Capitulo 14

La victoria no sabía a la dulzura que Aura había imaginado cuando todavía era una pintora solitaria en su estudio de Chelsea. Sabía a metal, a cuero caro y al regusto amargo del champán de cinco mil dólares que Julian servía con una parsimonia casi religiosa. Nueva York se extendía bajo ellos como un mapa de conquistas pendientes, una red de luces que parpadeaban ante el avance de una nueva soberana. Con la caída de Silas, el último pilar de la resistencia familiar se había desintegrado. Aura ya no era simplemente la heredera de los Valente; era el rostro de una reestructuración agresiva que estaba sacudiendo los cimientos de Wall Street. Su nombre aparecía en las terminales Bloomberg no como una figura decorativa, sino como una depredadora que acababa de absorber las acciones de su hermano mediante una ejecución hipotecaria relámpago que Julian había orquestado desde las sombras.

Aura estaba de pie frente al ventanal del ático, vestida con una bata de seda negra que apenas ocultaba la lencería de encaje que Julian le había exigido llevar esa mañana. Sentía el peso del silencio en la habitación, un silencio que solo era roto por el crujido del hielo en la copa de Julian. Él se acercó a ella, sus pasos silenciosos sobre la alfombra persa, y rodeó su cintura con sus brazos. El calor de su cuerpo era una presencia constante, un ancla que la mantenía sujeta a la realidad mientras el mundo que conocía se desvanecía.

—Tu hermano ha desaparecido del radar —susurró Julian, su aliento rozando la curva de su cuello—. La policía de Nueva Jersey encontró su coche abandonado cerca de un muelle. No tiene dinero, no tiene contactos y su reputación es ahora un campo de cenizas. Ha pasado de ser el salvador de la familia a ser un paria con una orden de captura por extorsión. ¿Cómo se siente el vacío, Aura?

—Se siente necesario —respondió ella, inclinando la cabeza para darle mejor acceso a su piel—. Silas intentó usar mis momentos de vulnerabilidad para alimentar su propio ego de protector. No me amaba, Julian. Amaba la versión de mí que podía controlar. Al igual que Adrián, al igual que mi madre. Tú eres el único que me ha dejado ser este incendio.

Julian la giró para que lo mirara. Sus ojos grises, siempre tormentosos, estudiaron su rostro con una intensidad que la hacía temblar. No había suavidad en su mirada, solo una posesión absoluta.

—Te dejé arder porque quería ver qué quedaba cuando el barniz se derritiera. Y lo que ha quedado es una mujer que puede reclamar un imperio. Hoy firmaremos la absorción formal de los activos de Silas por parte de Vortex, y luego, Vortex será absorbida por Vane Holdings. La fusión creará un monopolio que nadie podrá tocar. Pero antes de eso, tenemos una gala que atender. Una celebración de tu "resiliencia" ante el escándalo que tu hermano intentó provocar.

Aura sonrió, una expresión que hace meses le habría resultado ajena. Era una sonrisa cargada de una malicia elegante.

—Quiero que Casandra lo vea —dijo ella—. Quiero que en ese lugar donde esté, tenga acceso a las pantallas. Que vea cómo brillo mientras ella se pudre.

—Oh, lo verá —aseguró Julian, sus dedos bajando por la abertura de su bata—. Ella es ahora una invitada permanente en uno de los clubes más exclusivos de mi red. Un lugar donde la belleza es la única moneda y donde ella tendrá que aprender que ser una "Valente" no le servirá de nada cuando los hombres que solían besarle la mano ahora paguen por usar su cuerpo.

Julian no esperó a que ella respondiera. La levantó, sentándola en el borde del escritorio de ébano donde se habían firmado los documentos que arruinaron a Silas. Con un movimiento brusco, apartó la seda negra de su camino. No hubo preámbulos suaves. El sexo entre ellos se había convertido en un lenguaje de poder y reconocimiento. Julian la reclamó con una urgencia que reflejaba la violencia del mundo corporativo que acababan de conquistar. Aura se aferró a sus hombros, sus uñas dejando marcas rojas en su espalda, mientras sus gemidos se mezclaban con el sonido del viento que golpeaba los cristales del ático.

Cada embestida era un recordatorio de que su lealtad estaba sellada por algo más fuerte que los contratos. Era una comunión de sombras. Julian la poseía con una intensidad que buscaba borrar cualquier rastro de la antigua Aura, la mujer que alguna vez creyó en el amor romántico. Ahora solo existía el deseo, el placer punzante y la gloria de la victoria. Cuando el clímax los alcanzó, fue como una explosión de oscuridad que los dejó a ambos exhaustos sobre los papeles que dictaban el destino de miles de personas.

