Mundo ficciónIniciar sesiónLa mañana en Londres despertó con una neblina tan espesa que los rascacielos de la City parecían colosos amputados flotando en un mar de gris industrial. Dentro de la suite presidencial de The Connaught, el ambiente era radicalmente distinto. El aire estaba saturado con el aroma del café recién molido, cruasanes calientes y el rastro almizclado de una noche de excesos que todavía palpitaba en las sienes de Aura. Ella estaba de pie frente al espejo del vestidor, observando cómo Julian, ya impecable en su traje de tres piezas, le ajustaba un collar de cuero negro con un pequeño herraje de platino en el centro.
—Es discreto —comentó Julian, sus dedos rozando la piel sensible de su cuello—. Bajo la blusa de seda, nadie sabrá que lo llevas. Pero tú lo sentirás con cada movimiento. Te recordará que, aunque hoy hables con los lores y los banqueros como una igual, sigues ligada a mi voluntad.
Aura cerró los ojos, dejando que el frío del metal contrastara con el calor de su piel. El peso del collar no era una carga, sino un ancla. Después del enfrentamiento con Silas en la Ópera, sentía que su identidad anterior se desprendía de ella como piel muerta.
—Silas no se detendrá, Julian —dijo ella, su voz firme mientras se abotonaba una blusa de satén color marfil—. Lo conozco. Cree que está cumpliendo una misión divina para salvar mi alma. No entiende que mi alma fue el precio que pagué gustosa por ver a Adrián de rodillas.
Julian se colocó detrás de ella, sus manos grandes descansando sobre sus hombros. Su reflejo en el espejo era el de una pareja que emanaba un poder casi obsceno.
—Tu hermano es un idealista en un mundo de realistas, Aura. Y los idealistas son los primeros en sangrar cuando el mercado se vuelve bajista. He iniciado el ataque al amanecer. Mientras desayunábamos, mis algoritmos de alta frecuencia han estado bombardeando las posiciones cortas de la empresa de exportación de Silas. Para cuando abra la bolsa de Londres, sus márgenes de garantía estarán en rojo. Va a estar tan ocupado intentando salvar su patrimonio que no tendrá tiempo de jugar a los rescatadores.
Aura sintió una punzada de algo que una vez fue lástima, pero que ahora se sentía más como una curiosidad clínica.
—¿Lo vas a arruinar por completo?
—Eso depende de él —respondió Julian, dándole la vuelta para que lo mirara—. Si se retira y firma el acuerdo de no interferencia con Vortex, lo dejaré con lo suficiente para que viva una vida cómoda en la campiña. Si sigue intentando contactar a Adrián o a los reguladores de Chipre, lo borraré del mapa financiero. No permito que nadie, ni siquiera un Valente con buenas intenciones, toque lo que es mío.
Él la besó, un beso que sabía a café y a una ambición despiadada. Sus manos bajaron hacia los glúteos de Aura, apretándolos con una fuerza que le arrancó un gemido ahogado.
—Hoy tenemos la cacería en la finca de Lord Pembroke —continuó Julian—. Es un entorno salvaje, Aura. La aristocracia británica usa estos eventos para medir el carácter. Quiero que montes ese caballo como si estuvieras cabalgando sobre el cadáver de tus enemigos. Muéstrales que la nueva presidenta de Vortex no tiene miedo a mancharse las botas de barro y sangre.
El viaje hacia la campiña inglesa se realizó en un Bentley antiguo, una reliquia de elegancia que Julian prefería para estos entornos rurales. A medida que dejaban atrás el asfalto de Londres, el paisaje se transformaba en colinas verdes y bosques sombríos. Aura se sentía extrañamente en sintonía con la naturaleza; había algo primordial en el aire que alimentaba su nueva sed de dominio.
Al llegar a la finca Pembroke, fueron recibidos por un despliegue de tradición y opulencia. Caballos de pura sangre, perros de caza ladrando con impaciencia y hombres y mujeres vestidos con tweed y cuero que hablaban con acentos que denotaban siglos de privilegios. Lord Pembroke, un hombre de rostro rojizo y mirada astuta, se acercó a saludarlos.
—Vane, me han dicho que traes a la nueva sensación de Nueva York —dijo el Lord, observando a Aura con un interés que rayaba en lo lascivo—. Espero que sepa manejar a su montura mejor de lo que manejó a su exmarido. Los chismes viajan rápido a través del Atlántico.
Aura le sostuvo la mirada, sin parpadear.
—Lord Pembroke, manejo a mis caballos con la misma firmeza con la que manejo mis activos. Conozco cuándo dar cuerda y cuándo tirar de las riendas hasta que sientan el freno en la boca.
