Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl silencio que siguió a la caída de Julian Vane no fue de paz, sino de una tensión eléctrica que zumbaba en las paredes de cristal de la Torre Vane. Aura se encontraba en el centro del ático, observando cómo las primeras luces del alba bañaban el Central Park. Había pasado la noche en vela, rodeada de abogados, expertos en relaciones públicas y auditores forenses que entraban y salían del salón como hormigas en un hormiguero perturbado. La victoria en la gala del MoMA había sido total, un golpe quirúrgico que había desmantelado el mito de la invulnerabilidad de Julian en cuestión de minutos. Pero mientras el sol ascendía, Aura comprendía que poseer el trono significaba también heredar los pecados cometidos en su nombre.
Briggs entró en la estancia con una expresión sombría. Su uniforme de seguridad estaba impecable, pero sus ojos delataban el cansancio de quien ha pasado las últimas doce horas coordinando una evacuación de activos y una defensa legal de emergencia.
—Señora Vane... perdón, Señora Valente —corrigió Briggs con un respeto que rayaba en la devoción—. El Departamento de Justicia acaba de enviar a su representante. No es un agente cualquiera. Han asignado a Gabriel Vance.
Aura se tensó. El nombre de Gabriel Vance era leyenda en los círculos de poder de Nueva York. Conocido como "El Inquisidor de Wall Street", Vance era un fiscal federal con una tasa de condenas del noventa y nueve por ciento. Provenía de una familia de dinero viejo, pero había dedicado su vida a destruir a los de su propia clase. Era un hombre que no podía ser comprado, ni seducido, ni amenazado. O eso decían los tabloides.
—Hazlo pasar —ordenó Aura, ajustándose la bata de seda negra. No iba a recibirlo vestida de negocios; quería que recordara que estaba entrando en su santuario personal.
Cuando Gabriel Vance entró en el salón, el aire pareció enfriarse diez grados. Era un hombre alto, de unos treinta y cinco años, con un rostro de ángulos severos y ojos de un azul tan claro que resultaban inquietantes. Vestía un traje azul oscuro que gritaba austeridad aristocrática. No traía un maletín, solo una carpeta de cuero desgastada.
—Señora Valente —dijo Vance, su voz era una caricia de terciopelo sobre una hoja de acero—. Es un escenario impresionante para una ejecución. Debo admitir que su actuación de anoche fue... cinematográfica.
Aura caminó hacia él, deteniéndose a una distancia que desafiaba su espacio personal. El perfume de ella, una mezcla de jazmín y algo más oscuro, llenó los pulmones del fiscal.
—No fue una actuación, Fiscal Vance. Fue una limpieza necesaria. Julian Vane era un cáncer para Vortex y para esta ciudad. Yo solo proporcioné el bisturí.
Vance soltó una risa seca, sin rastro de humor. Abrió la carpeta y sacó un documento.
—El problema con los bisturíes es que suelen dejar huellas. Tengo aquí las transferencias de las cuentas de Macao. Su firma está en todos los documentos de respaldo. Julian está en una celda en el Metropolitan Correctional Center, pero él afirma que usted no solo sabía de sus "vicios", sino que era la mente maestra detrás del lavado de dinero para financiar su estilo de vida.
Aura sintió una punzada de furia, pero la ocultó tras una máscara de indiferencia.
—Julian diría cualquier cosa para arrastrarme con él. Es un hombre desesperado.
—Puede que sí —concedió Vance, acercándose un paso más. Su altura obligaba a Aura a inclinar la cabeza hacia atrás—. Pero tengo una testigo que dice lo contrario. Su hermana, Casandra. Ha pasado la noche dándome detalles muy jugosos sobre cómo usted la envió a un club de lujo para silenciarla. Eso, Señora Valente, se llama trata de personas y secuestro.
El peligro emanaba de Vance no como una amenaza bruta, sino como una promesa de destrucción inevitable. Aura comprendió que este hombre no era como Julian. Julian jugaba con las reglas de la codicia; Vance jugaba con las reglas de la moral absoluta, lo que lo hacía mucho más peligroso.
—Casandra es una adicta resentida que intentó extorsionarme —respondió Aura, su voz bajando a un susurro—. Si quiere destruirme, Fiscal, tendrá que esforzarse más.
