Mundo ficciónIniciar sesiónEl vuelo de regreso a Nueva York a bordo del Gulfstream de Julian no fue el trayecto de reflexión que Aura había imaginado. En lugar de eso, la cabina se convirtió en un centro de mando avanzado, una oficina flotante donde el aire vibraba con la electricidad de la guerra inminente. El sol del Atlántico golpeaba las ventanillas, pero dentro, el ambiente permanecía en una penumbra lujosa, interrumpida solo por el brillo azulado de las pantallas que mostraban gráficos de caída libre y flujos de capital interceptados. Julian estaba en una llamada encriptada con su equipo de litigios, su voz era un murmullo letal que dictaba el fin de la carrera de Silas Valente.
Aura permanecía recostada en uno de los sillones de cuero, vestida con un conjunto de seda color perla que contrastaba con la oscuridad de sus pensamientos. El collar de cuero negro que Julian le había ajustado en Londres seguía ahí, oculto bajo el cuello de su blusa, una presencia constante que le recordaba su lealtad y su propósito. Miraba las nubes pasar, sintiendo cómo la distancia con su antigua vida se hacía infinita. Silas había cruzado la línea roja al visitar a Adrián; al intentar aliarse con el hombre que la había destruido, su hermano había dejado de ser familia para convertirse en un activo tóxico que debía ser liquidado.
—Está hecho —dijo Julian, colgando el teléfono y sentándose frente a ella. Sus ojos grises brillaban con una satisfacción fría—. Hemos presentado la solicitud ante el tribunal de distrito. Con las pruebas de la reunión entre Silas y los abogados de Adrián, y los registros de las transferencias sospechosas desde las cuentas de Silas hacia fondos no identificados en las Islas Caimán —que, por supuesto, nosotros mismos filtramos para que parecieran ilegales—, el juez ha firmado la congelación preventiva de sus activos. Para cuando aterricemos en Teterboro, tu hermano no podrá pagar ni el taxi que lo saque del aeropuerto.
Aura tomó una copa de champán de la mesa auxiliar, observando cómo las burbujas subían a la superficie.
—¿Y Adrián? —preguntó ella, su voz carente de cualquier rastro de duda—. Silas cree que puede usarlo como un testigo para impugnar mi toma de posesión de Vortex.
Julian se inclinó hacia ella, tomando su mano y apretándola con una fuerza que era a la vez un consuelo y una advertencia.
—Adrián es un cadáver que todavía respira, Aura. Lo que Silas no sabe es que yo controlo la firma de abogados que Adrián cree que lo está defendiendo. Cada palabra que intercambian, cada estrategia que planean, llega a mi escritorio antes de que terminen de hablar. Silas se ha metido en una jaula pensando que estaba asaltando el castillo.
Aura asintió, sintiendo el calor del champán recorrer su cuerpo. Pero no era el alcohol lo que la embriagaba, sino la sensación de control absoluto. Había aprendido que en el mundo de los millonarios, la justicia no era algo que se encontraba, sino algo que se fabricaba con suficiente capital y falta de escrúpulos.
—Quiero verlo —dijo Aura de repente—. Quiero ir a la prisión en cuanto lleguemos. Antes de que Silas tenga oportunidad de volver a hablar con él. Quiero terminar de romper lo poco que queda de su voluntad.
Julian sonrió, una expresión de orgullo oscuro.
—Esa es mi reina. Prepararé el traslado discreto.
El encuentro en la prisión fue diferente al anterior. Esta vez, Aura no fue como la esposa herida, sino como la dueña de la llave de su celda. El ambiente era sofocante, pero ella caminaba por los pasillos de hormigón con la misma seguridad con la que recorría las galerías de arte de Chelsea. Cuando Adrián fue llevado a la sala de visitas, se veía aún más demacrado. Al ver a Aura, intentó mantener una fachada de arrogancia, pero sus ojos lo traicionaban; había un miedo animal en ellos.
—Vienes a regodearte —escupió Adrián, tomando el auricular—. Silas me ha contado todo, Aura. Sé que Julian te está usando. Sé que no eres más que su juguete. Él va a sacarte de Vortex en cuanto las aguas se calmen, y te quedarás sin nada.
Aura soltó una carcajada suave, un sonido que heló la sangre de Adrián.
—Silas es un romántico, Adrián. Cree que el mundo se mueve por lealtades y verdades. Tú y yo sabemos que se mueve por intereses. Julian no me está usando; estamos construyendo algo que tú nunca podrías entender porque tu visión siempre fue limitada por tu propia mediocridad. Pero no he venido a hablar de Julian. He venido a hablar de Casandra.
El nombre de su amante hizo que Adrián se tensara.
—¿Qué le has hecho? —preguntó él, su voz temblorosa.
—Yo no le he hecho nada, Adrián. Ella se lo ha hecho a sí misma. Verás, mientras tú estabas aquí soñando con que Silas te rescatara, Casandra estaba negociando su libertad. ¿Recuerdas aquel fondo que tenías oculto en Suiza? El que se suponía que era vuestro seguro de vida.
