Mundo ficciónIniciar sesiónEl regreso a la ciudad de Nueva York no fue un aterrizaje, fue un despliegue de guerra. Mientras el jet privado descendía hacia la pista de Teterboro, Aura observaba la silueta de Manhattan recortada contra un cielo plomizo, sintiendo que la calma tropical de la isla de Julian se desprendía de su piel como una costra innecesaria. El zafiro negro en su dedo parecía absorber la escasa luz de la cabina, un recordatorio frío y constante de que ya no era una observadora en el juego del poder, sino su pieza más letal. Julian, sentado frente a ella con un traje de sastre gris que destilaba una elegancia agresiva, cerró su computadora portátil con un chasquido seco que resonó como un disparo.
—El consejo de administración ha convocado una reunión de emergencia para las ocho de la mañana —dijo Julian, su voz recuperando ese tono de barítono metálico que usaba para dictar sentencias financieras—. Los dinosaurios de Vortex están inquietos. El escándalo de Silas, aunque lo giramos a nuestro favor, les ha dado la excusa perfecta para intentar invocar la cláusula de moralidad y bloquear la fusión definitiva con Vane Holdings. Creen que porque somos jóvenes y disfrutamos del exceso, somos descuidados.
Aura se ajustó la falda de cuero negro, sintiendo la fricción del material contra sus muslos, un recordatorio táctil de la lencería de seda que llevaba debajo y que Julian le había exigido ponerse antes de despegar.
—No son descuidados, Julian. Son codiciosos. Saben que una vez que la fusión sea total, sus asientos en el consejo valdrán tanto como el papel en el que imprimen sus informes anuales. No quieren protegernos de un escándalo; quieren proteger sus feudos.
Julian se levantó y se sentó a su lado, invadiendo su espacio personal con esa intensidad que siempre la dejaba sin aliento. Tomó su mano, trazando el contorno del zafiro negro con el pulgar.
—Exacto. Y por eso, esta mañana no entraremos en esa sala de juntas buscando su aprobación. Entraremos reclamando su rendición. He preparado un dossier sobre cada uno de ellos. No solo sobre sus finanzas, Aura. Hablo de sus vicios. El tipo de cosas que los millonarios creen que pueden enterrar bajo donaciones a museos y fundaciones benéficas.
La limusina los esperaba a pie de pista. El trayecto hacia el distrito financiero fue un estudio en tensión contenida. Aura repasaba mentalmente los nombres: Sterling, Miller, Van der Woodsen. Hombres que habían visto nacer a su padre y que ahora la miraban como a una intrusa en su propio imperio. Al llegar a la sede de Vortex, el ambiente era gélido. Los empleados bajaban la mirada al ver pasar a la pareja, una mezcla de terror y respeto servil que Aura encontraba embriagadora.
Entraron en la sala de juntas exactamente a las ocho. Los diez miembros del consejo ya estaban allí, sentados alrededor de la mesa de nogal como cuervos esperando un cadáver. Arthur Sterling, el decano del grupo, un hombre cuya piel parecía pergamino antiguo, fue el primero en hablar.
—Aura, Julian. Agradecemos su puntualidad. Entenderán que los recientes acontecimientos... la inestabilidad de su hermano, las fotos que circularon... han puesto a la compañía en una posición delicada ante los reguladores. No podemos permitir que la marca Vortex se asocie con una conducta tan... libertina.
Aura no se sentó. Caminó hacia el ventanal, dándole la espalda al consejo mientras observaba el tráfico de Wall Street.
—Libertina, Arthur —repitió ella, saboreando la palabra—. Es curioso que uses ese término. Especialmente cuando los registros de tu cuenta privada en las Islas Caimán muestran pagos mensuales a una agencia de modelos en Europa del Este que se especializa en "experiencias extremas" para hombres de tu edad.
El silencio en la sala fue absoluto. Sterling palideció, sus manos temblando ligeramente sobre el informe de gestión.
—¿Cómo te atreves...? —empezó a decir, pero Julian lo interrumpió con una sonrisa gélida.
—Se atreve porque ahora ella tiene las llaves de todos vuestros armarios, señores —dijo Julian, dejando caer una serie de carpetas rojas sobre la mesa—. Aquí encontrarán pruebas detalladas de malversación, uso de fondos de la empresa para fines personales y, lo que es más importante, grabaciones de sus escapadas privadas en el club donde ahora reside la hermana de Aura. Casandra no es la única que tiene historias que contar.
