La decisión de dormir en cuartos separados no llegó como una discusión, sino como una rendición silenciosa, Alma pensó que debía comenzar a ceder si quería que Tomás la perdonara, él fue quien lo propuso, con voz cansada y un gesto que Alma aprendió a reconocer como definitivo.—Estoy muy estresado —dijo—. Me cuesta dormir. Esto me ayudaría a descansar mejor.Alma asintió. No porque estuviera convencida, sino porque ya no quería sumar otra grieta a las que comenzaban a dibujarse entre ellos. Se dijo que era algo pasajero, una pausa necesaria. Se dijo muchas cosas.Desde entonces, la casa se volvió extrañamente ordenada, pulcra, correcta. No hubo más gritos ni reproches. Tampoco risas compartidas ni caricias distraídas. Alma intentó reparar lo que sentía resquebrajarse: preparó cenas especiales, dejó mensajes cariñosos en el escritorio de Tomás, lo sorprendió con pequeños gestos que antes bastaban para acercarlos. Él agradecía con educación, con besos breves, con sonrisas cansadas. Per
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