Vance la observó en silencio durante un largo minuto. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Aura, no con la lascivia de los hombres que ella solía manejar, sino con la curiosidad de un entomólogo estudiando un espécimen raro y venenoso.
—Lo haré —dijo él—. Pero antes de procesar su arresto, el juez ha ordenado que usted permanezca bajo custodia domiciliaria en este ático. Y yo seré el encargado de supervisar la entrega de pruebas. Estaremos pasando mucho tiempo juntos, Aura. Espero que le guste la compañía.
Los días siguientes fueron una tortura de lujo y vigilancia. Vance se instaló en el estudio de Julian, convirtiéndolo en su centro de operaciones. Aura se veía obligada a verlo desayunar, a escucharlo dar órdenes por teléfono y a sentir su mirada cada vez que ella cruzaba el salón. La dinámica de poder en el ático había cambiado; ella era la reina, pero él era el carcelero.
Una noche, mientras una tormenta eléctrica azotaba los rascacielos, Aura encontró a Vance en la terraza. El fiscal estaba bebiendo agua, observando la lluvia con una expresión de melancolía que no encajaba con su reputación.
—¿Por qué lo hace, Gabriel? —preguntó ella, acercándose. Llevaba un vestido de seda roja que se adhería a su cuerpo como una segunda piel—. Usted podría estar en cualquier firma de abogados ganando millones. ¿Por qué perseguir fantasmas?
Vance se giró. La luz de los relámpagos iluminó su rostro, dándole un aire de ángel caído.
—Porque el dinero no compra la verdad, Aura. Mi familia creía que podía tapar cualquier pecado con un cheque. Mi hermana murió por culpa de un hombre como Julian, alguien que creía que las personas eran activos desechables. Juré que nadie más tendría ese privilegio mientras yo respirara.
Aura sintió una extraña conexión con él. Ambos estaban movidos por el dolor y la venganza, aunque en lados opuestos de la ley. Se acercó más, hasta que pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
—Usted cree que soy como él —susurró ella, su mano rozando accidentalmente el brazo de Vance—. Pero yo solo quería sobrevivir. En este mundo, si no eres el martillo, eres el clavo.
Vance la tomó del brazo con una firmeza que hizo que Aura soltara un suspiro contenido. No era la caricia de un amante, era el agarre de alguien que intenta contener un incendio.
—Eres el martillo más hermoso que he visto nunca, Aura. Y ese es tu crimen más grande. Me haces querer olvidar por qué estoy aquí.
El deseo, reprimido durante días de convivencia forzada, estalló entre ellos. Vance la atrajo hacia sí y la besó con una pasión desesperada, una mezcla de odio, justicia y una lujuria que ambos habían intentado negar. No fue un beso de romance; fue un choque de voluntades. Vance la llevó hacia el interior del ático, empujándola contra la pared de mármol del salón.
El sexo entre ellos fue una batalla. Gabriel la poseía con una intensidad que buscaba castigarla y reclamarla al mismo tiempo. Aura se entregaba con una ferocidad que desafiaba su autoridad, usando su cuerpo para demostrarle que, aunque él tuviera la ley de su parte, ella seguía siendo la dueña del deseo. Fue un encuentro explícito, crudo, donde el lujo del entorno contrastaba con la animalidad de sus actos. Vance la exploraba con una voracidad que parecía querer arrancarle sus secretos a través de la piel, mientras Aura gemía su nombre, sintiendo que en ese acto de traición a sus propios principios, ambos estaban encontrando una extraña redención.
Para Aura, Gabriel era la antítesis de Julian. Julian la poseía para dominarla; Gabriel la poseía para entenderla, para encontrar la humanidad bajo la armadura de millonaria. Y en ese descubrimiento, ambos quedaron expuestos.
Al terminar, exhaustos sobre la alfombra de piel de la sala, Vance la miró con una tristeza profunda.
—Esto no cambia nada, Aura —dijo él, vistiéndose con movimientos mecánicos—. Mañana seguiré buscando las pruebas para enviarte a juicio.
—Lo sé —respondió ella, cubriéndose con su bata—. Pero ahora ambos sabemos qué es lo que estamos destruyendo.
