Capitulo 17

El amanecer sobre Manhattan tenía un color cobrizo, como el de una moneda vieja bañada en sangre. Desde el piso sesenta y ocho de la Torre Vane, el mundo parecía una maqueta diseñada para el capricho de dos personas. Aura se encontraba de pie frente al inmenso ventanal, desnuda bajo una bata de seda transparente que no ocultaba absolutamente nada. En su mano derecha sostenía una tablet que escupía datos en tiempo real sobre la apertura de los mercados en Londres y Hong Kong; en su mano izquierda, una copa de agua con limón. Pero su mente no estaba en los billones que se movían con cada parpadeo de las pantallas, sino en el peso del collar de cuero que Julian le había colocado antes de dormir, un accesorio que ahora formaba parte de su anatomía tanto como su propia piel.

Julian apareció detrás de ella. No hacía ruido al caminar, una habilidad que Aura siempre había encontrado fascinante y aterradora. Sus manos, grandes y callosas a pesar de su estatus de multimillonario, se deslizaron por la seda de la bata hasta encontrar la piel cálida de su cintura. La pegó a su pecho, y Aura pudo sentir el latido rítmico de un corazón que, según la prensa económica, estaba hecho de puro hielo industrial.

—La fusión ha sido recibida con euforia, pero el caos tiene un precio —susurró Julian contra su oído—. Hay un hombre en Ginebra, un banquero de la vieja guardia llamado Etienne Roche. Era el custodio de los fondos secretos de tu padre, fondos que ni siquiera Silas conocía. Roche se niega a liberar las claves de acceso a las cuentas puente de Vortex. Dice que solo responderá ante un Valente de "sangre pura", y que para él, tú eres simplemente la mujer que vendió su linaje al mejor postor.

Aura se tensó. El nombre de Roche le traía recuerdos borrosos de su infancia; un hombre sombrío que aparecía en las cenas de Navidad con regalos caros y ojos que siempre parecían estar calculando el valor neto de todo lo que tocaban.

—Roche sabe que sin esos fondos, la liquidez para la expansión en Asia se verá comprometida —dijo Aura, girándose en los brazos de Julian—. No es una cuestión de principios, Julian. Es una extorsión. Quiere un asiento en el nuevo consejo o una tajada del pastel que no le corresponde.

—Quiere algo más —corrigió Julian, su mirada oscureciéndose—. Quiere humillarnos. Ha enviado un mensaje cifrado. Dice que entregará las claves en persona, pero solo si asistimos a su gala privada en los Alpes este fin de semana. Una fiesta donde el código de vestimenta y de conducta es... extremadamente particular. Es un club de libertinos de la vieja Europa, Aura. Hombres que creen que el dinero les da derecho no solo a las empresas, sino a las almas.

Aura sonrió, y en sus ojos no había miedo, sino una chispa de maldad que Julian había cultivado con esmero.

—Creen que somos nuevos ricos jugando a ser dioses. No saben que nosotros ya hemos quemado nuestro propio Olimpo. Si Roche quiere un espectáculo, se lo daremos. Pero no será el que él espera.

—Prepara tus maletas —dijo Julian, sus manos bajando con fuerza hacia sus glúteos—. Y prepárate para ser observada. En la mansión de Roche, el anonimato es un lujo que no se permite. Serás mi mayor activo y mi mayor provocación.

Antes de que Aura pudiera responder, Julian la levantó de un tirón, deshaciéndose de la bata de seda con un movimiento violento que hizo volar los botones por el suelo de mármol. La llevó hacia el escritorio de cristal donde reposaban los contratos de la fusión. La sentó bruscamente sobre la superficie fría, separando sus piernas con una autoridad que no admitía réplica. El contraste entre el frío del cristal y el calor abrasador de Julian hizo que Aura soltara un gemido que fue ahogado por el beso posesivo de él.

El sexo esa mañana fue una declaración de intenciones. Julian no buscaba solo placer; buscaba marcar su territorio antes de enfrentarse al mundo exterior. Sus manos exploraban cada rincón de Aura con una voracidad que rayaba en lo salvaje, recordándole que, aunque fuera la presidenta de un imperio, seguía siendo su propiedad más preciada. Aura se aferraba a los bordes del escritorio, su espalda arqueándose mientras sentía la fuerza de Julian reclamándola. El riesgo de que cualquier asistente entrara en la oficina a esa hora solo servía para aumentar la intensidad de un encuentro que terminó con ambos jadeantes, rodeados de papeles que valían fortunas y que ahora estaban arrugados bajo el peso de su pasión.

