El peso de las verdades
El aire en la habitación de cuidados intensivos era tan pesado que resultaba difícil respirar. Flor, con la piel estirada sobre sus pómulos por la tensión, sentía que cada segundo era un latido que la acercaba a la cima de su perversidad. El cojín, suave y blanco, flotaba sobre el rostro de Alexander como una nube cargada de tormenta.
—Adiós, Alexander —susurró Flor, y su voz no era más que un siseo gélido que se mezclaba con el pitido constante de los monitores—. No te