Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa oscuridad del ático de la Torre Vane se sentía esa noche más densa, cargada de una estática invisible que hacía que el vello de los brazos de Aura se erizara. Julian dormía a su lado, su respiración profunda y rítmica, la imagen misma de la calma después de la tormenta. Sin embargo, para Aura, esa calma era ahora una máscara grotesca. Los documentos que acababa de ver en el drive —esas transferencias de responsabilidad legal que la situaban en la línea de fuego de todos los delitos financieros de Julian— habían actuado como un ácido sobre su percepción del hombre que amaba. Cada caricia de la noche anterior, cada gemido compartido, ahora se sentía como una táctica de distracción, un sedante administrado a través de la piel.
Aura se levantó de la cama con movimientos felinos, evitando que las sábanas de seda crujieran. Se envolvió en una bata de terciopelo azul noche y caminó descalza hacia la sala de estar, donde la ciudad de Nueva York seguía brillando con una indiferencia cruel. Se sentó frente a su terminal privada, la luz azul del monitor acentuando las ojeras de una noche sin descanso.
—Si quieres que sea tu escudo, Julian, primero tendré que aprender a usar la espada —susurró para sí misma.
Pasó las siguientes tres horas diseccionando la arquitectura financiera que Julian había construido a su alrededor. Era una obra maestra de la ingeniería legal: una serie de empresas pantalla en jurisdicciones opacas donde la firma de Aura aparecía como la beneficiaria final de operaciones que rozaban el lavado de dinero y la evasión fiscal a escala global. Julian no solo la estaba protegiendo; la estaba preparando para ser el sacrificio necesario en caso de que el castillo de naipes se derrumbara.
Sin embargo, Julian había cometido un error fundamental. Había subestimado la capacidad de Aura para aprender. Durante meses, ella había observado sus métodos, había escuchado sus llamadas y había estudiado su psicología. Sabía que Julian movía el dinero como un prestidigitador, pero cada truco tiene un rastro.
Aura comenzó a mover piezas. Usando sus propias claves de acceso como presidenta de Vortex, empezó a desviar silenciosamente pequeños porcentajes de liquidez hacia una cuenta que Julian no podía rastrear, una cuenta que ella había abierto usando la identidad de una de las antiguas empresas de su padre que todos daban por muerta. No era mucho, pero era el inicio de su propio fondo de guerra.
De repente, una mano firme se posó sobre su hombro. Aura dio un salto, cerrando la pantalla de la terminal con un movimiento instintivo.
—¿Qué haces levantada a estas horas, Aura? —La voz de Julian era baja, todavía impregnada de sueño, pero con ese filo de sospecha que nunca desaparecía del todo.
Aura se giró lentamente, forzando una sonrisa de cansancio y deseo. Se levantó y rodeó el cuello de Julian con sus brazos, dejando que la bata de terciopelo se abriera ligeramente para revelar su desnudez.
—No podía dormir, Julian. Las palabras de esa mujer... la idea de que alguien pueda entrar en nuestro santuario me tiene inquieta. Estaba revisando los protocolos de seguridad de mis propias cuentas. No quiero ser un punto débil para ti.
Julian la estudió en silencio. Sus ojos recorrieron su rostro, buscando cualquier grieta en su fachada. Por un momento, Aura temió que él pudiera leer los códigos de transferencia que todavía bailaban en su mente. Pero entonces, Julian la atrajo hacia él con una posesividad brusca.
—Te dije que yo me encargaría de eso. No tienes que preocuparte por los números, Aura. Tu única responsabilidad es ser la cara de este imperio y la dueña de este ático. Deja que yo maneje la suciedad.
La besó con una intensidad que sabía a reclamo. La llevó hacia el sofá de cuero blanco, empujándola hacia abajo mientras sus manos buscaban desesperadamente el contacto con su piel. Aura correspondió con una ferocidad calculada. Sabía que el sexo era la mejor forma de anular las sospechas de Julian. Si lo mantenía enfocado en su cuerpo, no tendría tiempo de enfocarse en sus movimientos financieros.
