borraré el servidor central de Vortex. Tengo un interruptor de hombre muerto vinculado a mis pulsaciones. Si mi corazón se detiene, la empresa muere con él.
Adrián se detuvo, estudiando a Aura. Sabía que no estaba mintiendo. Ella era una Valente, y ellos preferían quemar el mundo antes que perderlo.
—Está bien —dijo Adrián—. Vivirá por ahora. Pero vendrás con nosotros. Vamos a tener una reunión familiar en la Torre Vane. Es hora de que el mundo vea quién es el verdadero dueño de la ciudad.
El traslado de regreso a Manhattan fue una pesadilla de lujo y violencia. Aura, Gabriel y Julian fueron metidos en una limusina blindada, custodiados por Casandra. El ambiente era eléctrico. En un momento de descuido de los guardias, Aura logró intercambiar una mirada con Gabriel. Él asintió levemente. Todavía tenían una carta que jugar: el código que Julian había logrado descifrar antes del ataque no era solo una cuenta bancaria, era el acceso a la red de satélites de El Gremio.
Al llegar a la Torre Vane, el edificio estaba oscuro, excepto por el ático. Adrián los llevó a la cima. Allí, en el centro del salón, había una terminal conectada a los mercados globales.
—Abre la puerta, Aura —ordenó Adrián—. Danos el acceso total y os dejaré vivir en una isla privada en el Caribe. Una jaula de oro para tres amantes caídos.
Aura se acercó a la terminal. Sus dedos volaron sobre el teclado. Pero no estaba abriendo la puerta. Estaba activando el protocolo de "Tierra Quemada".
—¿Qué estás haciendo? —gritó Adrián, acercándose.
—Estoy devolviendo Vortex a su dueño original, tío —dijo Aura—. Al público.
En las pantallas de Times Square, los secretos de El Gremio empezaron a aparecer en tiempo real. Nombres de políticos, transacciones de armas, redes de trata... todo estaba siendo transmitido al mundo.
Adrián, furioso, levantó su arma para disparar a Aura, pero Casandra se interpuso.
—¡No, papá! —gritó Casandra.
En la confusión, Gabriel logró desarmar a uno de los guardias y se desató un tiroteo en el ático. Julian, aprovechando el caos, se abalanzó sobre Adrián. Los dos hombres cayeron por el ventanal roto, precipitándose hacia el vacío de la Quinta Avenida en una caída mortal que ponía fin a una década de manipulación mutua.
Aura y Gabriel se refugiaron tras el escritorio de obsidiana. Casandra, herida en el hombro, se arrastró hacia ellos.
—Lo siento... Aura... —susurró Casandra antes de perder el conocimiento.
Cuando el humo se disipó y las fuerzas de intervención especial (las que no estaban compradas por Miller) irrumpieron en el ático, Aura y Gabriel se miraron. Estaban cubiertos de sangre y polvo, pero estaban vivos.
Vortex ya no existía como la conocían. El Gremio había sido expuesto. Julian y Adrián estaban muertos.
Aura se levantó, mirando el vacío donde Julian había desaparecido. Sintió una mezcla de alivio y una tristeza insondable. El hombre que la había destruido y creado al mismo tiempo se había ido, llevándose consigo los secretos de su corazón.
Gabriel se acercó y la tomó de la mano.
—Se acabó, Aura. De verdad se acabó.
—No, Gabriel —respondió ella, mirando las luces de la ciudad que ahora ardía con la información que ella había liberado—. El mundo de los millonarios nunca se detiene. Solo cambia de forma.
Aura y Gabriel salieron de la Torre Vane mientras el sol empezaba a salir. Eran los supervivientes de una guerra que nadie vería en los libros de historia, pero que cambiaría el destino de Nueva York para siempre.
En las sombras de un callejón cercano, una mujer observaba la escena. Era Elena. Sonrió, guardando un dispositivo de memoria en su bolso. Aura creía que había borrado a El Gremio, pero Elena sabía que algunas organizaciones son como la hidra: cortas una cabeza y nacen dos más. Y ella tenía los códigos de acceso que Aura había liberado sin saberlo.
La reina de las cenizas tenía un nuevo rival.