Adrián palideció.
—Ella me entregó los códigos, Adrián —mintió Aura, su voz cargada de un veneno delicioso—. A cambio de una suma de dinero que le permitiera desaparecer, me dio todo lo necesario para terminar de hundirte. Me dijo que siempre te consideró un escalón, un medio para un fin. Y ahora que el escalón se ha roto, ella simplemente ha saltado al siguiente.
—¡Mientes! —rugió Adrián, golpeando el cristal—. ¡Ella me ama!
Aura sacó una fotografía de su bolso y la pegó al cristal. En la imagen —preparada por el equipo de Julian— se veía a Casandra entrando en un hotel de lujo del brazo de un hombre desconocido, sonriendo, luciendo joyas que Adrián le había comprado.
—El amor es un lujo que Casandra no puede permitirse, Adrián. Al igual que tú. Ella ya está con otro. Alguien con más poder, alguien que no está tras las rejas. Te ha vendido por un puñado de diamantes y un billete de primera clase. Silas es el único que cree en tu inocencia, y lo hace porque es un estúpido. Pero ahora, gracias a lo que Casandra me ha dado, Silas también va a caer. Y tú estarás aquí para verlo por las noticias.
Aura colgó el auricular mientras Adrián empezaba a gritar desesperadamente, golpeando el cristal hasta que los guardias lo inmovilizaron. Ella salió de la sala con una sonrisa triunfal. El engaño era perfecto. Había destruido el último pilar emocional de su exmarido y, al mismo tiempo, había asegurado que cualquier alianza con Silas fuera vista por Adrián como una trampa.
Al salir de la prisión, el coche de Julian la esperaba. Dentro, el ambiente cambió de la frialdad de la venganza al calor del deseo. Julian la observó mientras ella se quitaba los guantes de cuero, su pecho subiendo y bajando por la adrenalina.
—¿Cómo se siente? —preguntó él, su mano buscando la nuca de Aura.
—Se siente como el arte —respondió ella—. Como trazar la línea final en un lienzo que ha tardado años en completarse.
Julian la atrajo hacia él y la besó con una intensidad que casi le hace perder el sentido. El coche avanzaba hacia el ático de la Quinta Avenida, pero para ellos, el mundo exterior ya no existía.
Mientras tanto, en una zona industrial de Queens, la caída de Casandra Valente alcanzaba su nadir. Tras ser expulsada del apartamento de Marcus, se encontró deambulando por las calles con sus últimas pertenencias en una bolsa de plástico. La lluvia de Nueva York era inclemente, calando sus ropas y su orgullo. Fue entonces cuando una furgoneta negra se detuvo a su lado. Un hombre de aspecto distinguido bajó la ventanilla.
—¿Señorita Valente? —preguntó el hombre—. Tengo entendido que está buscando una situación más... acorde a sus gustos. Mi organización se encarga de reubicar a mujeres de su nivel en círculos privados donde la belleza todavía se valora por encima de todo.
Casandra, desesperada y muerta de frío, no vio la trampa. No vio que el logo de la empresa en la tarjeta que le entregó el hombre era una filial oculta de Vane Holdings. Solo vio una salida.
—¿A dónde me llevan? —preguntó ella, subiendo al vehículo.
—A un lugar donde siempre tendrá lo que necesita —respondió el hombre con una sonrisa enigmática—. Siempre y cuando esté dispuesta a seguir las reglas.
La furgoneta se alejó, llevando a Casandra hacia una jaula de oro mucho más oscura que cualquier cosa que pudiera imaginar. Aura había cumplido su promesa: Casandra ya no era una Valente, era una propiedad, un activo en una red de trata de lujo que Julian controlaba desde las sombras para asegurar que el sufrimiento de su cuñada fuera eterno y rentable.
Esa noche, en el ático de Julian, la celebración de la victoria tomó un cariz más íntimo y profundo. Julian había preparado la habitación principal con un despliegue de lujo que bordeaba lo decadente. Candelabros de plata, pétalos de rosa negra esparcidos por la cama y un conjunto de cuerdas de seda roja que esperaban sobre la colcha.
—Esta noche no quiero que seas la presidenta de Vortex —dijo Julian, ayudándola a desvestirse—. Quiero que seas simplemente Aura. Mi Aura.
La sesión de esa noche fue una exploración de la sumisión y el poder absoluto. Julian utilizó las cuerdas de seda para inmovilizarla en posiciones que la dejaban completamente vulnerable ante él. Aura se entregaba con una confianza que solo el amor oscuro y la venganza compartida podían forjar. El contraste entre la seda roja y su piel pálida creaba una imagen de belleza trágica que Julian devoraba con la mirada.
