El amanecer sobre Manhattan tenía un color cobrizo, como el de una moneda vieja bañada en sangre. Desde el piso sesenta y ocho de la Torre Vane, el mundo parecía una maqueta diseñada para el capricho de dos personas. Aura se encontraba de pie frente al inmenso ventanal, desnuda bajo una bata de seda transparente que no ocultaba absolutamente nada. En su mano derecha sostenía una tablet que escupía datos en tiempo real sobre la apertura de los mercados en Londres y Hong Kong; en su mano izquierd