Fue un encuentro crudo, marcado por la tensión de los secretos que ambos guardaban. Julian la poseía con una urgencia que parecía querer atravesar su piel para llegar a sus pensamientos. Aura gemía, arqueándose bajo él, usando el placer como una armadura. En medio de la penumbra del salón, con el mundo de los millonarios a sus pies, se entregaron a una danza de dominación y entrega que para Aura ya no era solo romance, sino una táctica de supervivencia. Cada embestida de Julian era un recordatorio de lo que estaba en juego. Si fallaba en su contraofensiva, este hombre, que la hacía gritar de placer, sería el mismo que firmaría su sentencia de cárcel.
Cuando terminaron, Julian se quedó dormido allí mismo, sobre el sofá, abrazado a ella. Aura permaneció despierta, mirando las luces de la Quinta Avenida y trazando el plan para su próxima jugada.
A la mañana siguiente, Aura llegó a las oficinas de Vortex con un aura de autoridad renovada. Vestía un traje de sastre rojo sangre que gritaba poder. Su primera reunión fue con el jefe de auditoría interna, un hombre llamado Marcus Thorne que Julian había contratado personalmente.
—Marcus, quiero una revisión completa de las transferencias intragrupo de los últimos seis meses —dijo Aura, sentándose detrás de su inmenso escritorio de obsidiana—. He notado algunas discrepancias en la integración de Vane Holdings.
Thorne se removió incómodo en su asiento.
—Señora Vane, el señor Vane supervisa personalmente esas integraciones. Me dio instrucciones de que cualquier informe pasara primero por su oficina.
Aura se inclinó hacia adelante, sus ojos clavados en los de Thorne con una intensidad depredadora.
—Marcus, recuerda quién firma tu cheque ahora. Soy la Presidenta de Vortex. El señor Vane es mi socio, pero esta empresa lleva el nombre de mi familia. Si hay irregularidades y no me informas, serás el primero en caer cuando lleguen los reguladores. ¿Entiendes?
Thorne asintió, sudando bajo su camisa de marca.
—Entiendo, señora. Tendré los informes en su terminal privada esta tarde.
Aura salió de la oficina sintiendo el primer subidón de poder real. No el poder que Julian le había dado, sino el que ella estaba arrebatando. Sin embargo, su plan requería más que auditorías. Necesitaba una distracción para Julian.
Esa tarde, convocó a una reunión de prensa para anunciar una nueva iniciativa filantrópica de Vortex: una gala de caridad masiva dedicada a las artes, el sector que ella amaba. Sabía que Julian vería esto como un capricho de "trofeo", una forma de mantenerla ocupada con vestidos y listas de invitados mientras él seguía con sus maniobras oscuras. Y eso era exactamente lo que ella quería que él pensara.
—Es una idea excelente, Aura —le dijo Julian esa noche mientras cenaban en un restaurante exclusivo de Tribeca—. Te mantendrá en el centro de la escena social y mejorará la imagen de la fusión. Pide lo que necesites, el presupuesto es ilimitado.
—Gracias, mi amor —respondió ella, brindando con un Château Margaux—. Quiero que sea la noche más recordada de Nueva York. Algo que eclipse cualquier escándalo del pasado.
Julian le tomó la mano, besando sus nudillos.
—Nada eclipsa tu brillo, Aura.
Aura sonrió, pero por dentro sentía un escalofrío. Sabía que la gala sería el escenario perfecto para su jugada final. Invitaría a Etienne Roche, a los antiguos miembros del consejo y, secretamente, estaba preparando una invitación para la mujer del muelle. Quería a todos sus enemigos y aliados en una misma habitación.