Horas más tarde, la limusina blindada se detuvo frente al Metropolitan Museum of Art. El evento no era solo una gala benéfica; era el escenario de la coronación de Aura. Los flashes de los fotógrafos estallaron como ráfagas de ametralladora cuando ella bajó del coche. Llevaba un vestido de látex cubierto por una fina capa de encaje negro, una provocación que desafiaba cualquier norma de la etiqueta tradicional, pero que gritaba su nueva identidad. Julian caminaba a su lado, su mano firme en su cintura, proyectando una imagen de dominio absoluto.

Dentro del museo, la atmósfera estaba cargada de una hipocresía que Aura ahora manejaba con la maestría de una veterana. Los mismos millonarios que hace semanas hablaban de ella como de una "pobre niña engañada" ahora se acercaban con sonrisas serviles, buscando su favor o una invitación a la próxima ronda de inversiones. Ella los saludaba con una frialdad gélida, disfrutando de la forma en que sus ojos bajaban ante la intensidad de su mirada.

Sin embargo, la noche tenía reservada una última descarga de violencia. Mientras Aura se encontraba cerca de una de las estatuas egipcias, alejada por un momento del círculo de Julian, una figura surgió de entre las sombras. Era Silas. Estaba irreconocible: su ropa estaba sucia, su rostro demacrado y sus ojos inyectados en sangre. No parecía un hombre de negocios, sino un animal acorralado que ya no tenía nada que perder.

—Aura —siseó él, su voz era un susurro roto—. Mira lo que has hecho. Mira en lo que ese monstruo te ha convertido.

Aura no retrocedió. Se mantuvo firme, observando a su hermano con un desprecio que lo hirió más que cualquier palabra.

—Lo que he hecho, Silas, es sobrevivir a personas como tú. Te di la oportunidad de apartarte. Elegiste aliarte con Adrián. Elegiste intentar humillarme con fotos privadas. Tú te destruiste a ti mismo.

—¡Lo hice por ti! —rugió Silas, sacando un cuchillo pequeño de debajo de su chaqueta—. ¡Si no puedo salvarte de él, te sacaré de este mundo antes de que te conviertas en un demonio completo!

Silas se abalanzó sobre ella, pero no llegó a tocarla. Julian, que nunca la perdía de vista, intervino con una velocidad aterradora. Antes de que Silas pudiera bajar el brazo, Julian lo interceptó, tomándolo de la muñeca y girándola con un crujido sordo que resonó en la galería. Silas soltó el arma con un grito de dolor. Julian no se detuvo ahí. Con un golpe seco y preciso en el plexo solar, dejó a Silas sin aliento y lo inmovilizó contra el pedestal de la estatua.

—Te advertí, Silas —dijo Julian, su voz era un murmullo letal que helaba la sangre—. Te dije que no tocaras lo que es mío.

Julian no llamó a la seguridad del museo. En su lugar, dos de sus hombres de confianza aparecieron de inmediato, bloqueando la vista de los pocos invitados que estaban cerca. Con una eficiencia brutal, levantaron a Silas y lo sacaron por una puerta de servicio, como si fuera una bolsa de basura.

Aura observó la escena sin pestañear. Sintió una descarga de adrenalina que la dejó vibrando. Julian se acercó a ella y le tomó la mano, revisando si tenía algún rasguño.

—¿Estás bien? —preguntó él, su tono volviendo a esa calma inquietante.

—Estoy perfecta —respondió ella, mirando hacia la puerta por donde se habían llevado a su hermano—. ¿Qué vas a hacer con él?

—Lo que se hace con las piezas rotas de un juego —dijo Julian—. Desaparecerá. No morirá, Aura. Eso sería demasiado misericordioso. Pasará el resto de sus días en una institución privada bajo mi control, donde nadie escuchará sus gritos sobre "salvarte".

La gala continuó como si nada hubiera pasado. Aura bailó con Julian bajo las luces de la sala principal, sintiendo la mirada de todos sobre ellos. Sabía que a partir de esa noche, su leyenda sería una de terror y fascinación. Eran la pareja más poderosa de la ciudad, y su ascenso había sido cimentado en la destrucción de su propio linaje.

Mientras tanto, en el otro extremo de la ciudad, en un club subterráneo que no figuraba en ningún mapa, Casandra Valente estaba siendo preparada para su primera noche. Estaba en un camerino lujoso pero asfixiante, rodeada de otras mujeres que la miraban con una mezcla de lástima y cinismo. Una pantalla en la pared mostraba la transmisión en directo de la gala del museo.

Casandra observó a Aura brillar en la pantalla, vio a Julian besarle la mano, y sintió que el alma se le escapaba del cuerpo. Fue entonces cuando la puerta del camerino se abrió. Un hombre mayor, con un traje de sastre impecable pero una mirada depredadora, entró en la habitación. Casandra lo reconoció de inmediato: era uno de los antiguos socios de su padre, un hombre al que ella solía despreciar por su falta de clase.