El viaje a Suiza se realizó en el G700, pero esta vez el ambiente era de asedio. Julian pasó el vuelo revisando esquemas de seguridad, mientras Aura estudiaba el historial de Etienne Roche. El hombre era un depredador disfrazado de filántropo. Había construido su fortuna lavando dinero de dictaduras africanas y facilitando transacciones que harían palidecer al Departamento del Tesoro. Pero su verdadera pasión eran las "subastas de favores".

Al llegar a la mansión de Roche, un castillo de piedra y cristal incrustado en la ladera de una montaña cerca de Saint-Moritz, fueron recibidos por un silencio sepulcral. No había guardias a la vista, solo un sistema de cámaras de última generación que los seguía como ojos de insecto.

Roche los esperaba en el gran salón, rodeado de obras de arte que probablemente habían sido robadas de museos durante guerras olvidadas. Era un hombre de unos sesenta años, con un físico impecable y una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos azul pálido.

—Julian Vane. Y la encantadora Aura Valente —dijo Roche, besando la mano de Aura con una cortesía que se sintió como una amenaza—. Me alegra que hayan aceptado mi invitación. Los rumores sobre vuestra... sociedad... han cruzado los océanos. Se dice que habéis convertido el mercado financiero en vuestro patio de juegos personal.

—No hemos venido a hablar de juegos, Etienne —dijo Julian, su voz resonando en el salón—. Queremos las claves de acceso a las cuentas puente. El periodo de transición ha terminado.

Roche soltó una carcajada seca mientras servía tres copas de un vino que costaba más que un coche de lujo.

—Siempre tan directo, Julian. Pero en Suiza preferimos los rituales. Las claves se entregarán el domingo por la mañana. Pero para obtenerlas, tendréis que participar en mi pequeña velada de mañana por la noche. Es una reunión de amigos... personas con gustos similares. Quiero ver si la señora Vane-Valente es tan audaz en la práctica como lo es en los negocios.

Esa noche, en la suite de invitados, Aura encontró un paquete sobre la cama. Dentro había un vestido hecho completamente de cadenas de plata fina, tan ligero que parecía tela, pero que dejaba muy poco a la imaginación. Junto al vestido, una máscara de plata grabada con motivos florales y una nota: "La discreción es para los pobres. El poder se muestra."

Julian entró en la habitación mientras Aura sostenía el vestido.

—Roche está intentando probar tu nivel de sumisión ante la mirada de otros —dijo Julian, su mandíbula tensa—. Si te niegas, usará la cláusula de "falta de idoneidad moral" que tu padre incluyó en el fideicomiso suizo para bloquear los fondos durante años en litigios.

Aura se miró al espejo, sosteniendo las cadenas contra su cuerpo.

—No voy a negarme, Julian. Pero no lo haré por él. Lo haré para demostrarle que no hay nada que él pueda imaginar que tú y yo no hayamos superado ya. Si quiere una exhibición de poder, le daré una que lo perseguirá en sus sueños.

La noche de la gala, el castillo se transformó. Las luces se atenuaron a un tono carmesí y la música de cámara fue reemplazada por un latido electrónico profundo que parecía sincronizarse con el pulso de los asistentes. Los invitados, todos miembros de la élite global, vestían máscaras y trajes que evocaban una aristocracia decadente y sexualizada.

Aura entró en el salón principal del brazo de Julian. El vestido de cadenas tintineaba con cada paso, captando los reflejos de las antorchas en las paredes. Sentía las miradas hambrientas de los hombres y la envidia gélida de las mujeres. Julian, vestido de riguroso negro, caminaba con la seguridad de un lobo que ha entrado voluntariamente en una trampa solo para ver cómo se rompe.

Roche los observaba desde una plataforma elevada. Hizo una señal y la música se detuvo.

—Bienvenidos a la Prueba de Confianza —anunció Roche, su voz amplificada—. Esta noche, ponemos a prueba los vínculos que sostienen los imperios. El señor Vane afirma que su socia es la pieza central de su dominio. Veamos si es capaz de mantener esa compostura bajo las reglas de esta casa.

El desafío de Roche era una retorcida subasta. Los asistentes pujaban no con dinero, sino con secretos industriales, por el "derecho" a dar una orden a Aura. Julian, por supuesto, tenía que igualar o superar cada puja para mantener el control. Era un juego psicológico de alto riesgo donde cada segundo de duda podía costar billones.

A medida que la noche avanzaba, la tensión se volvía insoportable. Aura permanecía en el centro del salón, inmóvil como una estatua de plata, mientras hombres poderosos susurraban propuestas obscenas en su oído, intentando quebrantar su máscara de indiferencia. Julian superaba cada puja con una frialdad absoluta, demostrando que su fortuna y su voluntad eran inagotables.

