Mundo ficciónIniciar sesiónEl horizonte del Caribe se teñía de un violeta eléctrico mientras el yate privado de Julian Vane, el Obsidian, cortaba las aguas cristalinas con la elegancia de un depredador silencioso. Tras semanas de una guerra financiera que había dejado a la familia de Aura en ruinas, el retiro a la isla privada de Julian no era solo una escapada; era la celebración de una conquista absoluta. Aura se encontraba en la cubierta superior, el viento cálido agitando su cabello oscuro y pegando el vestido de lino blanco a sus curvas. Ya no quedaba rastro de la mujer que dudaba ante el espejo; ahora, cada uno de sus movimientos destilaba la seguridad de quien sabe que posee el mundo, o al menos, la mano del hombre que lo controla.
Julian emergió de la cabina principal con dos copas de cristal tallado. No llevaba camisa, y la luz del atardecer resaltaba la musculatura de su pecho y las cicatrices que, ahora Aura sabía, eran el precio de su ascenso desde la nada. Se acercó a ella y, sin decir una palabra, le entregó la copa mientras su otra mano se posesionaba de su nuca, tirando ligeramente hacia atrás para obligarla a mirarlo.
—La isla ya se divisa —dijo él, su voz vibrando con una posesividad que siempre encendía la sangre de Aura—. Todo lo que ves, desde el arrecife hasta la cima de la montaña, es nuestro. Un santuario donde las leyes de Nueva York no existen y donde solo impera mi voluntad. ¿Estás lista para tu verdadera iniciación, Aura?
Aura tomó un sorbo del licor ambarino, sosteniéndole la mirada con un desafío que Julian adoraba.
—He sobrevivido a Silas, a Adrián y a mi madre bajo tu tutela, Julian. He visto cómo desmantelabas mi pasado ladrillo a ladrillo. No me preguntes si estoy lista; pregúntame si estoy satisfecha.
Julian soltó una carcajada ronca y la atrajo hacia sí, sellando sus labios con un beso que sabía a sal y ambición. En ese entorno de lujo obsceno, rodeados de una tripulación que tenía órdenes estrictas de no subir a cubierta a menos que fueran llamados, el mundo parecía reducirse a ellos dos. Pero la paz en el paraíso de los millonarios es siempre una ilusión frágil.
Al llegar a la villa de la isla, una estructura de cristal y piedra volcánica que parecía brotar de la selva, Julian fue recibido por su mayordomo personal con una expresión que denotaba una urgencia inusual. Le entregó un sobre lacrado de color negro. Julian lo abrió y su rostro se endureció instantáneamente, transformándose en la máscara de acero que usaba en las juntas de accionistas.
—¿Qué ocurre? —preguntó Aura, sintiendo una punzada de inquietud.
—Un fantasma del pasado que cree que puede negociar con el diablo —respondió Julian, entregándole el contenido del sobre.
Eran fotografías. Pero no de negocios. Mostraban a Julian hace casi diez años con una mujer rubia, de una belleza aristocrática y gélida. Pero lo que heló la sangre de Aura fue la última imagen: un niño de unos ocho años, con los mismos ojos grises y penetrantes de Julian. Una nota adjunta decía: "El heredero legítimo de Vane Holdings no debería crecer en la sombra mientras tú juegas a las casitas con una Valente. Estaré en el puerto de Nassau mañana. O pagas por mi silencio, o el mundo sabrá que tu imperio está construido sobre el abandono."
Aura observó la foto del niño. Sintió una punzada de celos, pero fue rápidamente reemplazada por algo mucho más frío: el instinto de preservación.
—¿Es cierto? —preguntó ella, su voz plana.
—Isabella fue un error de juventud, una mujer que mi padre intentó usar para controlarme —dijo Julian, acercándose al ventanal que miraba al mar—. Nunca hubo pruebas de ADN concluyentes, y la envié a Europa con una pensión que debería haberla mantenido callada de por vida. Parece que la ambición de los Valente es contagiosa. Cree que ahora que te tengo a ti y que el mundo nos observa, soy vulnerable al escándalo.
