El café de siempre seguía intacto desde hace tres años, como si el tiempo no hubiera pasado. La misma mesa junto a la ventana, el mismo mozo que ya no preguntaba qué iban a pedir, la misma música suave que antes acompañaba risas largas. Pero Alma ya no era la misma.
Esperanza lo notó apenas la vio entrar. Alma caminaba más despacio, con los hombros levemente vencidos hacia adelante, como si cargara un peso invisible. Sonrió, sí, pero fue una sonrisa rápida, defensiva, de esas que aparecen antes