El sexo fue una mezcla de ternura y brutalidad. Julian exploraba cada centímetro de su cuerpo con una paciencia que torturaba a Aura, llevándola al borde del orgasmo una y otra vez para luego negárselo, exigiendo una entrega total de su voluntad. Ella gemía su nombre, suplicando por la liberación que solo él podía darle. Cuando finalmente la poseyó, fue con una fuerza que parecía querer fundir sus almas en una sola entidad.
En el clímax, rodeada de seda y sombras, Aura sintió que todas sus heridas se cerraban. La traición de su familia, la humillación de Adrián, la envidia de Casandra... todo se disolvía en el calor de Julian. Él era su redentor y su verdugo, el hombre que le había dado el poder para destruir a sus enemigos y el hombre que ahora la mantenía cautiva en un paraíso de placer.
Sin embargo, el peligro no había desaparecido. Al amanecer, mientras Aura dormía agotada entre las sábanas, Julian recibió una notificación urgente en su terminal privada. Silas Valente no se había rendido. Desesperado y con sus cuentas congeladas, había recurrido a una última y sucia táctica. Había conseguido acceso a una serie de fotografías íntimas que un paparazzi contratado por él había tomado de Aura y Julian en su balcón de Londres. Fotos que mostraban a la presidenta de Vortex en situaciones que la sociedad neoyorquina no perdonaría fácilmente.
Julian observó las imágenes en la pantalla. No había rastro de preocupación en su rostro. Al contrario, una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios.
—Pobre Silas —susurró Julian—. Cree que está jugando al ajedrez, pero ni siquiera sabe que yo soy el dueño del tablero.
Julian llamó a su jefe de seguridad.
—Dejen que las filtre —ordenó Julian—. Asegúrense de que lleguen a los tabloides más importantes para el mediodía. Pero quiero que el metadato de las fotos rastree directamente hacia la dirección IP privada de Silas. Y quiero que, diez minutos después de la publicación, se filtre también el video de Silas reuniéndose con el traficante de información que le vendió las fotos.
La trampa estaba tendida. Silas pensaba que iba a desacreditar a su hermana, pero Julian iba a convertir ese movimiento en la prueba final de que Silas era un acosador inestable, obsesionado con destruir la reputación de la única persona que intentaba salvar el legado de su padre.
Aura se despertó poco después, sintiendo el brazo de Julian rodeándola. Él la besó en el hombro, ocultando el teléfono.
—Buenos días, mi reina —dijo él—. Prepárate. Hoy el mundo va a intentar juzgarte. Y hoy es el día en que les enseñaremos que tu corona no se puede quitar con simples chismes.
Aura lo miró, notando una chispa diferente en sus ojos. No sabía exactamente lo que Julian había planeado, pero ya no tenía miedo. Se levantó de la cama, desnuda y orgullosa, lista para enfrentar lo que fuera. La guerra de los millonarios estaba llegando a su punto de ebullición, y ella estaba dispuesta a arder hasta que solo quedara el oro puro.
El día transcurrió con una tensión asfixiante. Para el mediodía, las fotos estaban en todas partes. El escándalo sacudió los cimientos de Wall Street. Pero antes de que el consejo de administración de Vortex pudiera siquiera convocar una reunión de emergencia, la contraofensiva de Julian golpeó con la fuerza de un huracán. Los medios empezaron a publicar las pruebas de la manipulación de Silas, los videos de sus reuniones clandestinas y testimonios —pagados por Julian— de antiguos empleados de Silas que lo describían como un hombre volátil y resentido.
Para la tarde, la narrativa había cambiado por completo. Aura ya no era la víctima de un escándalo sexual; era una mujer poderosa cuya privacidad había sido violada de forma criminal por su propio hermano. El apoyo público hacia ella se disparó, y la posición de Silas se volvió insostenible. La policía emitió una orden de búsqueda para interrogarlo por acoso agravado y extorsión.
Silas, solo en un motel de mala muerte en Nueva Jersey, veía las noticias en una televisión vieja. Había perdido todo. Su nombre, su fortuna y su familia. En ese momento, comprendió la magnitud de su error. No se había enfrentado a un hombre, se había enfrentado a una fuerza de la naturaleza.
Aura y Julian observaban el colapso de Silas desde la terraza de su ático, con copas de vino en la mano mientras el sol se ponía sobre Manhattan.
—Se acabó, Julian —dijo Aura, sintiendo una paz que nunca creyó posible—. Ya no queda nadie.
—No —respondió Julian, abrazándola por la espalda—. Ahora es cuando realmente empezamos. El imperio de los Valente ha muerto. Larga vida al imperio de Vane.
Julian la giró y la besó bajo el cielo teñido de púrpura de Nueva York. La ciudad brillaba a sus pies, un mar de luces que ahora les pertenecía. La venganza estaba completa, pero el amor oscuro que los unía apenas estaba comenzando a florecer en las ruinas de su pasado. Y en ese mundo de millonarios, poder y sexo, ellos eran los únicos soberanos.







