Capitulo 18

El rugido de las turbinas del G700 se sentía como un ronroneo distante bajo los pies de Aura, quien permanecía sentada en el lujoso asiento de cuero, observando cómo las nubes se teñían de un gris acero mientras cruzaban el Atlántico de regreso a Nueva York. En su regazo, el dispositivo de hardware obtenido de Etienne Roche brillaba con una luz led azul intermitente, el latido electrónico de billones de dólares que ahora, finalmente, estaban bajo su control absoluto. Sin embargo, la victoria en los Alpes no le había traído la paz que esperaba. Había algo en la mirada final del banquero suizo, una mezcla de despecho y una advertencia no pronunciada, que se le había quedado clavada en la base del cráneo.

Julian estaba en la parte delantera de la cabina, hablando por un teléfono satelital con su jefe de seguridad en Manhattan. Su lenguaje era escueto, técnico, pero su postura —con la espalda tensa y los hombros cargados— delataba que algo no iba bien en casa. Cuando colgó, no regresó a su asiento de inmediato. Se sirvió un whisky doble, sin hielo, y lo bebió de un trago antes de acercarse a Aura.

—Tenemos un problema en el sistema central de la Torre Vane —dijo él, su voz era un murmullo bajo y peligroso—. Alguien ha intentado vulnerar los protocolos de seguridad de los servidores privados. No son hackers externos, Aura. Quienquiera que sea, ha usado códigos de acceso que fueron eliminados hace siete años. Códigos que pertenecían a mi círculo más íntimo antes de que tú aparecieras.

Aura dejó la tablet a un lado y se puso en pie, sintiendo cómo la adrenalina del conflicto volvía a encenderse en sus venas. Se acercó a él, ignorando la distancia profesional que a veces intentaban mantener frente a la tripulación.

—¿Siete años? Eso fue antes de la fusión, antes incluso de que yo tomara las riendas de Vortex. ¿Quién queda de esa época, Julian? Me dijiste que habías hecho limpieza general.

Julian la tomó por la barbilla, obligándola a sostenerle la mirada. Sus ojos grises estaban nublados por una tormenta de recuerdos que Aura no lograba descifrar.

—Limpié lo que era visible, Aura. Pero hay fantasmas que no se entierran con dinero ni con contratos de confidencialidad. He ordenado un barrido total del edificio. Nadie entra ni sale hasta que aterricemos. Quiero que vayas directamente al ático. No quiero que pongas un pie en las oficinas centrales hasta que sepa exactamente con qué estamos lidiando.

—No voy a esconderme, Julian —respondió ella con firmeza, apartando su mano—. Soy la presidenta de la corporación. Si hay una brecha en mi seguridad, soy yo quien debe dar la cara ante los inversores.

—Esto no es por los inversores —rugió Julian, acorralándola contra la pared de madera de cerezo del avión—. Esto es personal. Alguien está enviando un mensaje, y el mensaje tiene que ver con la mujer que ocupaba tu lugar antes de que yo decidiera que el mundo era tuyo. No permitiré que el pasado contamine lo que hemos construido.

La tensión entre ambos escaló rápidamente. El deseo, siempre entrelazado con su sed de poder, estalló en la cabina del jet. Julian la besó con una violencia desesperada, una forma de reclamar el presente frente a la amenaza de un pasado que no quería nombrar. Aura respondió con la misma intensidad, desgarrando su camisa de sastre mientras él la levantaba y la sentaba sobre la mesa de conferencias plegable.

El encuentro fue crudo, un choque de voluntades en medio del cielo. Julian la poseyó con una urgencia que rayaba en lo maníaco, como si quisiera dejar su marca tan profundamente en ella que nada pudiera borrarla. Aura se aferraba a su espalda, sus gemidos mezclándose con el zumbido de los motores, sintiendo que en ese acto de entrega total estaba su verdadera fuerza. No había lugar para las dudas cuando sus cuerpos hablaban el idioma de la posesión. Fue una sesión larga, explícita, donde cada caricia y cada embestida eran una promesa de protección y una advertencia de que él no la dejaría ir, pasara lo que pasara.

Al terminar, exhaustos y sudorosos, Julian la mantuvo abrazada mientras el avión iniciaba el descenso hacia Nueva York.

—Lo que sea que venga —susurró él—, lo destruiremos juntos. Pero tienes que confiar en mí. Hay cosas que hice para llegar a la cima que no son bonitas, Aura. Cosas que hice para asegurar que tú tuvieras un camino limpio.