Mientras tanto, en la prisión, Julian Vane recibía una visita inesperada. No era su abogado, sino Elena. La mujer que él había intentado matar lo observaba a través del cristal con una sonrisa de satisfacción pura.
—Te ves pequeño en ese mono naranja, Julian —dijo ella por el interfono.
—Elena... —la voz de Julian era un susurro roto—. ¿Cómo...?
—Aura y yo hicimos un trato. Tú eras el precio. Pero no creas que ella va a salir ilesa. Gabriel Vance es un perro de presa, y yo le he dado las migajas necesarias para que no deje de olfatear el rastro de Aura.
Julian soltó una carcajada ronca.
—Ella te traicionará a ti también, Elena. Aura ya no es la mujer que conocimos. Es algo mucho peor. Es una Vane en espíritu.
—Lo sé —respondió Elena—. Por eso, mientras tú te pudres aquí, yo estaré preparando el siguiente acto. Nueva York es demasiado pequeña para dos reinas, y Aura todavía tiene muchas cuentas que pagar por lo que le hizo a su propia sangre.
Elena colgó y salió de la prisión. Tenía un plan que involucraba a Casandra y a un sector del consejo de administración que todavía odiaba a Aura. La guerra civil de los millonarios no había terminado con la caída de Julian; simplemente había entrado en una fase más insidiosa.
En el ático, Aura recibió un mensaje anónimo en su terminal privada. Era una foto de Gabriel Vance reuniéndose en secreto con Elena en un café de Chelsea apenas una hora antes de que él llegara a la Torre Vane.
Aura sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Gabriel no estaba allí por justicia; estaba allí como parte de un plan coordinado por Elena para terminar de hundirla. El sexo, las confesiones, la cercanía... todo había sido una táctica de interrogatorio avanzada.
La rabia reemplazó al deseo. Aura caminó hacia el estudio donde Gabriel estaba revisando documentos. Lo miró con un odio renovado.
—Eres un actor excelente, Gabriel —dijo ella, lanzándole el teléfono con la foto—. Casi me haces creer que tenías alma.
Vance miró la foto y luego a ella. No negó la reunión.
—Elena tiene información que necesito para cerrar el caso contra Julian. No tengo que darte explicaciones de mis métodos, Aura.
—Tus métodos incluyen acostarte con la acusada para distraerla mientras tu aliada me clava un puñal por la espalda —escupió ella—. Sal de mi casa. Ahora. Prefiero que me arresten los federales a pasar un minuto más bajo el mismo techo que un hipócrita como tú.
Vance se puso en pie, recuperando su máscara de acero.
—Me voy. Pero recuerda esto: no soy tu enemigo, Aura. Elena es quien quiere tu imperio. Yo solo quiero que pagues por lo que hiciste. Y después de lo de anoche, te aseguro que seré el fiscal más implacable que hayas conocido nunca.
Gabriel salió del ático, dejando a Aura sola en su inmensa jaula de oro. La traición de Elena le dolió, pero la de Gabriel le quemó las entrañas. Se dio cuenta de que en el mundo de los millonarios, el único romance posible es aquel que se construye sobre la destrucción del otro.
Aura tomó su teléfono y marcó un número que esperaba no tener que usar nunca. Era el contacto de un grupo de mercenarios corporativos especializados en "limpiezas profundas".
—Tengo dos objetivos —dijo Aura, su voz firme como el diamante—. Una mujer llamada Elena y un fiscal federal llamado Gabriel Vance. Quiero que sus vidas se vuelvan un infierno. No los matéis. Quiero que pierdan todo lo que aman. Empelad cualquier medio. Dinero, sexo, amenazas... no me importa.
La venganza de Aura Valente estaba entrando en una fase de violencia total. Si el mundo quería verla como un monstruo, ella les daría la pesadilla más cara de sus vidas. El capítulo de la sumisión había terminado; el capítulo del terror absoluto acababa de comenzar.
Mientras la lluvia seguía cayendo sobre Nueva York, Aura se sentó en su trono de cuero, mirando la oscuridad. Estaba sola, estaba rodeada de enemigos, y por primera vez en su vida, se sentía verdaderamente poderosa. La heredera de los Valente se había convertido en la Parca de Wall Street, y nadie, ni siquiera el fiscal más honesto o la mujer más resentida, estaba a salvo de su furia.







