La victoria no sabía a la dulzura que Aura había imaginado cuando todavía era una pintora solitaria en su estudio de Chelsea. Sabía a metal, a cuero caro y al regusto amargo del champán de cinco mil dólares que Julian servía con una parsimonia casi religiosa. Nueva York se extendía bajo ellos como un mapa de conquistas pendientes, una red de luces que parpadeaban ante el avance de una nueva soberana. Con la caída de Silas, el último pilar de la resistencia familiar se había desintegrado. Aura y