Mundo ficciónIniciar sesiónLa decisión de dormir en cuartos separados no llegó como una discusión, sino como una rendición silenciosa, Alma pensó que debía comenzar a ceder si quería que Tomás la perdonara, él fue quien lo propuso, con voz cansada y un gesto que Alma aprendió a reconocer como definitivo.
—Estoy muy estresado —dijo—. Me cuesta dormir. Esto me ayudaría a descansar mejor.
Alma asintió. No porque estuviera convencida, sino porque ya no quería sumar otra grieta a las que comenzaban a dibujarse entre ellos. Se dijo que era algo pasajero, una pausa necesaria. Se dijo muchas cosas.
Desde entonces, la casa se volvió extrañamente ordenada, pulcra, correcta. No hubo más gritos ni reproches. Tampoco risas compartidas ni caricias distraídas. Alma intentó reparar lo que sentía resquebrajarse: preparó cenas especiales, dejó mensajes cariñosos en el escritorio de Tomás, lo sorprendió con pequeños gestos que antes bastaban para acercarlos. Él agradecía con educación, con besos breves, con sonrisas cansadas. Pero la distancia no cedía.
La intimidad se desvanecía como una luz que se apaga lentamente, sin estruendo, pero sin retorno inmediato.
Por las noches, sola en su habitación, Alma pensaba en sus sueños. En los que habían compartido y en los que había postergado. Pensaba en el dolor que no sabía nombrar, en la sensación de estar perdiendo algo sin poder señalar exactamente qué.
Una noche, una tormenta furiosa se desató sobre la ciudad. El viento sacudía los ventanales cuando, de pronto, la casa quedó sumida en la oscuridad. El silencio posterior fue aún más inquietante. Alma sintió el miedo treparle por el pecho, un miedo antiguo, infantil, que no pudo controlar.
Se levantó casi sin pensarlo y caminó hasta el cuarto de Tomás. Quería sentir su presencia, dormir a su lado, como antes. Empujó la puerta con cuidado… pero la habitación estaba vacía.
El vacío la golpeó con una fuerza inesperada. Se sentó en la cama y rompió en llanto, un llanto profundo, desolado, de esos que nacen cuando se cae la última defensa. Se sintió sola de una manera nueva, más honda. Sintió que no podía contarle a nadie lo que estaba pasando, que las palabras no alcanzarían.
Con manos temblorosas, tomó el teléfono y le escribió a Esperanza:
“Quiero divorciarme.”
No hubo respuesta inmediata.
Alma se recostó en la cama de Tomás, acurrucada entre sus sábanas, buscando su olor, algún rastro de seguridad. El cansancio la venció entre sollozos.
A la mañana siguiente, el sonido de la puerta al abrirse la despertó. Tomás entró para ducharse y cambiarse antes de ir a la empresa. Al verla ahí, tan pequeña, tan vulnerable, algo se le ablandó por dentro.
La despertó con suavidad, rozándole el cabello.
Alma abrió los ojos enrojecidos, la voz quebrada. Le contó del apagón, del miedo, de cómo fue a buscarlo para dormir juntos. Luego, con un hilo de voz, preguntó lo que más le dolía:
—¿Todavía me quieres?
Por un instante, Tomás no dijo nada. La tomó entre sus brazos con un apretón fuerte, casi desesperado. Besó su cabello y apoyó la frente en ella.
—Perdóname —murmuró—. Anoche hubo una emergencia en la empresa. Tuve que ir a revisar.
Ella quiso creerle. Necesitaba creerle.
—¿Hace mucho que no duermes en nuestra casa? —preguntó, con miedo.
—No —respondió rápido—. Siempre duermo aquí. Esto fue excepcional.
Tomás la besó con una mezcla de arrepentimiento y urgencia, como si temiera perderla. Alma se aferró a él y lloró, dejando que el nudo que llevaba semanas creciendo se deshiciera un poco.
Él sintió el peso de haberla lastimado. Buscó tranquilizarla, envolverla en gestos conocidos, en una cercanía que habían extrañado. La llevó al baño con él y bajo el agua tibia, Alma comenzó a calmarse. Se dejaron llevar por la necesidad de sentirse cerca, de recordarse, de encontrarse otra vez, entre besos y caricias por un momento todas aquellas grietas parecían cerrarse, aquellas semanas de silencio sepulcral parecía desvanecerse.
Luego de la ducha Tomás la llevó a la cama, volvieron a tener intimidad, los rayos del sol apareciendo iluminaban sus cuerpos fundidos en la pasión, entre gemidos ahogados Alma parecía dejar de tener miedo, de sentirse insegura, dejó que su cuerpo se derritiera ante la experiencia de Tomás, se dejó llevar por el placer de volver a sentir a su esposo cerca.
Más tarde, exhausta, Alma se durmió profundamente.
Tomás la acomodó con cuidado y salió rumbo a la empresa. Avisó que ella descansaría ese día y dejó una nota en la mesa de luz:“Descansa, amor mío. Esta noche hablaremos con calma.” T.
Cuando Alma despertó, el sol ya estaba alto. Tenía varias llamadas perdidas. Mensajes de Esperanza, insistentes. Y un correo electrónico de Mateo, preguntale si estaba bien.
Le respondió a Esperanza:
“Perdón. Entré en crisis, pero estoy bien. Me asusté con el apagón. Te amo.”
Pero Esperanza no se tranquilizó. Minutos después le escribió de nuevo, firme, sin rodeos:
“Vamos a tomar un café. 5.30, donde siempre.”
Alma sostuvo el teléfono unos segundos más de lo necesario.
Sabía, en lo profundo, que las grietas no se cerraban solo con silencios ni con promesas suaves.