Aura asintió, aunque una semilla de sospecha se había plantado en su mente. ¿Qué era lo que Julian tanto temía?

El aterrizaje en Teterboro fue coordinado con precisión militar. Un convoy de tres SUVs negros blindados los esperaba en la pista. El trayecto hacia Manhattan fue un desfile de luces borrosas y silencio tenso. Al llegar a la Torre Vane, el despliegue de seguridad era abrumador. Guardias armados patrullaban el lobby y los ascensores estaban bloqueados por personal de biometría.

Subieron directamente al ático, pero en lugar de la paz del hogar, encontraron el caos de una invasión silenciosa. En el centro del salón principal, sobre la inmaculada alfombra blanca, alguien había dejado un objeto que no debería estar allí: un ramo de lirios blancos, las flores favoritas de la primera mujer de Julian, y una fotografía antigua, quemada por los bordes, que mostraba a Julian el día de su primera boda.

Aura se acercó a la mesa, su rostro lívido.

—¿Cómo ha entrado esto aquí? —preguntó ella, su voz temblando de rabia—. Se supone que este es el lugar más seguro de la ciudad.

Julian no respondió. Se acercó a la foto y la tomó con una mano temblorosa. En el reverso, escrito con una caligrafía elegante y familiar, decía: "El primer amor nunca muere, Julian. Solo espera a que la usurpadora se canse de jugar a la reina."

—Es ella —murmuró Julian—. Es imposible, pero es ella.

—¿Quién es "ella", Julian? —exigió Aura, caminando hacia él y arrebatándole la foto—. Me dijiste que tu primera esposa había muerto en un accidente en los Alpes hace años. Me dijiste que no había nadie más.

—Eso es lo que yo creía —dijo Julian, dejándose caer en el sofá de cuero, hundido en una sombra que Aura nunca le había visto—. El coche cayó por un barranco. Nunca encontraron el cuerpo completo, solo restos. Yo mismo pagué por el funeral. Pero los códigos que se usaron hoy... el acceso a esta habitación... solo alguien que vivió aquí conmigo podría conocerlos.

Aura sintió una oleada de frío que nada tenía que ver con el aire acondicionado. Se dio cuenta de que su posición en el imperio de los millonarios no solo estaba amenazada por rivales corporativos o hermanos resentidos, sino por una mujer que conocía las debilidades más profundas de Julian. Una mujer que, según parecía, había regresado de entre los muertos para reclamar su trono.

—Si ella está viva —dijo Aura, recuperando su tono gélido—, entonces es una amenaza para Vortex y para la fusión. Si ella reclama derechos sobre tu patrimonio, todo lo que hemos firmado en Suiza podría ser impugnado.

—No le importa el dinero —respondió Julian, levantando la vista—. Quiere venganza. Ella sabe que yo fui quien cortó los frenos de ese coche, Aura.

El silencio que siguió a esa confesión fue tan pesado que parecía que el aire se hubiera convertido en plomo. Aura retrocedió un paso, mirando al hombre que amaba con una nueva y aterradora perspectiva. Julian, el arquitecto de su renacimiento, el hombre que la había salvado de su propia familia, era un asesino.

—¿Lo hiciste por mí? —preguntó ella en un susurro.

—Lo hice por el imperio —respondió él, levantándose y acercándose a ella con paso lento—. Ella estaba drenando la compañía, era inestable, adicta, una mancha en el nombre Vane que no podía permitir. La saqué del camino para que el futuro estuviera despejado. Y ahora, parece que el futuro ha vuelto para cobrarse la deuda.

Aura cerró los ojos, procesando la información. En el mundo de los millonarios, la moral era una construcción para los pobres. Ella misma había destruido a su hermana y a su hermano sin pestañear. ¿Quién era ella para juzgar a Julian? Sin embargo, la idea de una rival que conocía todos los pecados de Julian la ponía en una desventaja estratégica que no podía tolerar.

—Si ella está viva, tenemos que encontrarla antes de que hable con la prensa o con el consejo —dijo Aura—. No por moral, sino por supervivencia. Si ella aparece con pruebas de lo que hiciste, ambos terminaremos en la cárcel y el imperio se repartirá entre los buitres.

Julian asintió, su rostro endureciéndose de nuevo. La vulnerabilidad desapareció, reemplazada por el instinto de cazador.

—He puesto a Elias tras su rastro. Si está en la ciudad, la encontraremos. Pero mientras tanto, Aura, no puedes quedarte aquí sola.

