Mundo ficciónIniciar sesiónLa lluvia golpeaba el parabrisas del SUV blindado con una furia que parecía querer perforar el cristal. Aura se hundía en el asiento de cuero, sintiendo el frío del metal de la pistola contra su muslo, un contraste punzante con la seda de la lencería que aún llevaba bajo su abrigo de cachemira. El coche, conducido por hombres cuya lealtad acababa de comprar con promesas de cifras de siete ceros, se deslizaba por las calles desiertas de Manhattan como un fantasma metálico. Aura miraba por el retrovisor hacia la silueta de la Torre Vane, que se alzaba como un obelisco de traición contra el cielo eléctrico. Julian estaba allí arriba, probablemente desatando un infierno logístico para rastrear cada señal de su teléfono, cada transacción, cada latido de su corazón.
—¿A dónde, señora? —preguntó el conductor, un exoperativo de fuerzas especiales que solo respondía al nombre de Briggs.
—A la dirección que le envié. Y apague el transpondedor. Si nos detecta un satélite de Vane, estamos muertos antes de cruzar el puente —ordenó Aura. Su voz no temblaba, pero sus manos estaban cerradas en puños tan apretados que sus uñas de gel se clavaban en sus palmas.
El destino era un almacén reconvertido en los márgenes de Long Island City, un lugar que no figuraba en ningún registro de propiedad a nombre de los Valente o los Vane. Era el refugio de "el fantasma", la mujer que Julian creía haber borrado de la existencia.
Al llegar, la pesada persiana metálica se levantó lo justo para dejar pasar el vehículo. El interior era un espacio minimalista, lleno de pantallas que proyectaban flujos de datos y cámaras de seguridad de media ciudad. Elena la esperaba de pie, sosteniendo una copa de vino tinto que parecía sangre bajo las luces de neón rojo.
—Bienvenida al club de las supervivientes, Aura —dijo Elena, su sonrisa era una cicatriz en la penumbra—. Tardaste menos de lo que esperaba en darte cuenta de que la cama de Julian es un patíbulo decorado con sábanas de seda.
Aura bajó del coche, quitándose el abrigo y dejando al descubierto la lencería de encaje rasgada por la violencia del encuentro anterior. No sentía vergüenza; en el mundo de los millonarios, la desnudez era una armadura de honestidad brutal.
—Me vendió como escudo fiscal, Elena. Me hizo creer que era su reina mientras firmaba mi sentencia de muerte legal —escupió Aura, caminando hacia las pantallas—. Pero cometió un error. Me enseñó a ser como él. Y ahora voy a usar cada lección para quemar su mundo.
Elena se acercó, sus ojos recorriendo las marcas que los dedos de Julian habían dejado en el cuello de Aura.
—Él tiene un fetiche con la propiedad. Cree que si puede poseer tu cuerpo, posee tu voluntad. Lo que nunca entendió es que una mujer humillada tiene una capacidad de cálculo que su arrogancia no le permite ver. Siéntate. Tenemos mucho que hacer si queremos que la gala de mañana sea su funeral corporativo.
Mientras tanto, en el ático de la Torre Vane, el ambiente era de una calma volcánica. Julian estaba sentado en su escritorio, con la camisa abierta y los nudillos ensangrentados por el golpe que le había propinado a una de las paredes de cristal. Elias estaba de pie frente a él, con una venda en la cabeza donde el jarrón de Aura lo había golpeado.
—Se ha ido con los hombres de la escolta B, señor —dijo Elias, su voz monocorde—. Han desactivado los rastreadores. Pero sabemos que se reunió con la mujer del muelle hace cuarenta y ocho horas. Es probable que estén juntas.
Julian tomó un sorbo de whisky, el líquido quemando su garganta tanto como la rabia que sentía. No era solo la pérdida del control lo que lo enfurecía; era el hecho de que Aura, su creación más perfecta, hubiera tenido la audacia de desafiarlo. Había una belleza perversa en su traición, una simetría que lo excitaba y lo destruía a la vez.
—No la busques de forma evidente, Elias —dijo Julian, sus ojos fijos en la lluvia—. Quiero que bloquees todas sus cuentas personales. No las de la empresa, eso alertaría al consejo. Las suyas. Quiero que se quede sin un centavo en las próximas tres horas. Y contacta con nuestros aliados en el Departamento de Justicia. Si ella intenta filtrar los documentos de Macao, quiero que los tachen de fabricaciones de una mujer mentalmente inestable que atraviesa un divorcio contencioso.
—¿Y la gala de caridad? —preguntó Elias.
Julian se levantó, caminando hacia el ventanal. La ciudad de Nueva York brillaba a sus pies, un tablero de ajedrez donde él siempre había sido el rey.