Miller, el miembro más joven y ambicioso, intentó rebelarse.
—Esto es chantaje, Vane. Podríamos ir a la fiscalía ahora mismo.
—Podríais —coincidió Julian, acercándose a Miller y apoyando las manos en la mesa, inclinándose hasta que sus rostros estuvieron a centímetros—. Pero para cuando la fiscalía abra el sobre, vuestras acciones no valdrán nada, vuestras esposas os habrán abandonado y vuestros hijos se avergonzarán de llevar vuestro apellido. Aura y yo estamos ofreciendo una salida elegante. Firmad la transferencia total de poderes a Vane Holdings, renunciad a vuestros asientos con una generosa indemnización por jubilación y podréis seguir disfrutando de vuestros vicios en privado.
Aura se giró, su mirada barriendo la sala con un desprecio soberano.
—Tenéis diez minutos. Si para entonces no habéis firmado, enviaré estas carpetas a la redacción del New York Times y de paso, a vuestras respectivas familias.
Uno a uno, los hombres más poderosos del antiguo régimen de Vortex bajaron la cabeza. La pluma de Sterling fue la primera en rasgar el papel, un sonido que para Aura fue más dulce que cualquier sinfonía. Cuando el último documento fue firmado, Julian hizo una señal a su seguridad para que escoltaran a los exconsejeros fuera del edificio.
Se quedaron solos en la inmensa sala. La victoria era total. Vortex era finalmente suya, libre de las cadenas del pasado.
Julian caminó hacia Aura, su respiración agitada por la descarga de poder. La tomó de la cintura y la levantó, sentándola sobre la mesa de juntas de nogal, la misma donde su padre había construido un legado y donde ella acababa de demolerlo.
—Lo has hecho —susurró Julian, sus manos subiendo por sus muslos, desgarrando las medias de seda en el proceso—. Los has doblegado a todos.
Aura se aferró a sus hombros, sintiendo cómo el deseo estallaba en ella con una fuerza renovada por la adrenalina del triunfo.
—No los hemos doblegado nosotros, Julian. Los ha doblegado su propio miedo. Son débiles porque necesitan sus secretos para sentirse poderosos. Nosotros no ocultamos nada. Somos lo que somos.
Julian la besó con una ferocidad que buscaba marcar su victoria en su carne. En esa sala de cristal, rodeados por los rascacielos de Nueva York, Julian la poseyó con una urgencia que no entendía de límites. Fue un acto de comunión oscura, una celebración de su dominio sobre el mundo de los millonarios. Aura gritaba su nombre, sus gemidos resonando en las paredes insonorizadas, mientras Julian la reclamaba sobre la madera pulida. No había romance en aquel acto, solo una posesión absoluta, un pacto sellado en la cima de la pirámide social.
El sexo fue explícito y crudo, un reflejo de la violencia con la que habían arrebatado el poder. Julian la exploraba con una voracidad que dejaba a Aura temblando, llevándola al límite del placer y el dolor, recordándole que, aunque ella fuera la reina del imperio, él seguía siendo su dueño en la intimidad. Cuando finalmente alcanzaron el clímax, el silencio que regresó a la sala era diferente. Era el silencio de los dueños absolutos.
Mientras se vestían, Julian recibió un mensaje en su teléfono encriptado.
—Parece que tenemos un invitado que no quiere rendirse —dijo Julian, ajustándose la corbata—. Silas ha sido visto en los alrededores del ático. Parece que su colapso en la gala no fue suficiente para detenerlo. Está desesperado, Aura. Y un millonario desesperado es más peligroso que uno codicioso.
Aura se miró en el espejo de la sala de juntas, retocándose el lápiz labial. Sus ojos brillaban con una determinación implacable.
—Si quiere guerra, le daremos un asedio. No voy a permitir que nada empañe nuestra fusión. Llama a Elias. Quiero que preparen una trampa. No quiero que la policía lo detenga; quiero que lo traigan ante mí.
