Capitulo 11

El rugido de los motores del Gulfstream G700 de Julian Vane era apenas un susurro sedoso dentro de la cabina principal, un espacio revestido en cuero color crema y maderas exóticas que costaban más de lo que la mayoría de los mortales ganarían en varias vidas. Aura observaba a través de la ventanilla cómo las luces de Nueva York se convertían en un recuerdo lejano bajo el manto de la noche atlántica. Londres los esperaba, y con ella, la primera gran prueba internacional de su nuevo régimen. Sin embargo, su mente no estaba en los balances que descansaban en la tableta sobre sus rodillas, sino en la mano de Julian, que descansaba pesadamente sobre su muslo, subiendo con una lentitud tortuosa hacia el borde de su falda.

—Estás tensa, Aura —murmuró Julian, sin apartar la vista de los documentos que revisaba en su propia pantalla—. Londres no es Nueva York. Allí, la sangre vieja todavía desprecia al dinero nuevo, incluso si ese dinero nuevo posee la mitad de sus hipotecas. Van a intentar buscar grietas en tu armadura. Van a intentar encontrarte débil.

Aura se giró hacia él, sintiendo cómo el calor de sus dedos penetraba la tela de su ropa.

—Ya no soy débil, Julian. Me aseguraste de eso en la sala de juntas y en cada noche que hemos pasado juntos. Si buscan una grieta, solo encontrarán el acero que tú mismo forjaste.

Julian soltó una risa ronca, un sonido que vibró en el aire presurizado de la cabina. Dejó su tableta a un lado y se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal con esa autoridad que siempre la dejaba sin aliento. Tomó su barbilla y la obligó a sostenerle la mirada.

—Esa es mi reina. Pero recuerda: Silas está allí. Tu hermano ha estado moviendo piezas en la City londinense para intentar bloquear nuestra adquisición de las filiales europeas de Vortex. Cree que puede "salvarte" de mi influencia. Cree que todavía eres la niña que pintaba acuarelas y que necesita ser rescatada de las garras del lobo.

Aura sintió una punzada de conflicto. Silas era el único que no la había traicionado activamente, pero su insistencia en verla como una víctima era una forma de insulto que ella ya no estaba dispuesta a tolerar.

—Silas no entiende que el lobo no me atrapó —respondió Aura, su voz ganando una dureza nueva—. Yo elegí entrar en la cueva. Y si intenta interponerse en el camino de lo que estamos construyendo, tendrá que aprender que los lazos de sangre no detienen una ejecución financiera.

Julian sonrió con una satisfacción depredadora. Se levantó, tirando de la mano de Aura para que lo siguiera hacia la suite privada situada en la parte trasera del jet.

—Me gusta cuando hablas así. Me hace desearte de formas que pondrían a prueba la resistencia de este avión.

La suite del jet era un santuario de indulgencia. Una cama King Size ocupaba el centro, rodeada de espejos y luces tenues. Julian no perdió tiempo. En cuanto la puerta se cerró tras ellos, la empujó contra la pared acolchada y la besó con una urgencia que Aura correspondió con una ferocidad hambrienta. El sexo en las alturas siempre tenía una cualidad irreal, una sensación de estar fuera del tiempo y del espacio, donde solo existían el roce de la piel y el pulso acelerado de la ambición.

Julian la despojó de su chaqueta de seda con movimientos bruscos, sus manos buscando desesperadamente el contacto con su piel. Aura se arqueó bajo sus caricias, sintiendo cómo sus dedos exploraban cada curva con una familiaridad posesiva. Él la levantó, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura, y la llevó hacia la cama. La caída fue suave, pero el encuentro que siguió fue una tormenta de sensaciones explícitas.

Cada embestida de Julian era una lección de dominio. Aura se entregaba a él, gritando su nombre mientras el avión atravesaba las nubes a mil kilómetros por hora. No había sutilezas; era un acto de posesión mutua, una forma de sellar su alianza antes de entrar en territorio enemigo. El placer era tan intenso que Aura sintió que perdía el conocimiento por momentos, anclada a la realidad solo por la fuerza de los brazos de Julian y el sabor salado de su piel.

Cuando finalmente terminaron, el silencio en la suite solo era interrumpido por el zumbido constante de los motores. Aura descansaba sobre el pecho de Julian, trazando con el dedo las cicatrices casi invisibles que él llevaba en la espalda, marcas de una vida de luchas que él nunca mencionaba.

—¿Qué vamos a hacer con Silas? —preguntó ella finalmente, rompiendo el hechizo del momento.