—La gala sigue en pie. Aura no podrá resistirse a aparecer. Es una Valente; necesita el escenario, necesita el drama. Y cuando aparezca, le recordaré quién de los dos es el depredador y quién es la presa. Prepárame el coche. Voy a hacerle una visita al periodista que ella contactó. Es hora de recordarle al cuarto poder quién paga sus anuncios de lujo.
En el refugio de Long Island City, las horas se consumían en una frenética actividad de sabotaje. Aura y Elena trabajaban codo con codo, dos reinas destronadas planeando un golpe de estado. La dinámica entre ellas era extraña, una mezcla de sororidad y desconfianza. Ambas habían amado al mismo hombre, ambas habían sido usadas por él, y ambas conocían el sabor de su piel y de su traición.
—¿Por qué me ayudas, Elena? —preguntó Aura de repente, mientras terminaba de encriptar una serie de correos electrónicos que Julian nunca vería venir—. Podrías haberme dejado morir en ese ático.
Elena dejó de teclear y miró a Aura. En la penumbra, su parecido era inquietante.
—Julian me quitó mi vida, mi nombre y mi futuro. Me dejó morir en un barranco para que él pudiera seguir siendo el soltero de oro de Wall Street. Ayudarte a ti no es solo venganza, Aura. Es justicia poética. Él te creó para reemplazarme, para ser la versión mejorada de lo que yo era. Destruirte a ti es la única forma que tiene de creer que superó su pasado. Si tú te rebelas, si tú lo vences, su pasado finalmente lo consumirá. Además... —Elena se acercó a Aura, su mano acariciando su mejilla con una suavidad que resultó inesperada—, hay algo en ti que me recuerda a mí misma antes de que el cinismo me ganara. No quiero verte convertida en un cadáver corporativo.
La tensión entre las dos mujeres cambió. Ya no era solo una alianza estratégica; era una conexión eléctrica, nacida de la misma herida. En ese entorno cargado de tecnología y secretos, el deseo surgió como una forma de catarsis. Aura, todavía vibrando por la violencia de Julian, encontró en Elena una comprensión que no necesitaba palabras.
El encuentro fue una exploración de sus propias sombras. Fue un acto de romance oscuro y posesivo, donde se reclamaban la una a la otra como forma de reclamarse a sí mismas. En medio de las pantallas que proyectaban la ruina de Julian Vane, Aura y Elena se entregaron a una pasión explícita, una danza de poder donde no había sumisión, solo el reconocimiento mutuo de su fuerza. Para Aura, fue la primera vez que el sexo no se sentía como una transacción o una herramienta de control, sino como un acto de liberación. Al tocar a la mujer que Julian había intentado borrar, Aura estaba borrando la influencia de él sobre su propio cuerpo.
Fue una sesión larga y visceral, marcada por la urgencia de la guerra inminente. Cuando terminaron, tendidas sobre un sofá de cuero negro, rodeadas de cables y códigos, Aura se sintió finalmente completa.
—Mañana será el final —susurró Aura, mirando al techo—. Mañana, el mundo sabrá quién es realmente Julian Vane.
—Mañana —asintió Elena—, tú serás la única dueña de la Torre Vane.
El día de la gala amaneció con un sol pálido que no lograba calentar el asfalto de Nueva York. El Museo de Arte Moderno (MoMA) había sido cerrado al público para el evento del año. Los preparativos eran fastuosos: orquídeas negras importadas de Tailandia, seguridad privada en cada esquina y una lista de invitados que incluía a lo más granado de la política y las finanzas mundiales.
Julian llegó temprano, impecable en un esmoquin a medida que ocultaba perfectamente la tensión de sus músculos. Se movía entre los invitados con una gracia letal, estrechando manos y cerrando tratos, pero sus ojos no dejaban de vigilar la entrada. Sabía que Aura estaba cerca. Podía oler su ambición, su perfume de jazmín y peligro.
A las diez de la noche, cuando el champán fluía y la música de cámara creaba una atmósfera de falsa seguridad, la entrada principal se abrió.
Aura entró sola. No llevaba el vestido de caridad que Julian le había comprado. En su lugar, vestía un diseño de látex y seda que parecía una armadura medieval moderna. Caminaba con la cabeza alta, su mirada fija en el estrado donde Julian la observaba. El silencio se extendió por la sala como una mancha de aceite. Los invitados, acostumbrados a las formas educadas, sintieron que estaban a punto de presenciar un sacrificio.
Julian bajó del estrado y se acercó a ella. La multitud se apartó, creando un pasillo de hipocresía.
—Has vuelto —dijo Julian, su voz un susurro que solo ella podía oír—. Sabía que no podrías resistirte a las luces, Aura. ¿Has venido a pedir perdón o a firmar tu rendición?
Aura sonrió, una sonrisa que era un tajo en el aire.