Pembroke soltó una carcajada estruendosa.
—¡Me gusta! Vane, tienes buen ojo para las adquisiciones.
Julian mantuvo su mano posesiva en la cintura de Aura durante todo el encuentro. No era solo un gesto de afecto; era una advertencia para los depredadores sociales que rodeaban la finca.
La cacería comenzó con el estallido de un cuerno de caza. Aura montaba un semental negro llamado "Erebus", una bestia de puro músculo que parecía compartir su temperamento. Mientras cabalgaban por los bosques húmedos, el viento azotando su rostro, Aura sintió una liberación absoluta. La violencia de la caza, el sonido de los cascos golpeando la tierra y el grito de los perros persiguiendo a su presa creaban una sinfonía de adrenalina.
En un punto del bosque, alejada del grupo principal, Aura se encontró con Julian. Él la observaba desde su montura, su figura recortada contra los árboles centenarios. Sin decir una palabra, espoleó a su caballo y se acercó a ella.
—Bájate —ordenó Julian. Su voz era un susurro autoritario que cortaba el aire frío.
Aura obedeció, sintiendo el suelo húmedo bajo sus botas de cuero. Julian desmontó con una agilidad impresionante y la acorraló contra el tronco de un roble inmenso. El olor a musgo, caballo y el perfume de Julian la envolvieron.
—Este entorno te sienta bien —dijo él, sus manos buscando la abertura de sus pantalones de montar—. Hay algo salvaje en tus ojos hoy, Aura. Algo que no puedo esperar a domesticar aquí mismo, bajo el cielo de estos aristócratas decadentes.
La escena fue cruda y visceral. En medio del bosque, con el sonido lejano de la cacería como telón de fondo, Julian la poseyó con una urgencia que no conocía límites. Aura se aferró a la corteza del árbol, sintiendo la rugosidad de la madera contra sus manos mientras Julian la tomaba desde atrás, levantando su chaqueta de tweed y despojándola de cualquier rastro de decoro.
Cada embestida la hundía más en la tierra húmeda, una comunión con lo elemental que la hacía sentirse más viva que nunca. El riesgo de ser descubiertos por Pembroke o por cualquiera de los invitados añadía una capa de excitación que hacía que su placer fuera casi insoportable. Aura gritó, un sonido que se perdió en la espesura del bosque, mientras Julian la reclamaba con una intensidad que parecía querer fundir sus cuerpos en uno solo.
Cuando terminaron, ambos estaban jadeantes, sus ropas desordenadas y sus rostros marcados por la pasión. Julian le arregló el collar de cuero, que se había desplazado durante el acto, y le dio un beso casto en la frente.
—Vuelve al grupo —dijo él—. Yo iré por el otro camino. Mantén esa mirada, Aura. Que sepan que has cazado algo mucho más valioso que un zorro.
Mientras Aura regresaba a la mansión de los Pembroke, su mente voló hacia Nueva York, específicamente hacia el apartamento donde Casandra vivía su calvario.
En ese mismo instante, un hombre elegante, vestido con un traje de sastre impecable pero con una mirada que denotaba una falta absoluta de alma, llamaba a la puerta de Casandra. Era Elias, uno de los operativos de "limpieza" de Julian.
Casandra abrió la puerta, esperando encontrar a Marcus con más de sus exigencias brutales. En cambio, se encontró con Elias, quien sostenía una pequeña caja de terciopelo.
—¿Quién es usted? —preguntó Casandra, su voz llena de sospecha y miedo.
—Un enviado de su hermana —respondió Elias, entrando en el apartamento sin ser invitado. Miró el entorno mugriento con un desprecio evidente—. Aura me ha pedido que le entregue esto. Dice que es un recordatorio de lo que una vez fue y de lo que nunca volverá a ser.
Elias abrió la caja. Dentro había un broche de diamantes que Casandra reconoció de inmediato: era el que ella le había robado a Aura años atrás y que había vendido para pagar una deuda de juego en Las Vegas.
—¿Cómo lo consiguió? —susurró Casandra, sus ojos llenos de lágrimas.
—Aura compra todo lo que desea, Casandra. Incluidos sus pecados —dijo Elias—. Ella me ha pedido que le ofrezca una salida. Un billete de avión a una pequeña ciudad en el centro del país. Una cuenta con lo suficiente para vivir modestamente como camarera o dependienta. Pero hay una condición: tiene que firmar este documento donde renuncia para siempre al nombre Valente y se compromete a no volver a pisar Nueva York ni a contactar con nadie de su pasado.
Casandra miró el documento y luego el broche. La idea de una vida mediocre en una ciudad desconocida le parecía una sentencia de muerte peor que la que vivía con Marcus.