—Le daremos una oportunidad para rendirse —dijo Julian, su voz recuperando la frialdad corporativa—. Mañana por la noche, en la gala de la Ópera, le permitiremos que se acerque. Dejaremos que diga su discurso de hermano protector. Y luego, le mostraremos las pruebas de que su propia red de exportación en Londres ha sido infiltrada por mis agentes. Si es inteligente, se retirará. Si no... bueno, siempre me ha gustado el sabor de una victoria familiar completa.

Aura asintió, aunque una parte de ella todavía temía el momento del encuentro. No por miedo a Silas, sino por miedo a lo que ella misma sería capaz de hacer para proteger su nueva vida.

Mientras tanto, a miles de kilómetros de distancia, en un apartamento lúgubre y húmedo en las afueras de la ciudad, Casandra Valente se miraba en un espejo roto. No quedaba rastro de la mujer dorada que una vez fue el centro de todas las miradas. Su cabello estaba opaco, sus uñas rotas y su piel mostraba las sombras de la falta de sueño y la mala alimentación.

Su "protector", un hombre llamado Marcus que Julian había colocado en su camino, entró en la habitación con el olor a alcohol y tabaco barato pegado a su ropa.

—¿Dónde está mi cena? —gruñó él, tirando su chaqueta sobre la única silla desvencijada del cuarto.

—No tengo dinero, Marcus —respondió Casandra, su voz apenas un susurro—. Las tarjetas siguen bloqueadas y no me han llamado de ninguna de las agencias a las que fui.

Marcus se acercó a ella, tomándola del brazo con una fuerza que le dejó marcas instantáneas.

—Entonces tendrás que encontrar otra forma de pagar el alquiler, ¿verdad, princesa? Tengo unos amigos que vienen esta noche. Quieren ver si la famosa Casandra Valente es tan buena en la cama como dicen los chismes. Si te portas bien, puede que te dé algo para comer.

Casandra sintió que el estómago se le revolvía. El horror de su nueva realidad la golpeaba con cada palabra. Había pasado de las sábanas de seda de Adrián al sudor de hombres que ni siquiera conocía. Y lo peor de todo era la sospecha, cada vez más clara, de que todo esto era una obra de teatro dirigida desde las sombras por su hermana.

—Aura... —gimió Casandra, cayendo de rodillas—. Aura, por favor, detén esto...

Pero no había nadie para escucharla, solo el eco de su propia miseria en una habitación que olía a derrota.

A la mañana siguiente, el Gulfstream aterrizó en el aeropuerto de Farnborough. Un convoy de coches negros esperaba a la pareja en la pista. Londres los recibió con una lluvia fina y persistente, una cortina de gris que ocultaba los secretos de la ciudad. Se instalaron en la suite presidencial del hotel The Connaught, un lugar que destilaba una elegancia rancia y poderosa.

Julian se pasó el día en reuniones cerradas con los banqueros de la City, mientras Aura se preparaba para la noche. Sabía que la gala de la Ópera no era solo un evento social; era el escenario donde se decidiría el destino de Vortex en Europa. Se vistió con un diseño de un modisto británico que Julian había encargado especialmente: un vestido de terciopelo azul noche que parecía absorber la luz, con un escote que dejaba ver la marca de Julian en su clavícula, un desafío silencioso para cualquiera que se atreviera a juzgarla.

Cuando entraron en la Royal Opera House, el aire pareció congelarse. La élite londinense, con sus tiaras heredadas y sus títulos centenarios, observó a la pareja con una mezcla de fascinación y repulsión. Julian caminaba con la seguridad de un conquistador, su mano siempre firme en la espalda de Aura.

No tardaron en ver a Silas. Estaba de pie junto al bar, luciendo impecable en su esmoquin, pero sus ojos estaban llenos de una preocupación genuina que Aura encontró casi insoportable. Al verlos acercarse, Silas dejó su copa y caminó hacia ellos, ignorando la presencia imponente de Julian para centrarse únicamente en su hermana.

—Aura —dijo Silas, su voz cargada de emoción—. Gracias a Dios que estás aquí. Tenemos que hablar. Ahora mismo.

Julian dio un paso adelante, su sombra cubriendo a Silas.

—Silas, siempre tan dramático. Estamos en la Ópera, no en un melodrama de televisión. Si quieres hablar con tu hermana, primero tendrás que reconocer que ella ya no es la niña que crees que es.

—Sé exactamente quién es —respondió Silas, mirando a Julian con un odio puro—. Es la mujer a la que has manipulado para usarla como un ariete contra nuestra familia. Aura, por favor, escúchame. Tengo un avión listo. Podemos irnos ahora mismo. Tengo pruebas de lo que Julian está haciendo en Chipre. No es una alianza, es una absorción total. Te está borrando de tu propia empresa.