Sin embargo, Roche tenía un as en la manga.

—He recibido una puja anónima —dijo Roche, mirando su terminal—. El secreto de la adquisición hostil de la red de energía en Brasil a cambio de... un acto de exhibición pública entre la señora Valente y uno de mis guardias.

La sala quedó en silencio. Era una provocación directa a la virilidad de Julian y a la dignidad de Aura. Julian apretó los puños, pero Aura se adelantó.

—Julian —susurró ella, su voz clara en el silencio—. Déjame manejar esto.

Aura miró a Roche y luego a la multitud.

—El señor Roche cree que el poder se trata de quién da las órdenes —dijo Aura, su voz llena de un desprecio soberano—. Pero el verdadero poder se trata de quién elige obedecer. Julian no necesita comprar mi lealtad, porque ya la posee. Si queréis ver una exhibición, la veréis. Pero será bajo mis términos.

Aura se acercó a Julian y, ante la mirada atónita de la élite mundial, se arrodilló frente a él. No era un acto de debilidad, era una demostración de que ella elegía su lugar al lado de él por encima de cualquier otra cosa. Julian la tomó del cabello, forzándola a mirarlo, y en ese momento, la conexión entre ellos fue tan intensa, tan cargada de un erotismo crudo y oscuro, que la multitud retrocedió.

Lo que siguió en el centro del salón de Roche no fue la humillación que el banquero buscaba, sino una exhibición de posesión tan absoluta que convirtió la gala en una ceremonia de culto a su relación. Julian y Aura se entregaron el uno al otro ignorando por completo a los espectadores, transformando el espacio de Roche en su propio santuario de placer. La crudeza y la verdad de su pasión, sin las máscaras de la etiqueta, dejaron a los libertinos de Ginebra como meros aficionados.

Al terminar, Aura se puso en pie, ajustando sus cadenas de plata con una calma insultante. Julian miró a Roche, cuya expresión de triunfo se había transformado en una de derrota amarga. Había intentado romperlos y solo había logrado fortalecer su leyenda.

—Las claves, Etienne —dijo Julian, su voz era un trueno silencioso—. Ahora.

Roche, humillado en su propio terreno por la audacia de la pareja, no tuvo más remedio que cumplir. Les entregó un dispositivo de hardware encriptado.

—Habéis ganado esta ronda —murmuró Roche—. Pero recordad que en Europa, los secretos tienen vidas muy largas.

—Nosotros no tenemos secretos, Etienne —respondió Aura, mientras salían del salón—. Tenemos cicatrices. Y cada una de ellas nos ha hecho más ricos.

Regresaron a la suite, pero la adrenalina de la noche no les permitió dormir. El encuentro en Ginebra había sido una purga. Aura sentía que había dejado atrás la última sombra de la "niña bien" de los Valente. Ahora era algo más: una fuerza de la naturaleza unida a un hombre que no se detendría ante nada.

Se entregaron de nuevo en la suite, con la vista de los Alpes nevados bajo la luna, en una sesión que duró hasta que el sol empezó a iluminar los picos. No había palabras, solo el sonido de sus cuerpos y la confirmación de que su imperio era ahora indestructible.

Mientras tanto, en una clínica privada en los alrededores de Zúrich, una mujer observaba la transmisión filtrada de la gala de Roche. Su rostro estaba oculto por vendajes, pero sus ojos, de un verde intenso, ardían con un odio antiguo.

—Disfruta de tu triunfo, Aura —susurró la mujer con una voz rasgada—. Porque lo que Julian te ha dado, yo se lo quitaré. No importa cuánto dinero tengáis. La venganza de una mujer que fue borrada es una deuda que el banco de Vane no podrá pagar.

La mujer apagó la pantalla. Era Elena, la mujer que todos creían muerta, la primera esposa de Julian que él mismo había intentado eliminar años atrás. Ella conocía los cimientos de la Torre Vane mejor que nadie, y estaba lista para hacer que todo el imperio se derrumbara.

Aura y Julian, volando de regreso a Nueva York con los fondos suizos asegurados, no sabían que la verdadera guerra acababa de empezar. El mundo de los millonarios es circular, y los pecados del pasado siempre encuentran la forma de volver a casa. Pero por ahora, en la cabina del jet, ellos eran los dueños del cielo, celebrando su victoria con más champagne, más sexo y la promesa de una destrucción total para cualquiera que se atreviera a cruzarse en su camino.

La fusión era completa. El poder era absoluto. Pero la sombra de Elena se extendía desde los Alpes hasta Wall Street, esperando el momento exacto para atacar el corazón de la nueva reina.

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