El susurro del verdugoEl pasillo del hospital se convirtió en un campo de batalla invisible. Cuando el doctor finalmente salió de la habitación, su rostro era una máscara de neutralidad profesional que, para las mujeres que esperaban, resultó más devastadora que un grito.—¿Y bien? —preguntó Victoria, con la voz rota, aferrándose al brazo de una enfermera como si fuera su último ancla a la cordura.El doctor suspiró, ajustándose las gafas. —Lamento informarles que todo fue, probablemente, una respuesta neuromuscular refleja. Un estímulo involuntario. No hay señales reales de actividad cerebral consciente. Fue una falsa alarma.El aire en el pasillo pareció agotarse. Victoria se tambaleó, sintiendo que el mundo se le venía encima, y se desplomó en la silla de espera, cubriéndose el rostro con las manos. —Entonces... no hay esperanza —balbuceó entre sollozos.Julieta, sin embargo, no aceptó la sentencia. Sus ojos, cargados de un fuego que quemaba, se clavaron en el médico. —Escúcheme b
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