—He venido a dar un discurso, Julian. El consejo de administración está aquí, la prensa está aquí, y el mundo está mirando. Es hora de que todos vean el balance real de Vane Holdings.
Julian le tomó el brazo, sus dedos hundiéndose en su piel.
—Si haces esto, no habrá vuelta atrás. Te destruiré, Aura. Te dejaré en la calle, sin nombre y sin futuro, igual que hice con ella.
—Ella está aquí, Julian —respondió Aura, acercándose a su oído—. Y tiene la llave de tu caja fuerte.
En ese momento, las pantallas gigantes del museo, que debían proyectar obras de arte, cambiaron. Aparecieron los documentos de Macao, las grabaciones de las cámaras de seguridad del ático, y los registros de las transferencias ilegales. Pero lo más impactante fue un video en alta definición: Elena, de pie frente a un fondo blanco, contando detalladamente cómo Julian Vane había intentado asesinarla.
El estruendo en la sala fue ensordecedor. Los fotógrafos empezaron a disparar sus flashes como locos. El consejo de administración se agrupó en un rincón, hablando febrilmente por teléfono. Julian soltó el brazo de Aura, su rostro descompuesto por una mezcla de terror y una rabia ciega.
—¡Es mentira! —gritó Julian hacia la multitud—. ¡Es una manipulación digital! ¡Aura Valente es una mujer enferma!
Pero era tarde. La verdad, o la versión de la verdad que Aura había construido, ya estaba en internet, en las terminales de los brókeres y en las portadas de los diarios digitales.
Aura caminó hacia el micrófono del estrado.
—Señoras y señores —dijo ella, su voz resonando con una autoridad absoluta—. El imperio de Julian Vane se construyó sobre la sangre y el engaño. Como Presidenta de Vortex, anuncio la ruptura inmediata de la fusión y el inicio de una auditoría externa forense sobre todas las cuentas de Vane Holdings. Julian Vane queda destituido de cualquier cargo operativo con efecto inmediato.
Julian se abalanzó hacia el estrado, pero Briggs y los hombres de Aura se interpusieron. La seguridad del museo, ahora bajo las órdenes de los auditores que Aura había traído consigo, rodeó a Julian.
—No has ganado, Aura —rugió Julian mientras lo escoltaban hacia la salida—. ¡Te llevaré conmigo al infierno! ¡Tú sabías todo! ¡Tú eres tan culpable como yo!
—Yo soy la víctima que aprendió a disparar, Julian —respondió ella desde el estrado—. Disfruta del viaje.
La gala terminó en un caos de sirenas de policía y gritos. Julian fue detenido en la puerta del museo por agentes federales, basándose en la información que el periodista de Casandra, ahora aliado de Aura, había filtrado minutos antes.
Aura salió del MoMA escoltada por una nube de guardaespaldas. En el coche la esperaba Elena. Se miraron en silencio, mientras el convoy se alejaba de los flashes.
—Lo hicimos —dijo Elena, su voz cargada de una fatiga milenaria.
—No —corrigió Aura, mirando el zafiro negro en su dedo—. Yo lo hice. Tú solo me diste el arma. Ahora, el imperio es mío.
El camino de regreso a la Torre Vane fue diferente. Aura entró en el lobby no como la compañera de Julian, sino como su dueña única. Subió al ático y caminó hacia el salón donde todo había empezado. Se sirvió una copa de whisky, el mismo que Julian bebía, y se sentó en su silla.
Pero la victoria tenía un sabor amargo. Miró el teléfono y vio un mensaje de Casandra. Había logrado escapar del club gracias al periodista y ahora estaba bajo protección de testigos, lista para declarar contra Julian y, si era necesario, contra Aura.
La red seguía tejiéndose. En el mundo de los millonarios, la venganza es un plato que nunca deja de servirse. Aura sabía que mañana tendría que enfrentarse a los reguladores, al consejo y a su propia hermana. Pero por esa noche, mientras observaba las luces de Nueva York desde la cima de su imperio, se sintió como una diosa. Una diosa de las cenizas, pero una diosa al fin.
Se quitó el zafiro negro y lo dejó sobre la mesa de cristal. El zumbido de la ciudad parecía un aplauso distante. Había ganado el juego, pero el juego de los 1500 capítulos apenas estaba en sus primeras páginas. La verdadera pregunta no era cómo había llegado a la cima, sino qué estaba dispuesta a hacer para no caer de ella.
Aura cerró los ojos, sintiendo el cansancio y el triunfo vibrando en sus venas. Mañana empezaría la reconstrucción. Mañana, el nombre Valente volvería a ser ley. Pero esa noche, en la soledad del ático más caro del mundo, Aura comprendió que el poder absoluto es la forma más refinada de soledad.







