Alma le pidió a Tomás hacerse cargo del cumpleaños número sesenta de Elena con una serenidad ensayada. Dijo que quería aliviarlo, que necesitaba tomarse unos días fuera de la empresa para pensar, para ordenar ideas, para bajar el ritmo. No dijo —no podía decir— que también era una forma de evitar miradas incómodas, preguntas no hechas, encuentros que podían quebrarla. Ni Esperanza, ni Mateo, ni Laura. No todavía.
Organizar la fiesta era una excusa perfecta para fingir que todo estaba bien.
Habl