—Vaya, vaya —dijo el hombre, recorriendo el cuerpo de Casandra con una lascivia evidente—. Quién iba a decir que la orgullosa Casandra Valente terminaría siendo el entretenimiento de la noche. Tu hermana me envió una invitación personal para este club, diciéndome que habría una "nueva adquisición" que me interesaría.

Casandra intentó gritar, pero su voz se quebró. Comprendió entonces la magnitud de la venganza de Aura. No solo la había despojado de su dinero y su nombre; la había convertido en un objeto para los mismos hombres ante los que ella antes se pavoneaba. La humillación era absoluta, un ciclo sin fin de degradación que Julian supervisaría personalmente.

Al finalizar la noche, Aura y Julian regresaron al ático. El silencio del coche era pesado, cargado con las consecuencias de sus actos. Al entrar en el dormitorio, Julian no encendió las luces. La luz de la luna bañaba la habitación, creando sombras alargadas que daban al lugar un aire de templo pagano.

Él la desvistió con una lentitud deliberada, como si estuviera desenvolviendo un trofeo de guerra. La llevó hacia la cama y la inmovilizó bajo su cuerpo. Esta vez, el encuentro no fue impulsado por la rabia, sino por una necesidad profunda de reafirmar su vínculo. Julian la besó con una ternura que resultaba casi dolorosa en su intensidad.

—Ahora que no queda nadie —susurró él—, ¿estás lista para saber por qué te elegí a ti desde el principio?

Aura lo miró, intrigada por la nota de vulnerabilidad en su voz.

—Dímelo —pidió ella.

—Tu padre —comenzó Julian, sus manos acariciando su rostro—. Él fue el único que me ayudó cuando yo no era nadie. Me dio el capital inicial cuando todos los demás me cerraron las puertas. Pero me puso una condición. Me dijo que si algún día su familia se perdía en la codicia, yo debía ser el encargado de salvar lo único puro que quedaba: a ti. He pasado años observándote, Aura. Vi cómo Adrián te asfixiaba, vi cómo tu madre te usaba. No te destruí para poseerte; te destruí para que pudieras renacer conmigo. Todo lo que hemos hecho, cada traición, cada acto de violencia, ha sido para cumplir la promesa que le hice a un hombre muerto.

Aura sintió que el mundo giraba a su alrededor. La revelación de que Julian había estado actuando bajo una misión de su padre añadía una capa de destino a su relación que la dejaba sin aliento. Ella no era una víctima casual de su ambición; era el objetivo final de un plan trazado hace años.

—¿Entonces todo esto fue por él? —preguntó ella.

—Al principio sí —respondió Julian, sus ojos brillando en la oscuridad—. Pero ahora... ahora es por mí. Porque me he enamorado del demonio en el que te has convertido. Porque ya no eres la niña de tu padre. Eres mi igual.

Julian la poseyó entonces con una pasión que trascendía el simple deseo físico. Fue un acto de comunión total, de aceptación de sus pasados y sus futuros entrelazados. Aura se entregó a él con una devoción absoluta, sabiendo que su vida ya no le pertenecía a ella, ni a su padre, ni a su nombre. Le pertenecía al hombre que la había sacado de la luz para enseñarle a reinar en la oscuridad.

Mientras la madrugada empezaba a asomar por el horizonte, Aura descansaba en los brazos de Julian, escuchando el latido constante de su corazón. La guerra había terminado, pero su reinado apenas comenzaba. En el mundo de los millonarios, las historias de amor solían terminar en tragedia, pero ellos habían escrito su propia narrativa, una hecha de sangre, sexo y una lealtad que ni el infierno podría romper.

El imperio de Vane-Valente era ahora una realidad incontestable. Pero mientras Aura cerraba los ojos, una pequeña chispa de inquietud permanecía en su mente. ¿Qué pasaría cuando ya no quedaran enemigos que destruir? ¿Podría su amor sobrevivir a la paz? Pero al sentir los labios de Julian en su frente, la duda se disipó. No habría paz para ellos; el mundo siempre tendría nuevos desafíos, y ellos siempre estarían listos para quemarlos todos.

La mañana siguiente trajo consigo la formalización de la fusión. Las oficinas de Vortex fueron rebautizadas, y los antiguos retratos de la junta fueron reemplazados por fotografías modernas y minimalistas. Aura se sentó en su nuevo despacho, mirando la ciudad que ahora gobernaba. Su primera orden del día fue una auditoría completa de las fundaciones benéficas de su madre, asegurándose de que ni un solo centavo llegara a las manos de Beatriz sin su autorización previa.

La venganza estaba completa, pero el hambre de poder de Aura solo había crecido. Con Julian a su lado, el mundo parecía pequeño, una joya esperando a ser reclamada. Y en ese juego de tronos modernos, ellos eran los únicos jugadores que importaban.

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