Julian se giró, esperando ver a una Aura herida o buscando consuelo. En cambio, se encontró con una mujer que estaba revisando los metadatos de la nota en su tableta.
—No te va a chantajear a ti, Julian —dijo Aura, levantando la vista. Sus ojos brillaban con una malicia que incluso a él lo sorprendió—. Me va a chantajear a mí. Ella cree que yo soy el eslabón débil, la mujer que teme por su reputación. Lo que no sabe es que yo ya no tengo reputación que proteger. Solo tengo intereses.
—¿Qué sugieres? —preguntó Julian, intrigado.
—No le des el dinero —respondió Aura, caminando hacia él y rodeando su cuello con sus brazos—. Dale una cita. Pero no contigo. Contigo en la habitación, pero seré yo quien lleve la voz cantante. Quiero ver cómo se desmorona cuando descubra que no está tratando con el Julian de hace diez años, sino con la mujer que acaba de devorar a su propia familia para cenar.
Julian la levantó en vilo, su deseo estallando ante la crueldad de su compañera. La llevó hacia la inmensa cama de la suite principal, donde las sábanas de lino egipcio esperaban. El sexo de esa noche fue diferente; había una urgencia agresiva, un pacto sellado en la oscuridad. Julian la tomó con una fuerza que buscaba borrar cualquier rastro de la mujer de las fotografías de su mente. Aura se entregó a él, usando su cuerpo para reafirmar su posición como la única reina de su imperio.
Cada embestida era una respuesta a Isabella, cada gemido una declaración de guerra. Julian la inmovilizó, sus manos apretando sus muñecas contra el cabecero de madera exótica.
—Eres mía —gruñó él, su voz vibrando en el pecho de Aura—. No hay pasado, no hay hijos, no hay nada fuera de estas paredes que importe.
—Demuéstralo —suplicó ella, arqueándose bajo él, sintiendo cómo el placer la consumía.
El encuentro se prolongó durante horas, una coreografía de poder y sumisión donde el lujo de la villa servía de telón de fondo para una entrega absoluta. Cuando finalmente el agotamiento los reclamó, Aura se quedó despierta un tiempo, mirando el techo. Sabía que la aparición de Isabella era la prueba de fuego definitiva. Si lograban aplastarla, no habría nada que pudiera detenerlos.
Mientras tanto, en la prisión de alta seguridad de Nueva York, Adrián recibía su propia dosis de realidad. Su abogado, el que Julian pagaba en secreto, entró en la sala de visitas con una carpeta roja.
—Tengo noticias, Adrián —dijo el hombre, sin ninguna emoción—. Silas ha muerto. Su cuerpo fue encontrado en los muelles. Parece que no pudo soportar la presión y... tomó una salida permanente.
Adrián se hundió en su silla, el rostro grisáceo. Su aliado, su última esperanza, se había ido.
—¿Y Casandra? —preguntó con voz quebrada.
El abogado deslizó una tablet por la mesa. En ella, un video de baja calidad mostraba a Casandra en el club, vestida con lencería barata, siendo obligada a servir bebidas a hombres que él mismo solía invitar a sus fiestas.
—Casandra está pagando las deudas que tú dejaste, Adrián. Aura se ha asegurado de que cada humillación que le hiciste pasar se le devuelva a ella multiplicada por mil. Y en cuanto a ti... la fiscalía ha aceptado los nuevos cargos por intento de asesinato contra Julian Vane. No vas a salir de aquí nunca.
Adrián empezó a reír, una risa histérica que se convirtió en un sollozo seco. Estaba solo en el abismo que él mismo había cavado.
Al día siguiente, en la isla, la confrontación tuvo lugar en el pabellón de caza de la propiedad. Isabella llegó vestida con un traje de sastre que gritaba "dinero viejo", pero sus manos temblaban ligeramente al sostener su bolso de Hermès. El niño no estaba con ella; lo había dejado en el hotel en Nassau, usándolo como su carta de triunfo final.
Cuando entró, se detuvo en seco al ver a Aura sentada en el sillón principal, con Julian de pie a su lado, como un guardián silencioso.
—Julian —dijo Isabella, intentando recuperar la compostura—. Pensé que esta sería una conversación privada. No creo que tu... acompañante necesite oír los detalles de nuestra historia.