Mientras tanto, en el submundo de la ciudad, Casandra Valente vivía su propia versión del infierno. El club al que había sido llevada era una jaula de oro donde la humillación era el plato principal. Esa noche, su cliente era un hombre de negocios asiático que buscaba "disciplinar" a una mujer de la alta sociedad.
Casandra fue llevada a una habitación privada revestida de terciopelo rojo. El hombre la esperaba con un látigo de seda y una mirada que la hizo temblar.
—Me han dicho que eras una princesa —dijo el hombre en un inglés roto—. Me han dicho que despreciabas a los que no tenían tu apellido. Ahora, princesa, vas a aprender que en este club, tu apellido no vale más que el sudor que dejes en el suelo.
La sesión fue brutal y degradante. Casandra lloraba, suplicando por una piedad que no existía. Cada golpe del látigo de seda era un recordatorio de la traición de Aura y de su propia estupidez al intentar jugar en la liga de Julian Vane. Sin embargo, en medio del dolor, una idea empezó a formarse en su mente. Si Aura la había puesto allí, solo otra fuerza igual de oscura podría sacarla.
Al terminar la sesión, mientras se limpiaba las heridas en el camerino, Casandra notó que el hombre había dejado su teléfono sobre la mesa mientras se duchaba. Con manos temblorosas, lo tomó y buscó un número que recordaba de sus días de fiestas salvajes: el contacto de un periodista de investigación especializado en los trapos sucios de la élite, alguien que no podía ser comprado por Vane.
"Tengo pruebas de la red de trata de Julian Vane y la complicidad de Aura Valente. Sácame de aquí y te daré el fin de su imperio", escribió en un mensaje rápido antes de dejar el teléfono donde estaba.
La mecha estaba encendida.
De vuelta en la Torre Vane, Aura recibió los informes de Thorne. Eran peores de lo que imaginaba. Julian no solo la estaba usando como escudo legal; estaba desviando fondos de Vortex para cubrir deudas de juego masivas en casinos clandestinos de Macao que databan de antes de conocerla. Julian Vane, el hombre perfecto, era un adicto al riesgo que estaba desangrando la empresa para alimentar sus propios demonios.
Aura sintió una mezcla de asco y alivio. Ahora tenía la palanca necesaria. No solo se trataba de defenderse; se trataba de tomar el control total. Si Julian era un riesgo para la estabilidad de la fusión, el consejo —o lo que quedaba de él— tendría que votar su destitución. Pero para eso, necesitaba que el escándalo fuera público, pero controlado.
Esa noche, cuando Julian regresó a casa, Aura lo esperaba en la cama, vestida con un conjunto de lencería que sabía que lo volvería loco. Pero esta vez, ella no sería la sumisa.
Cuando Julian se acercó para besarla, Aura lo empujó suavemente hacia atrás y sacó unas esposas de seda que habían comprado en Londres.
—Esta noche, las reglas las pongo yo, Julian —dijo ella, su voz cargada de un erotismo que ocultaba una amenaza—. Quiero que sientas lo que es estar bajo mi control absoluto.
Julian, excitado por el cambio de dinámica, se dejó esposar al cabecero de la cama.
—Sorpréndeme, reina —susurró él.
Aura lo poseyó con una agresividad que lo dejó sin aliento. Usó su cuerpo para reclamar su espacio, para demostrarle que ya no era la mujer que él podía manipular a su antojo. Fue una sesión de sexo explícito donde el poder cambió de manos físicamente. Aura lo dominaba, burlándose de su fuerza, llevándolo al borde del éxtasis para luego detenerse, exigiéndole verdades que él no estaba listo para dar.
—Dime, Julian —susurró ella al oído mientras cabalgaba sobre él—, ¿qué se siente saber que todo este imperio depende de mi firma? ¿Qué se siente saber que si yo caigo, tú caes conmigo?
Julian, cegado por el placer, no notó el tono de advertencia.
—Se siente como el destino, Aura. Estamos unidos para siempre.