El plan se puso en marcha de inmediato. Regresaron al ático bajo una escolta reforzada. La noche en Nueva York era fría, y la tensión se sentía en el aire. Aura se instaló en el salón principal, vestida con una lencería de cuero y encaje, esperando mientras Julian coordinaba la captura desde la sala de seguridad.
Alrededor de la medianoche, las cámaras captaron a una figura sombría intentando entrar por el acceso de servicio. Era Silas. Había usado sus antiguas claves de acceso que, por supuesto, Julian había dejado activas a propósito para atraerlo. Cuando Silas entró en el salón, creyendo que encontraría a una Aura vulnerable, se encontró con una escena de una oscuridad teatral.
La habitación estaba iluminada solo por velas negras. Aura estaba sentada en el trono de cuero de Julian, sosteniendo una fusta de montar. Silas estaba desaliñado, sus ojos inyectados en sangre, sosteniendo una pistola que temblaba en su mano.
—Aura... —gimió él—. Tienes que venir conmigo. Él te ha vuelto loca. Estos hombres... este lugar... es un nido de víboras.
Julian salió de entre las sombras, cruzando los brazos sobre su pecho.
—La única víbora aquí eres tú, Silas —dijo Julian—. Has entrado en propiedad privada con un arma. Podría matarte ahora mismo y alegar defensa propia. Pero Aura quería decirte algo antes.
Aura se levantó y caminó hacia su hermano, ignorando el arma que él sostenía. Se detuvo a escasos centímetros del cañón, mirando a Silas con una lástima que lo enfureció.
—Silas, mira a tu alrededor —dijo Aura—. Ya no hay nada que salvar. He firmado la fusión. Soy la mujer más rica del país. Tengo al hombre que amo y que me entiende. Tú, en cambio, eres un fugitivo. ¿De verdad crees que matarme o secuestrarme va a devolverte tu vida?
Silas sollozó, bajando el arma. En ese momento, los hombres de seguridad de Julian se abalanzaron sobre él, reduciéndolo al suelo con una violencia profesional.
—Llevadlo al sótano —ordenó Aura, su voz fría como el hielo—. Quiero que aprenda lo que significa la verdadera disciplina antes de enviarlo a su nuevo "hogar" permanente.
La noche continuó en los niveles inferiores del edificio, donde Julian tenía una suite privada diseñada para otros propósitos. Allí, bajo la mirada de Aura, Silas fue sometido a una serie de humillaciones diseñadas para romper su voluntad de acero. No hubo sangre, pero la violencia psicológica y la degradación fueron totales. Aura observaba desde una silla de terciopelo, sintiendo cómo el último rastro de su pasado se disolvía.
Cuando terminaron con él, Silas era una cáscara vacía. Fue trasladado en un vehículo médico privado hacia la institución psiquiátrica de alta seguridad que Julian había comprado meses atrás en el norte del estado. Allí, Silas pasaría el resto de sus días bajo sedación, lejos de los ojos del mundo.
Aura y Julian subieron de nuevo al ático. La ciudad empezaba a despertar, pero para ellos, el tiempo se había detenido. Se despojaron de sus ropas y se sumergieron en la piscina climatizada de la terraza, dejando que el agua lavara los restos de la batalla.
—Ahora sí —susurró Aura, abrazada a Julian bajo el cielo del amanecer—. Ahora el imperio es perfecto.
—Es perfecto porque tú lo eres —respondió él, tomándola bajo el agua en un encuentro final que fue más dulce, pero no menos intenso—. Hemos ganado, Aura. Pero recuerda, en este mundo, ganar solo significa que el siguiente enemigo será más inteligente.
—Que vengan —dijo ella, cerrando los ojos mientras se perdía en el placer—. Estamos listos.
La mañana trajo consigo el anuncio oficial de la fusión Vane-Vortex. Las acciones se dispararon. El mundo de los millonarios tenía nuevos monarcas indiscutibles. Y en la intimidad de su ático, Aura Valente, ahora Aura Vane en todo menos en el nombre legal.
La historia de los Valente había terminado en una pira de ambición, pero de sus cenizas había surgido algo mucho más poderoso. Un romance forjado en la oscuridad, una alianza que ni la ley ni la moral podían tocar. Nueva York era su tablero, y ellos acababan de hacer su primer movimiento definitivo hacia la eternidad.