—¡No voy a firmar eso! —gritó Casandra—. ¡Aura no puede borrarme! ¡Soy su hermana!
Elias cerró la caja con un chasquido seco.
—Esperaba que dijera eso. En ese caso, Marcus tiene instrucciones de ser... menos paciente con sus deudas. Y he oído que hay un club privado en los muelles que está buscando caras nuevas para sus espectáculos más "privados". Aura pensó que preferiría la libertad de la mediocridad, pero parece que prefiere el cautiverio del lujo degradado. Disfrute de su estancia, Srta. Valente. Mañana vendrán a recoger el mobiliario que Marcus no ha pagado.
Elias salió del apartamento, dejando a Casandra en un estado de colapso total. La red se cerraba sobre ella, y cada decisión que tomaba solo servía para apretar más el nudo.
De vuelta en la finca Pembroke, la cena de clausura fue un triunfo para Aura. Lord Pembroke quedó tan impresionado con su tenacidad durante la caza que aceptó firmar el preacuerdo de colaboración con las filiales británicas de Vortex, puenteando a Silas por completo.
Sin embargo, la victoria fue agridulce. Al revisar su teléfono, Aura vio un mensaje cifrado de sus servicios de seguridad: "Silas Valente ha sido visto entrando en el centro de detención donde se encuentra Adrián. La reunión duró dos horas. Se sospecha una alianza."
Aura le mostró el mensaje a Julian mientras regresaban al hotel en el Bentley.
—Parece que mi hermano ha decidido jugar sucio —dijo ella, su voz teñida de una decepción gélida.
Julian tomó el teléfono y lo guardó.
—Lo esperaba. Silas cree que puede usar la rabia de Adrián para desestabilizarnos. Lo que no sabe es que Adrián ya ha sido "visitado" por mis hombres dentro. Sabe que si abre la boca para algo que no sea su defensa legal, su estancia en prisión será muy corta y muy dolorosa. Pero si Silas insiste en aliarse con un criminal, entonces lo trataremos como a uno.
Al llegar a la suite del hotel, la tensión era palpable. Aura necesitaba descargar la rabia y la excitación del día. Caminó hacia el centro de la habitación y se quitó la blusa, dejando a la vista el collar de cuero. Se arrodilló frente a Julian, mirándolo desde abajo con una mezcla de desafío y entrega.
—Pónmela —dijo ella, señalando una fina cadena de platino que Julian guardaba en su maletín de viaje—. Ponme la correa, Julian. Quiero sentir que no hay ninguna parte de mí que no te pertenezca antes de que destruyamos a mi hermano.
Julian la observó con una intensidad que hizo que el aire en la habitación pareciera escasear. Sacó la cadena y la enganchó al collar. El sonido del metal chocando contra el platino fue un eco de finalidad.
—Eres mía, Aura. En el éxito y en la destrucción.
La noche que siguió fue una exploración de los límites de la confianza y el dolor placentero. Julian la guió a través de un juego de sombras y sensaciones que Aura nunca hubiera imaginado. Bajo la luz de las velas, con la cadena como un vínculo constante, ella descubrió que su verdadera fuerza no residía en su independencia, sino en su capacidad de entregarse al hombre que le había dado el mundo.
El sexo fue una ceremonia de lealtad absoluta. Julian la utilizó de formas que la dejaban exhausta y temblorosa, reclamando cada rincón de su psique a través de su cuerpo. Aura aceptaba cada orden, cada caricia brusca y cada palabra de dominio como un bálsamo para su alma herida por la traición familiar. En el momento del clímax, sintió que ya no era Aura Valente, la artista, ni Aura Valente, la presidenta. Era simplemente la criatura de Julian Vane, forjada en el fuego de la venganza y el deseo.
Mientras la madrugada empezaba a clarear sobre Londres, Julian la mantuvo abrazada en la cama, todavía unida a ella por la cadena.
—Mañana volvemos a Nueva York —susurró él—. Silas ha cometido un error táctico. Al aliarse con Adrián, nos ha dado la justificación legal para solicitar una orden de restricción total y la intervención de sus fondos por sospecha de lavado de dinero para una organización criminal. Se ha cavado su propia fosa, Aura.
—Y yo seré quien lance la primera palada de tierra —respondió ella, cerrando los ojos.
La guerra por el imperio estaba lejos de terminar, pero Aura sabía que, mientras estuviera al lado de Julian, el final siempre sería el mismo: la victoria absoluta sobre aquellos que se atrevieron a subestimarla. El mundo de los millonarios iba a arder, y ella iba a ser la reina de las cenizas.