—No voy a quedarme sola —respondió ella, desabrochándose el primer botón de su blusa con una mirada cargada de una resolución oscura—. Vamos a usar esta noche para recordarnos por qué somos los dueños de este lugar. Si ella nos está observando, quiero que vea exactamente lo que ha perdido. Quiero que vea que no soy una usurpadora, sino la evolución que ella nunca pudo ser.

La noche en el ático se convirtió en una exhibición de poder y erotismo desafiante. Conscientes de que podían estar siendo vigilados a través de la brecha de seguridad en las cámaras, Julian y Aura se entregaron a una sesión de sexo explícito en el salón, justo frente al ramo de lirios. Fue un acto de profanación de los recuerdos de la otra mujer y una reafirmación de su presente. Julian la tomó con una posesividad extrema, usando cada rincón del inmenso salón para demostrar que cada centímetro de ese espacio, y de ella, le pertenecía solo a él.

Fue una coreografía de dominación y placer, donde Aura tomó las riendas por momentos, demostrando que ya no era la pupila de Julian, sino su igual. En medio del lujo obsceno de la Quinta Avenida, con las luces de la ciudad como único testigo, sellaron un pacto de sangre y silencio. Si el fantasma de la primera mujer de Julian quería guerra, la encontraría.

Mientras tanto, en un modesto pero elegante loft en Tribeca, la mujer del video de los Alpes se quitaba una peluca morena para revelar un cabello rubio platino, corto y moderno. Se miró en el espejo, trazando con los dedos una pequeña cicatriz que recorría su mandíbula, un recordatorio del día en que su vida terminó en un barranco suizo.

—Crees que la tienes bajo control, Julian —susurró ella, sonriendo a su reflejo—. Crees que Aura es tu creación. Pero no sabes lo fácil que es destruir una obra de arte cuando conoces al artista mejor que él mismo.

Ella no era una mujer rota. Había pasado años recuperándose, acumulando información, esperando el momento en que Julian estuviera más alto para que la caída fuera más dolorosa. Y ahora, con la fusión completada y Aura en el centro de la diana, el escenario era perfecto.

Abrió su computadora y activó un comando. En las pantallas gigantes de Times Square, por un breve segundo, apareció el rostro de Aura Valente superpuesto al de una mujer desconocida, con el mensaje: "¿Sabes quién duerme en tu cama, Nueva York?"

Fue solo un parpadeo, una falla técnica aparente, pero el mensaje fue enviado.

En el ático, el teléfono de Aura vibró. Era una alerta de G****e sobre su propio nombre. Al ver la imagen capturada por un transeúnte, sintió un escalofrío. La guerra ya no era en las salas de juntas. Era en las calles, en la imagen pública, y en la mente de un hombre que empezaba a dudar de si sus crímenes estaban realmente enterrados.

—Julian —llamó ella, mostrándole la pantalla—. Ha empezado.

Julian observó la imagen y su rostro se volvió de piedra.

—Ella no quiere dinero, Aura. Quiere tu cabeza. Quiere que el mundo vea cómo te destruyo, o cómo me destruyes tú a mí cuando te enteres de toda la verdad.

—¿Toda la verdad? —preguntó Aura, sintiendo que el suelo volvía a moverse—. ¿Qué más hay, Julian?

Julian suspiró, caminando hacia el ventanal.

—Ella no fue la única, Aura. Para construir este imperio, tuve que sacrificar a muchas personas. Y ella las conoce a todas. Si ella habla, no solo caeré yo. Caerá el nombre Valente, caerá Vortex, y tú quedarás como la cómplice de un monstruo.

Aura se acercó a él, rodeando su cintura con sus brazos.

—Entonces nos aseguraremos de que no hable —dijo ella, su voz llena de una frialdad que la asombró—. No somos los mismos niños que éramos hace siete años, Julian. Tenemos los recursos para hacer que cualquier fantasma regrese a la tumba. Y esta vez, me aseguraré de que la tapa del ataúd esté bien sellada.

Se besaron de nuevo, un beso que ya no sabía a pasión, sino a una alianza desesperada por la supervivencia. En el mundo de los millonarios, el amor era un campo de batalla, y ellos estaban dispuestos a luchar hasta que no quedara nadie en pie. La venganza de la mujer sin nombre era solo el comienzo de una espiral de violencia y sexo que amenazaba con consumirlos a todos.

Al día siguiente, Aura convocó a una reunión secreta con los abogados de la corporación. No para hablar de la fusión, sino para crear una red de protección legal alrededor de los activos personales de Julian. Sabía que si el escándalo estallaba, tenía que estar preparada para desvincularse públicamente mientras mantenía el control privado. Estaba aprendiendo la lección más importante de Julian: en el poder, siempre debes tener un plan de escape, incluso de aquellos que amas.