—Para siempre es mucho tiempo, Julian —respondió ella, llegando a su propio clímax mientras lo miraba a los ojos con una frialdad que él, en su embriaguez de deseo, confundió con pasión pura.
Cuando Julian finalmente se durmió, todavía esposado, Aura se levantó y tomó su teléfono. Usó el reconocimiento facial de él mientras dormía para desbloquearlo. Buscó en sus mensajes y encontró lo que buscaba: las comunicaciones con los casinos de Macao y las órdenes dadas a Elias para "silenciar" a la mujer de los Alpes.
Aura copió todo. Ahora tenía las pruebas del intento de asesinato, de la malversación y de la red de trata. Tenía el poder de destruir a Julian Vane diez veces.
Sin embargo, el amor es una enfermedad difícil de curar. Miró al hombre en la cama, al hombre que la había hecho sentir viva por primera vez, y sintió una punzada de dolor. ¿Podría realmente destruirlo? ¿O había una forma de salvarlo y salvarse ella al mismo tiempo?
La respuesta llegó en forma de un mensaje en su propia terminal. Era de la mujer del muelle.
"Julian sabe que nos reunimos. Elias te ha estado siguiendo. No vuelvas al ático. Es una trampa."
Aura sintió que el corazón se le detenía. Miró a Julian. ¿Estaba realmente dormido? ¿O era todo parte de su juego para ver hasta dónde llegaba ella?
En ese momento, las luces del ático se apagaron. El silencio fue absoluto. Aura sintió una presencia en la habitación que no era la de Julian.
—Aura —susurró una voz desde las sombras—. No debiste mirar los archivos.
Era la voz de Elias.
Aura se agachó, buscando su bolso donde guardaba la pistola, pero antes de que pudiera alcanzarlo, una luz fuerte la cegó. Julian se incorporó en la cama, deshaciéndose de las esposas de seda con una facilidad pasmosa. Las había manipulado previamente.
—¿De verdad creíste que podrías ganarme en mi propio terreno, Aura? —dijo Julian, su voz carente de cualquier afecto—. Te di todo. Te hice una diosa. Y me pagas intentando auditar mis cuentas y reuniéndote con mi pasado.
Aura se puso en pie, recuperando su orgullo a pesar de estar casi desnuda.
—Te di mi alma, Julian. Y tú la usaste como garantía para tus deudas de juego. No eres un dios, eres un adicto cobarde que necesita una mujer para ocultar sus fracasos.
Julian se acercó a ella, su rostro una máscara de furia contenida.
—Ibas a ser mi reina. Ahora, solo serás otra lección de por qué nadie debe traicionar a un Vane. Elias, llévatela a la casa de campo. Necesita un tiempo de reflexión lejos de las tentaciones de la ciudad.
Elias avanzó, pero Aura fue más rápida. Logró alcanzar un jarrón de cristal pesado y lo estrelló contra la cabeza de Elias, aprovechando la sorpresa para correr hacia el ascensor privado. Julian la persiguió, pero ella logró entrar y activar el código de emergencia que solo ella conocía, el que había cambiado esa misma tarde.
El ascensor bajó a toda velocidad. Aura salió al lobby, donde sus propios guardias, los que ella había sobornado con el dinero desviado de la cuenta secreta, la esperaban.
—Sacadme de aquí. Ahora —ordenó.
Mientras el coche se alejaba de la Torre Vane, Aura miró hacia arriba. Julian estaba en el balcón, una figura solitaria en la inmensidad del cielo de Nueva York. La guerra civil de los millonarios había estallado. Ya no había vuelta atrás. Era él o ella.
Aura tomó su teléfono y marcó el número del periodista que Casandra había contactado.
—Tengo la historia del siglo —dijo ella, su voz firme como el acero—. Y voy a darte los nombres de todos los involucrados. Empezando por el mío.
La noche en Nueva York se volvió más fría. La gala de caridad iba a ser muy diferente de lo que nadie esperaba. Iba a ser una ejecución pública.