Aura se levantó con una elegancia que hizo que Isabella retrocediera un paso.
—Isabella, querida —dijo Aura, su voz suave y peligrosa—. No soy su acompañante. Soy la Presidenta de Vortex-Vane y la mujer que controla cada centavo que sale de las cuentas de Julian. Si quieres hablar de dinero, tienes que hablar conmigo. Julian ya no se encarga de los "pequeños errores" del pasado. Para eso estoy yo.
Isabella palideció, mirando a Julian buscando ayuda, pero él solo la observaba con un desprecio infinito.
—Tengo un hijo —espetó Isabella, intentando jugar su última carta—. Un Vane legítimo. Si esto llega a la prensa, vuestra fusión se hundirá. Los inversores odian los escándalos de herederos no reconocidos.
Aura caminó hacia ella, invadiendo su espacio personal. Sacó un sobre de su propio bolso y lo dejó sobre la mesa.
—En ese sobre hay tres cosas, Isabella —dijo Aura—. Primero, una prueba de ADN que Julian obtuvo hace años y que tú falsificaste. El niño no es suyo, es de aquel conde italiano con el que te escapaste después de que Julian te dejara. Segundo, un registro de todas las veces que has usado el dinero de la pensión de Julian para financiar los vicios de tu amante actual. Y tercero, una orden de alejamiento firmada por un juez de las Bahamas que entra en vigor en este preciso instante.
Isabella abrió el sobre, sus ojos moviéndose frenéticamente por los documentos.
—¡Esto es mentira! —gritó.
—No, Isabella —intervino Julian, su voz resonando en la sala—. Lo que es mentira es tu relevancia. Te di una oportunidad de vivir bien. Pero has intentado tocar lo que es de Aura. Y eso es algo que no puedo perdonar. Tienes diez minutos para subirte al helicóptero que te llevará de vuelta al aeropuerto. Si vuelvo a oír tu nombre o el de ese niño asociado al mío, me encargaré de que termines en una celda al lado de Adrián. Y créeme, él no es muy amable con los que fallan.
Isabella salió de la habitación temblando, escoltada por dos hombres de seguridad. Cuando el sonido del helicóptero se desvaneció, Aura se dejó caer en el sillón, sintiendo el peso de la adrenalina.
Julian se arrodilló frente a ella, tomando sus manos.
—Lo has hecho perfecto —susurró—. Me has protegido de mi propio pasado.
—No solo te he protegido a ti —respondió Aura, atrayéndolo hacia ella—. He protegido lo que somos. Nadie va a quitarnos esto, Julian. Nadie.
Se entregaron el uno al otro allí mismo, en el suelo de madera del pabellón, con el sol tropical filtrándose por las persianas. Fue un acto de reafirmación, una celebración de su invulnerabilidad. Aura sintió que, por primera vez, las sombras del pasado de Julian y del suyo propio se habían fusionado en una sola luz oscura que los guiaba.
Esa tarde, mientras descansaban en la piscina infinita que se fundía con el mar, Julian le entregó a Aura un nuevo anillo. No era un diamante tradicional, sino un zafiro negro rodeado de espinas de oro blanco.
—Un anillo para una reina que no teme mancharse las manos —dijo él—. Mañana volvemos a Nueva York. Tenemos un mundo que dirigir.
Aura observó el anillo brillar bajo el sol. Sabía que la paz sería breve, que nuevos enemigos surgirían en las sombras de los rascacielos, pero no tenía miedo. Con Julian a su lado y el fuego de la venganza todavía ardiendo en sus venas, estaba lista para los próximos 1485 capítulos de su reinado.
La noche cayó sobre la isla, una oscuridad profunda y lujosa. Dentro de la villa, los gemidos de placer y las promesas de dominio absoluto continuaron, marcando el fin de su iniciación y el comienzo de una era donde los Valente y los Vane ya no eran nombres separados, sino una única fuerza imparable. El imperio de los millonarios tenía nuevos dueños, y su historia de sangre, sexo y poder apenas estaba comenzando a escribirse en las páginas de la eternidad.