La investigación sobre la identidad de la mujer avanzaba lentamente. Elias había rastreado los lirios hasta una floristería en el Bronx que solo aceptaba efectivo, y el repartidor había sido un hombre contratado a través de una aplicación de tareas temporales, sin rastro del remitente original. Era una profesional.

Esa tarde, Aura recibió un sobre en su oficina personal. No contenía amenazas, sino una dirección y una hora. “Si quieres saber la verdad sobre el accidente de los Alpes, ven sola. O deja que Julian siga escribiendo tu guion hasta que el coche se quede sin frenos para ti también.”

Aura miró el papel. Sabía que era una trampa, pero también sabía que no podía seguir viviendo en la duda. Tomó su bolso, cargó su pequeña pistola de defensa personal y salió del edificio sin avisar a Julian. El juego había subido de nivel, y ella estaba dispuesta a jugar su propia carta, incluso si eso significaba enfrentarse al fantasma de la mujer que Julian una vez amó.

La dirección la llevó a un muelle abandonado en el East River. El viento soplaba con fuerza, trayendo el olor a sal y óxido. Allí, en la penumbra, una figura la esperaba.

—Has venido —dijo la mujer, dándose la vuelta.

Aura se detuvo, con el corazón martilleando contra sus costillas. La mujer frente a ella no era un monstruo, era una versión más madura y marcada de sí misma.

—Tú eres ella —dijo Aura, su mano firme sobre el bolso.

—Soy la mujer que Julian intentó matar para que tú pudieras ser su nueva creación —respondió ella—. Pero no estoy aquí para matarte, Aura. Estoy aquí para ofrecerte una alianza. Julian va a deshacerse de ti en cuanto la fusión sea irreversible. Es su patrón. Usa a las mujeres para escalar y luego las descarta cuando se vuelven un riesgo. Yo soy el riesgo que él no pudo eliminar. Y tú eres el próximo.

Aura la observó, intentando discernir la verdad entre las palabras llenas de veneno.

—¿Por qué debería creerte? —preguntó Aura.

—Porque tengo las grabaciones —dijo la mujer, sacando un pequeño drive—. Las grabaciones de Julian planeando el sabotaje de mi coche. Y tengo las pruebas de que ha estado haciendo lo mismo con tus cuentas personales en Vortex. Te está dejando sin salida, Aura. Te está rodeando de tal manera que cuando él caiga, tú caerás con él, o te quedarás como su títere eterno.

Aura tomó el drive, sintiendo el peso de la traición potencial.

—¿Qué quieres a cambio? —preguntó.

—Quiero verlo caer —dijo la mujer, sus ojos brillando con un odio puro—. Quiero que tú seas quien apriete el gatillo financiero. Quédate con el imperio, Aura. Yo solo quiero su ruina.

Aura regresó al ático esa noche, sintiéndose como una extraña en su propia casa. Julian la esperaba con una cena íntima, ignorante de su reunión. Mientras cenaban, Aura lo observaba, buscando en sus gestos al hombre que supuestamente la estaba traicionando.

Después de la cena, en la intimidad del dormitorio, se entregaron de nuevo el uno al otro. Pero para Aura, el placer tenía ahora un sabor a metal. Mientras Julian la poseía, ella se preguntaba si cada caricia era real o parte de un plan maestro de manipulación. El sexo, antes su refugio, se había convertido en un campo de interrogatorio silencioso.

Cuando Julian se durmió, Aura se levantó y conectó el drive en su computadora personal. Lo que vio la dejó sin aliento. No eran solo grabaciones del pasado. Eran documentos actuales, firmados por Julian, que transferían gran parte de la responsabilidad legal de las operaciones más turbias de Vane Holdings a nombre de Aura Valente. Si el imperio caía, ella sería la cara de los crímenes.

La lágrima que rodó por la mejilla de Aura no era de tristeza, sino de una furia gélida. Julian la había forjado para ser una reina, pero se había olvidado de que una reina también puede decapitar a su rey.

—Has cometido un error, Julian —susurró ella, mirando al hombre dormido en la cama—. Me has enseñado demasiado bien cómo ganar.

La guerra dentro de la Torre Vane acababa de comenzar. Ya no era contra el pasado, sino contra el hombre que dormía a su lado. Y en el mundo de los millonarios, la cama es el lugar más peligroso para tener a un enemigo.

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