Aura dio un paso al frente, colocándose entre los dos hombres. Miró a su hermano a los ojos y, por un momento, Silas creyó ver a la antigua Aura. Pero entonces, ella habló.

—Silas, agradezco tu preocupación. De verdad. Pero llegas tarde. Julian no me está borrando; me está dando el poder que tú y Adrián siempre me negaron porque pensaban que yo era demasiado frágil para manejarlo. Lo que llamas manipulación, yo lo llamo educación.

—¿Educación? —exclamó Silas, bajando la voz para no atraer la atención de los curiosos—. ¡Te tiene como a una mascota, Aura! ¡Mira esa marca en tu cuello! ¡Mira cómo te mira, como si fueras un activo financiero!

Aura sintió una oleada de rabia. Se acercó a Silas, su rostro a pocos centímetros del de él.

—Esa marca es mía, Silas. Y este hombre es el único que me ha tratado como a una igual en el campo de batalla. Si quieres luchar contra él, hazlo por negocios. Pero no intentes usar mi supuesta "salvación" como una excusa para tus propios intereses en Vortex. Porque si lo haces, te juro que seré yo quien firme la orden de embargo contra tus activos en Londres.

Silas retrocedió, como si lo hubieran abofeteado. Miró a Julian, quien observaba la escena con una sonrisa triunfal.

—Te ha perdido, Silas —dijo Julian—. Ella ha visto el abismo y ha decidido que le gusta la vista. Ahora, si nos disculpas, el acto está por comenzar.

Aura se dio la vuelta, sintiendo el corazón latir con fuerza en su pecho. Julian la tomó del brazo y la guió hacia su palco privado. Mientras caminaban, ella sintió la mirada de su hermano clavada en su espalda, un peso que intentó ignorar.

Una vez dentro del palco, protegidos por las cortinas de terciopelo, la tensión acumulada estalló. Julian la tomó por los hombros y la besó con una violencia que era una mezcla de deseo y reclamación.

—Lo has hecho —susurró él contra sus labios—. Has matado a la última persona que podía detenerte.

Aura se aferró a él, sintiendo que las lágrimas amenazaban con salir, pero las reprimió. No había lugar para las lágrimas en el mundo que habían construido.

—Ahora muéstrame por qué valió la pena —dijo ella, su voz temblorosa pero decidida.

Julian la sentó en la silla de terciopelo del palco, mientras la música de la orquesta empezaba a sonar abajo. Allí, en la penumbra, mientras los acordes de una tragedia operística llenaban el aire, Julian la despojó de su lencería y la poseyó con una intensidad que eclipsaba todo lo anterior. Aura se aferró a la barandilla del palco, sus gemidos ahogados por la música, mientras sentía cómo Julian reclamaba cada centímetro de su ser.

El riesgo de ser vistos, el enfrentamiento con su hermano y la música épica se mezclaron en una experiencia que Aura nunca olvidaría. En ese momento, ella supo que Silas tenía razón en algo: era una prisionera. Pero era una prisionera del placer y del poder, y no tenía ninguna intención de escapar.

La noche continuó en una bruma de celebraciones y contactos de alto nivel. Aura se movió por la fiesta posterior con la gracia de una pantera, cerrando acuerdos preliminares y dejando claro a los banqueros de Londres que ella era la voz de Vortex. Julian la observaba desde la distancia, dándole espacio para brillar, pero siempre manteniendo esa conexión invisible que los unía.

Al regresar al hotel, el cansancio era inmenso, pero el deseo no se había apagado. Se entregaron de nuevo el uno al otro en la inmensa cama de la suite, explorando nuevas formas de placer que solo el dinero y la falta de escrúpulos podían comprar. Aura sentía que cada vez se alejaba más de la realidad, hundiéndose en un sueño lúcido donde Julian era el único faro.

Mientras tanto, en las sombras de Londres, Silas Valente no se rendía. Sentado en su oficina de cristal, miraba una foto de Aura cuando eran niños.

—No voy a dejarte ir así, hermana —susurró—. Si tengo que quemar el imperio de Vane para recuperarte, lo haré.

La guerra por Aura Valente acababa de entrar en una fase nueva y mucho más peligrosa. No era solo por dinero; era por el alma de una mujer que había descubierto que la oscuridad podía ser mucho más seductora que la luz. Y en medio de millonarios, traiciones y sexo explícito, la verdadera batalla estaba por comenzar.

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